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Jorge Uribe, el jesuita experto en comunicación

El libro «Saberes de vida para dar vida» del periodista Andrés Cifuentes, que se presentará este jueves 28 de abril en la Feria del Libro de Bogotá, recopila las historias de cuatro comunicadores sociales que descubrieron su vocación de comunicadores populares, al lado de las comunidades. Publicamos el capítulo sobre el sacerdote jesuita Jorge Uribe, cuya historia de vida es la del país.

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Mi orientación, además de la formación jesuítica para el sacerdocio (que es la filosofía y la teología), tengo un profesorado en Historia, orientada por Tulio Aristizábal, que vive ahora en Cartagena. También estudié la física y la matemática. Además, hice un curso con unos españoles referente a comunicaciones de ingeniería.  Cuando Pablo VI viene a Bogotá, en agosto de 1968, el provincial vio en mí a un “comunicador”, y me mandó a la nunciatura. Nos sentamos cuatro personas a trabajar; entre ellas, Pablo VI. Cuando uno está junto al santo papa, tiene tres actitudes: primera, se arrodilla y le pide la bendición; segunda, le pide una medallita conmemorativa –que se la llevé a mi mamá–, y la tercera es sentarse a trabajar. Yo hice las tres. Una de las cosas que recuerdo es que él me dijo: “¿Usted es uno de los jesuitas expertos en comunicación? Dígame tres hechos importantes o universales de mi venida”. Yo, por dentro, no sabía qué responderle. Se me ocurrió una salida. Como con anterioridad ya estábamos planeando unas salidas para que él conociera, le dije que estábamos arreglando eso y que en dos horas le daba razón de lo que me había preguntado, para ganar tiempo en darle las respuestas. Yo, con anterioridad, ya había solicitado la visita al fundador de Radio Sutatenza, Monseñor Salcedo, al Edificio Cardenal Luque. Se lo comenté a uno de los asesores de su santidad y a este le pareció bien esa salida para que el papa se acomodara a la altura de Bogotá, pues él ya salía por los jardines de la nunciatura para ver cómo se desempeñaba, caminando. Bueno, como yo en esa época era radioaficionado, me puse a buscar lo que me había preguntado su santidad. Con Bernardo García —un compañero que después dejó la Compañía de Jesús— nos pusimos a llamar a Europa, y Doménico Petty, que era radioaficionado, desde Radio Vaticano nos dijo: “Acá está el ambiente de que hubiera sido mejor que el papa no hubiera viajado, porque está próxima la invasión de Checoslovaquia”. Lo que pude deducir es que, diplomáticamente, él había podido parar esa invasión. Lo segundo que averiguamos es que, por la Encíclica Humanae Vitae, las industrias farmacéuticas habían hecho un fondo para atacarla, pues como no tenía nada de anticoncepción y esas cosas, por eso nos iban a tratar de ‘anticientíficos’. En esa época las comunicaciones no eran como ahora, en donde me comunico inmediatamente por internet o puedo tener un teléfono celular con acceso a llamadas internacionales… Y, para el tercer punto, lo que se me ocurrió fue la inauguración del transmisor de Radio Sutatenza, el cual era uno de los primeros de 300 kilovatios, el que se iba a inaugurar en el campo San José, cerca a Mosquera. Después, cuando nos reunimos con el Papa, le empecé a comentar las tres cosas que me había solicitado. Le dije lo de la invasión a Checoslovaquia, y él me dijo que sabía que lo de Checoslovaquia era muy importante, pero ya tenía un compromiso adquirido con Colombia para la venida. Y luego me dijo que los otros dos puntos que le había enunciado los iba a estudiar.  Así pues, los monseñores con los que andaba el papa corroboraron que había un fondo de las farmacéuticas para atacar la Encíclica Humanae Vitae. Y el tercer punto lo respondió después; cuando venía de visitar Radio Sutatenza comentó que teníamos razón, pues nunca había visto tanta gente en el trayecto desde la nunciatura hasta el campo San José, en Mosquera, saludando al papa. Y dijo: “Al mismo tiempo, tantos niños ‘utuchados’”. Entonces, cuando él dijo ‘utuchado’, los demás nos quedamos viendo, preguntándonos qué significaría la palabra. Luego nos dimos cuenta qué era ‘utuchado’; es cuando un papá sienta al niño encima de los hombros y el niño se toma de la cabeza de su padre. Exclamó: “Ojalá nunca Colombia olvide esa riqueza de la familia”. Ahí tuve mi primera experiencia de comunicación. Bueno, resulta que Mario Rebollo —que después fue cardenal y arzobispo de Bogotá— había ordenado unos carnés de periodistas. En esa época no había fotocopiadoras. Para hacer eso, entonces conseguí unas estudiantes, en su mayoría javerianas, que sabían escribir muy bien a máquina, bien arregladas y con una bufanda de seda que les dimos, para hacer todo lo respectivo a los carnés y comunicados.  Mientras tanto, yo estaba entendiendo qué significaba la palabra ‘embargo periodístico’, que se entendería —en términos inmobiliarios— que cuando se toman una casa, por diferentes motivos, uno paga y le devuelven el inmueble, pues yo pensé que nos tocaría pagar por los discursos del papa algún monto… Entonces, me fui a preguntarles a los monseñores que estaban cerca del papa, y me dijeron: “embargo periodístico significa que nadie puede publicar el discurso del papa hasta que él no termine de hablar, porque el material lo pueden cambiar. Lo mismo pasó hace poco con la venida de Benedicto XVI a Cuba; a los diez minutos de dicho el discurso, se encontraba por internet”. Otra de las cosas estupendas en esa época fue la inauguración de la Conferencia Episcopal Latinoamericana, con la representación de todos los obispos, que se dio en la Catedral, inauguración en Bogotá y las ponencias en Medellín. … Uno de los datos que se me viene a la mente es la sorpresa de Guillermo Cano en El Espectador. Cuando dije que le entregaba todos los discursos del papa, le parecieron tan buenos, que hizo una separata. El papa estaba despegando en su avión, quitaron el embargo y él sacó la edición extraordinaria de los discursos del papa. El Tiempo felicitó a Guillermo por eso; eran muy amigos, pero a ellos, teniendo los discursos, no se les ocurrió hacer eso. Volviendo a lo de la Conferencia Episcopal de Medellín, que estaba buscando responder a los problemas sociales y espirituales de América Latina, yo estuve ayudando con el proceso de distribución de las ponencias a los diferentes periodistas. Fue la primera reunión del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) que se dio después de la visita del papa. Las ponencias eran unas muy buenas sobre el análisis de América Latina, y en ese momento, desde Medellín, yo comencé a involucrarme en un rol de comunicación, a empezar a conocer cómo se manejaba una oficina de prensa, pues tocaba mandar información y comunicados a todas partes. Además, todo se hacía por avión. Cuando terminó la actividad del CELAM, me llaman de la Conferencia Episcopal, pues iban a realizar la primera Conferencia Episcopal Colombiana, tomando los documentos de Medellín y aplicándolos a Colombia. Yo me sentí raro, pues como ya conocía el medio desde la comunicación por eso me empezaron a llamar para que asesorara diferentes conferencias episcopales en América Latina. Era fácil; como era el mismo problema con el mismo sistema… Sin embargo, no tenía tiempo para ir a esos lugares y viajar, pues en ese momento yo ya comenzaba mi Teología. Yo creo que hay dos tipos de comunicadores: los que están matriculados en la “universidad de la vida” y los comunicadores graduados en facultades (que son la minoría, donde la carrera poquito a poco les irá dando el éxito). Yo estaba matriculado en la universidad de la vida, pues cuando yo estaba en lo del papa y lo del CELAM hacía mi magisterio, que es cuando a uno lo mandan a enseñar a un colegio. Hubo una columna en El Tiempo que se llamó ‘Teófilo Escribano, Teología y Filosofía’, que la fundó un jesuita de Uruguay que estaba en Colombia y donde escribíamos varios. Entonces yo me acuerdo cuando escribí sobre la importancia de la reunión de obispos para poder estar cerca de la pastoral y problemas sociales de cada país. Entonces me cayó encima un profesor de teología diciéndome que yo estaba creando una disidencia, que “el que manda es el papa y no los obispos”. Pero ahí estaban las conferencias episcopales… Después de eso que nació, derivado un poco de las inquietudes del papa —el cual decía que tocaba educar a la familia y especialmente los niños—, me uní al apoyo de monseñor Salcedo en Sutatenza. ¿En qué consistía ese apoyo? Primero, en la electrónica y después, en la comunicación. En ese momento se conseguían los sobrantes de guerra que llegaban a Panamá, y creo que eran de Corea (habría que verificarlo)… Y llegan por toneladas. Una tonelada costaba treinta dólares. Se compraron esos sobrantes y con eso se hizo el primer o segundo transmisor en el pueblito de Sutatenza. Entonces yo acompañé a Tuco Salcedo, el hermano de monseñor Salcedo, a armarlo. Este aparato traía la fuente de poder, el amplificador de la radio frecuencia. No sé si mi colaboración en esto era un error o acierto, pues no diseñaba bien los circuitos. Como después, con el tiempo, aprendí mejor.  Los radios que se le daban a la gente de esa época venían con el condensador soldado, para que no cambiaran de dial. Después ellos se dieron cuenta de que podían cortar una ‘aletica’ que traía por dentro el aparato y coger otras emisoras. Luego nos dimos cuenta de que los campesinos necesitaban socializar el uso de las tierras… digamos que en un lugar se da papa tocana, en otro papa criolla, lo mismo con las verduras, y era importante compartir ese conocimiento entre ellos. En ese momento nacieron también las cartillas de la comunicación de Acción Cultural Popular que yo llevaba en el corazón. A mí me involucraron en esto de la comunicación por los estudios que hice con los españoles, por lo de la comunicación electrónica, no por la comunicación social. Por eso yo digo que me gradué en la “universidad de la vida”. Todo el mundo me consultaba en cosas que no sabía, pero yo no le iba a decir a la gente que no sabía. Es que hay cositas que mi Diosito sabe por qué… ¿Quién tenía el poder de comunicarse con Europa? Los jesuitas, porque éramos radioaficionados. Hay que recordar que yo estudié Física y Matemática pura. Uno aquí estudia noviciado: humanidades tres años, ciencia un año y filosofía tres años. Entonces, en tiempo de humanidades me puse a estudiar matemáticas. Cuando llegué a física ya había estudiado algo de física, y cuando llegué a filosofía ya había estudiado algo de filosofía. Siempre estaba como en contravía. En esa época estaban los cursos de vacaciones, donde uno estudiaba la materia que le gustaba. Por eso yo tengo un profesorado en Física y Matemáticas. Claro que ahora no sé ni manejar una calculadora o un BlackBerry. Desde que empecé a trabajar con Pablo VI, me metí en comunicación. Entonces yo dejé lo que era física y matemáticas, y esos esfuerzos los invertí, más bien, en los estudios de los procesos de los contenidos de la iglesia latinoamericana a través de la inauguración del CELAM. Por estar en medio del proceso, lo que hice no fue estudiar la comunicación sino ‘vivir la comunicación’, y con la experiencia de la llegada del papa aprendí del Vaticano la forma de difundirla, aplicándola en la conferencia de Medellín (pero insinuándola, porque en Medellín yo era uno más; era una persona que había estado en Bogotá pero no era formalmente un director de comunicaciones del Episcopado).  En el Episcopado latinoamericano, muchas veces los delegados no se conocían. Alguien propuso dejar un espacio para que se conocieran… Por eso yo gozaba mucho cambiando de mesa de comedor, sin tener una función especial, pero, al mismo tiempo, estaba en todo el proceso de intercomunicación. O sea, la reunión de Río de Janeiro comenzó a sembrar la semilla de lo bueno que sería que se reunieran los obispos para intercomunicarse, y la inauguración del CELAM en Bogotá con sede en Medellín fue fruto de la reunión de Río. … El padre Valserra fundó Cenpro, Centro de Producción. Cuando yo estaba en Teología, mis superiores me decían: “Vaya, estudie, ¡pero quédese quieto!”. Entonces apareció, en ese momento, el padre Rafael Valserra dando un curso de comunicación a los estudiantes de la Compañía de Jesús en Santa Rosa de Viterbo (Boyacá). Allá entonces necesitaban un comunicador técnico, entonces yo fui; escuchaba al padre Valserra y le intercomunicaba las cosas. Fuimos un grupo de jesuitas de ocho o diez, estudiantes todos. Me acuerdo entre los asistentes de un padre curioso que tenía, como cosa extraordinaria, una grabadora de alambre (y yo tenía una grabadora de cinta). Después, recordando, fue el padre Valserra; al viajar a Estados Unidos se trajo tres o cinco grabadoras de esas que existían… en Colombia pues era una cosa muy rara. Eso es como en el año 68 y 69; eso antes no existía. Valserra comenzó la misa por televisión. Valserra empezó la televisión educativa en Colombia, con las clases de Ética y Religión en Inravisión. Las charlas de Valserra… él tenía la forma de enseñar “metiendo la gente al agua”. Entonces, si estamos en un tema de humanidades, exprese algo de humanidades –un drama, una poesía–; si es de filosofía, exprese algo de filosofía. En cuanto a la comunicación, es el hecho de comunicar lo que se está viviendo, no es una teoría aislada de la comunicación. De las cosas importantes para entender en esa reunión en Santa Rosa es que, más que reflexión hay hecho, eso es lo interesante. En esa época, la Facultad de Comunicación (de la Universidad Javeriana) con Gil Tovar estaba fosilizada, llevaba dieciocho años de Decano, era un seglar muy docto, preparado humanísticamente, pero estaba quieto. Siguiendo con lo de la televisión, fuimos los primeros en hacer clases de religión en televisión. Yo no fui uno de los mejores profesores, así como no fui comunicador, sino que me fui convirtiendo. Yo tuve un millón trescientos mil alumnos, y lo hice comunicando… Yo fui la mano derecha del padre Valserra. Yo comencé a hacer la comunicación, no a teorizarla.  Voy a contar una anécdota simpática. No por iniciativa mía, sino por el padre Valserra, visitábamos las embajadas; nos prestaban películas y las acomodábamos, nos daban el permiso de cortar los rollos de películas. Entonces, si en una película veíamos un paisaje maravilloso, lo recortábamos para, por ejemplo, contar: “en este amanecer de Dios, tal cosa…”. Entre otras cosas, lo hacíamos para los programas de catequesis. Entonces, para dar un ejemplo, es importante que los niños se laven los dientes, entonces encontramos en los rollos de Transtel un caimancito mono animado bañándose los dientes; entonces, a la imagen le combinamos el sonido: “el niño protege su cuerpo y lo fortalece porque es un bien de Dios, y para eso se lava los dientes tres veces al día”… En algún momento nos fuimos para el Chocó, para Quibdó; allá nos recibieron de una manera espectacular: arcos de flores, profesores, alumnos, banda municipal, pues llegaba el ‘telepadre’. Entonces —esto sucede en el lapso que estudio teología tres años y medio—, entonces de repente, me dice uno de los profesores: “estamos furiosos con usted, pues ¡no podemos controlar esto!”. Porque resulta que los niños llevaban veinte, treinta, cuarenta, sesenta babillas… Pues como llegó el padre y “a él le gustan las babillas”… ¡imagínese controlar todos esos animales que muerden! Mi mensaje fue: “cuiden los dientes porque son un don de Dios”; y ellos, cuando sabían que venía el ‘telepadre’, ¡consiguieron babillas para que las viera el padre! (risas). Eso era una pequeña muestra de lo que era el influjo de la televisión en la época. Nosotros éramos los únicos en Inravisión, pues en un comienzo Inravisión no sabía qué hacer con los espacios. En esa época no se hacía licitación, sino era “el que supiera algo, hacía algo” (hay que acordarse de que la televisión fue fundada por los cubanos).  Yo algunas veces también tuve la misa por televisión. Pero era un oficio muy pesado, uno no aguantaba. Entonces, por ejemplo, Germán Bernal tomó la misa un tiempo larguísimo; él es más músico que yo, eso le ayudaba… También fundé Educadores para Hombres Nuevos, pero no me interesa decir que lo fundé. Este programa trataba de difundir proyectos pedagógicos para profesores (sacado de Transtel, quedaba Educación para los Profesores); pero ‘Joaco’ lo cogió mucho mejor que yo, el rector actual de la Javeriana.  Yo también tenía un programa de opinión que se llamaba ‘Balance’. Trajimos las películas insight, que era temas de ética y moral hechos por artistas de Hollywood. Digo “trajimos” porque éramos Cenpro Televisión. Nosotros después licitamos y nos dieron siete horas semanales de televisión. Eso fue mucho para la época. Yo admiro a Valserra porque fue el visionario del uso de la televisión; que no lo nombran mucho, pero en su época fue muy conocido. Estudió Comunicación en Irlanda y en Estados Unidos. … En esa época la Embajada Americana me empezó a consultar temas, y la nunciatura también. No era el experto, pero yo buscaba la información que ellos me solicitaban. En la Embajada pensaban que era un especialista en comunicación, pues si aparecía con el papa, luego en las reuniones de Medellín y además aparecía en televisión, entonces era una persona muy importante, que estaba muy bien documentada… Desde lo que sucede con el papa hasta ese momento habían pasado dos años. Bueno, entonces los americanos me dieron una beca (mire lo que perdió la compañía al no entender el trabajo de Cenpro) para empezar a aplicar la educación a los niños en castellano. Entonces nació Plaza Sésamo (Sesame Street); entonces crearon un grupo de profesores latinoamericanos especializados en televisión. Entre esas personas estaba Jorge Uribe. Entonces yo fui invitado a trabajar los talleres de Plaza Sésamo en la Universidad de Temple en Filadelfia, por la Embajada Americana. Yo me inventé la pedagogía y la didáctica de cómo enseñar el cero: así como un niño lleva un aro… ¡ese aro es el cero! Bueno, yo no le pedí permiso al provincial; yo solo me fui para las clases. Yo dejaba mi grabadora de cinta (de última generación de su tiempo) en la mesa del profesor de Teología y grababa todas las clases, y no tenía necesidad de venir todos los días. A mí me enviaban por valija diplomática de los gringos los apuntes de Teología, que los leía en Filadelfia, y me comunicaba por radio aficionado con Bernardo García, que me decía qué había sucedido en la clase; me decía si había previa. Cuando sabía que había una, yo les decía a los gringos que tenía una reunión y me ponían el pasaje Filadelfia – Nueva York – Miami – Bogotá, venía, presentaba el examen y me devolvía.  Yo conocí ahí las cualidades de un satélite. La palabra transponder yo no la conocía. En uno de los viajes de la Universidad de Filadelfia nos llevaron al Silicon Valley, en California; allá conocí lo que eran los satélites. Entonces, un satélite no podía transmitir porque no tenía la potencia completa, yo escuché el problema: “Si ustedes tienen baterías de 600 vatios, divídanla en dos de trescientos. Es como tener una de 12 vatios y la divide en seis bases y la va alimentando una por una”. No se les había ocurrido. Y así como se los planteaba, daba la potencia. Eso es como cuando usted es demasiado científico y exigente, no se puede salir de las normas; en cambio, cuando uno anda “en otro cuento” y no tiene nada que perder, pues opina. Entonces, gracias a esto nos dan un transponder. Llego a donde Valserra y le digo: “Nos dieron un canal de televisión para América Latina”… Teníamos contacto con todas las naciones latinoamericanas… Al finalizar la reunión de Filadelfia, nos dijeron: “Vamos a hacer un taller en Norteamérica del uso del transponder, ¿en dónde se puede hacer?”, me preguntaron. Yo dije: “En Alaska”. Me volvieron a preguntar: ¿Por qué? Yo les expliqué que el padre Llorente, un jesuita español, había vivido en Alaska, donde escribió ‘En las Lomas del Polo Norte’, y yo quería saber a dónde había vivido él. Entonces me dieron el gusto e hicimos el taller, que se llamó Alascom. Yo hice la transmisión desde las islas Diomedes por transponder para Caracol. Los gringos tenían transponder de guerra. El nuestro era solo educativo, y no pudimos crear la infraestructura para mantenerlo y tocó devolverlo, porque a Valserra no lo entendieron. Más adelante, Cenpro se acabó. ¡No vieron en dónde andábamos parados! Yo tenía relación con las bases de datos por los eventos que había realizado, y entonces yo los llamaba o ellos a mí; como era el caso de Arturo Abella, que me llamaba del noticiero de televisión para que le comentara cosas de iglesia. En estas cosas yo aprendí que los medios de comunicación viven de las chivas de la noticia. Entonces, transmití para Todelar el incendio de Avianca. Era por Todelar porque en esa época Caracol era pequeña. Después me vinculo con Caracol; luego, trabajo con RCN. Con Juan Gossaín fuimos a cubrir la llegada del papa a Brasil. Yo de vez en cuando cubría noticias mientras estudiaba teología. Mire, un periodista (muchos amigos míos aún no lo han entendido), puede hablar de blanco, de amarillo y de azul, y no pasa nada. Para un jesuita que está preparado en teología, filosofía o en educación, que yo hable de las cosas no les cabe en la cabeza, porque lo que uno hace es cubrir una fuente. Cubrí los diecisiete viajes del papa Juan Pablo II. Estuvimos en América, de Canadá para abajo, España, Polonia, que la virgen de no sé qué cosa, allá fui… Yo alguna vez fui ministro de la curia provincial. Entonces, una vez pasa el provincial y me pregunta que qué me pasa, pues faltaban pocos días para que pidiera el sacerdocio (risas). Yo pensaba: “¿Había que pedirlo?”. Entonces tenía que hacerle una carta. Se la entregué. En esa época yo vivía en una residencia con Valserra; casi no permanecíamos allí, nos la pasábamos grabando, haciendo cosas de televisión y estudiando. Fuimos pésimos para mantener las labores diarias en esa casa, pues no hacíamos bien mercado, en fin… Entonces cuando llego a la residencia encuentro la carta del provincial, y pensé: “me van a echar de la compañía”. Pero no, la carta decía que tenía concedidas las órdenes menores, que tenía un retiro espiritual, y decía el lugar donde me las otorgarían. En medio de las grabaciones, haciendo mil cosas y todo, llegué a la casa de retiro San Claver y obtuve el diaconado. Bueno, seguimos avanzando y se me olvidó esa cosa de la ordenación. Y vuelve el provincial y me dice: “¿Y su segunda carta para las órdenes mayores?”. Entonces, como estaba en el límite de presentarla, con el trajín del día, en medio de todo, la hago una madrugada usando una máquina de escribir. Con ese ruido levanté a media humanidad. Cogí una moto Lambretta y metí la carta por debajo de la puerta de la habitación del provincial. A mediodía me llama el provincial y me entrega la carta donde dice que la ordenación es concedida. Luego, voy a donde mis compañeros, en donde ya tenían las estampas, el folleto, la casa de retiro… Pero como estaba sobre el tiempo, no me podía ordenar con ellos… Entonces voy a mi comunidad e hicieron una concesión, y alguno dijo: “Lo hace por una misa en televisión”; entonces, vaya a donde el cardenal. Y tocaba buscar una misa en la que él estuviera libre, y resultó que él estaba libre cinco días antes de la ordenación de los demás compañeros. Es decir, me ordené primero que ellos. Eso fue en el año 71. Todos los medios cubrieron eso. El día de la ordenación, mi papá le dice a mi mamá: “Hoy perdimos definitivamente a Jorge” —porque éramos dos jesuitas (mi hermano también es jesuita)—, y mi mamá dijo: “Eso lo quiere Dios”. Yo fui el único que se ordenó por ese medio, por eso en ese momento me convertí en el ‘telepadre’. … Me ordeno y pido seis meses de licencia. Y por esa época el provincial cierra Cenpro. Voy a dar mi versión de esto: estábamos debiendo setecientos cincuenta mil pesos y trabajábamos en la curia provincial, donde teníamos unas salas y oficinas donde editábamos películas; entonces, Berta Elena, una reina de Bogotá o Cundinamarca, ayudaba en eso. Entonces trabajábamos hasta que estábamos fundidos. Entonces, cuando uno estaba cansado, buscaba un sitio para descansar, y cuando estaba recuperado se despertaba y seguía trabajando. Entonces, ella se metió debajo de un escritorio para que no le diera la luz, buscando descanso. ¿Qué se ve entonces? Una muchacha con minifalda de la época en la curia provincial. Entonces alguien tomó fotografías y pasaron la información que jesuitas jóvenes liderados por un padre veterano traen mujeres vestidas no sé qué… y con una deuda increíble… Por eso cierran Cenpro. Nos habíamos ganado siete horas de programación y teníamos una ganancia entre siete y catorce millones por la publicidad, pues nuestra producción era muy económica. Eso nunca lo dijeron. Yo estaba en Madrid, en la Universidad Complutense, cuando me llegó la razón de que habían cerrado definitivamente a Cenpro. Me matriculé en Periodismo, pero era de una calidad ínfima. El resto de compañeros que pertenecieron a Cenpro, todos se desperdigaron, cada uno por su lado; Joaquín Sánchez se va a estudiar un máster en Artes en Estados Unidos, Bernardo García se salió de la Compañía de Jesús, Alberto Duque salió de la Compañía de Jesús, Reynaldo Pareja también (algunos se desmotivaron porque era tan bonito lo de Cenpro… por eso se salieron). La empresa se la dieron a un señor de Punch. Se hizo millonario con los espacios nuestros, y no hacía programas como los nuestros, sino rellenos. Volviendo a lo de la Complutense, estando en España y en los intermedios del semestre voy a Inglaterra (estudié televisión en Londres), a la RAI, a la UNESCO. Yo aprendí mucho mejor producción de televisión en Londres que en España; una calidad extraordinaria, una exigencia muy grande. Bueno, no alcancé a terminar lo de España y me devuelvo a Colombia, y empecé a trabajar en la Facultad de Comunicación Social (de la Universidad Javeriana). Fui secretario de la Facultad, del decano y del decano del Medio. Eso en el año como 77. Estando en eso, nombran a ‘Joaco’ decano de la Facultad de Comunicación. Yo había alcanzado a empezar a reformar las especializaciones de la Facultad, pero me faltó más berraquera, pues no sirvo para pelear puestos y cosas de esas. Entonces, más o menos funcionaban los tres énfasis: el de Periodismo, Publicidad y –no me acuerdo bien– creo que el de Organizacional. Yo quería hacer una facultad con más énfasis en el periodismo (por falta de exigencia mía), más definida, pero cuando llegó Gabriel Jaime, cuando vino de Francia, la orientó más a la semiología. Es interesante, pero no es el periodismo, es un campo de la lingüística.  Cuando llegué solo había periodismo, pero lo de los énfasis en comunicación los había visto en Inglaterra, en Filadelfia y en muchas otras partes… El rector, al ver lo que hacía, me llamó a trabajar comunicación en la Rectoría. Con el tiempo apareció que no tenía los títulos completos en Comunicación para avanzar en la universidad, entonces dejé por seis meses todo, presenté mis exámenes y la tesis de Comunicación Social; obviamente validando los créditos de la Complutense (en esa época, en España la pasaban muy mal, pues estaban en la época de Franco, no dejaban opinar. Por eso fui innovador con semejante pensamiento latinoamericano, pues venía de una autenticidad latinoamericana de expresión de todos los problemas). Y saco mi Licenciatura en Comunicación. Cuando trabajé comunicación en la universidad, la veía como una función social en todas las dependencias en las cuales uno esté trabajando. Me acuerdo mucho de Marta Díaz, que formó parte de ese equipo de comunicación en la Rectoría y trabajaba muy bien en equipo. Casi yo no llamaba gente de la Facultad, no porque no quisiera, sino que no estaban preparados para ese trabajo que se necesitaba, pues sabían todas esas cosas de lingüística pero no sabían redactar un boletín o captar una idea, pues lo hacían mejor los de otras universidades. Luego de ahí, me fui a apoyar la Emisora Kennedy. Sucedió lo de la tragedia de Armero y me metí con eso… Otra cosa de las emisoras que conocí de la Compañía: no vi que trabajaran unidas. Bueno, retomando lo de Armero… ¿por qué bajé por allá? Iba los fines de semana, pues un familiar mío tenía su finca en Mariquita, cerca a Guayabal, que queda a doce kilómetros de Armero. Caracol había transmitido que había pasado algo raro en la zona. Yo intenté bajar a pie, pero no podía, así que un amigo radioaficionado que tenía una avioneta me llevó. Una de las cosas que sucedió es que el alcalde de Armero le pidió al gobernador en Ibagué la orden para evacuar, pero el gobernador le dijo que salía muy costoso, que cuando tuviera algún dato le informara. Y el alcalde mandó una comisión al río y ellos decían que el río estaba bajando, que estaba casi seco; lo que no sabían es que arriba se estaban acumulando los ríos, con lava y material volcánico. Esa comisión no volvió y ahí fue lo de la avalancha. Luego de ver el desastre allá, y los millares de muertos y damnificados, regreso a Bogotá. Yo tenía un computador Tandy de la época y el primer transmisor de FM, que fue el primero que se construyó para la Emisora Javeriana, en donde colaboré, pero mucho más Alberto Múnera. Entonces, trajimos el transmisor y lo pusimos en una de las zonas afectadas, en Guayabal. Entonces comenzamos a recoger nombres, convirtiéndose en un banco de datos perfecto.  Había una cantidad de gente que quería ir a ayudar. Llegaron unos japoneses; yo les pedí salas quirúrgicas y elementos de comunicación. Unos días después, apareció un japonés con seis camionetas con su sala de cirugía y plantas eléctricas, transmisores de 20 vatios y de 2 vatios para comunicarnos a todas partes. Hubo reencuentros estupendos y trágicos. Me acuerdo de Omaira, la niña —que murió— se convirtió en el símbolo. Pero al lado de ella había treinta o cuarenta heridos… En esas había un tipo sentado en un carro (yo fui una de las muchas cabezas de ayuda, entre la gente de la Cruz Roja de todas partes) y me dijo: “Coja esta bolsa, eso no me sirve, es maldito…”. Yo la tomé y la metí en un morral. Por la noche fui a ver y eran como veinticinco o treinta millones de pesos, y al hombre yo lo veía en el parque que no comía, no dormía, hacía sus cosas por ahí. Yo luego fui y le pregunté: “¿Qué le pasó?”. Él me dijo que al salir de Armero tenía dos posibilidades: rescatar a su familia o rescatar el dinero. Le dijo a su familia: “Cojan la avenida, váyanse para Guayabal”. Él se fue por la plata. En el camino él atropelló la gente que iba por la carretera. Entre las personas que atropelló había una persona de un vestido blanco con pepas rojas; era la mamá de él…  Yo hice ese sistema de comunicación; como a mí me gustaba la electrónica… Y si no teníamos determinada antena, tocaba buscar entre los pedazos de aluminio, buscar algún cable, hacer la antena y ponerla a funcionar. Puede ser que no fuera la mejor antena electrónicamente, pero funcionaba. Luego el provincial me dice que les pregunte a los asesores de la Compañía a dónde debo estar. Ellos me dicen: ¿Por qué? ¡Vuelva a la universidad! Y en ese momento sale mi nombramiento para trabajar en Tierralta (Córdoba) (por unas semanas, y me quedé dieciocho años). Él me dice que había una situación de emergencia, pues hace pocos meses habían matado a un jesuita: “usted está habituado a esas cosas, de ver unas situaciones y convertirlas en otros valores”. Yo no conocía nada de Tierralta. A los padres Sergio Restrepo y Sergio Caicedo los conocí por unos retiros que se hicieron en Bucaramanga dos meses atrás. Él (el padre Restrepo) en unas fotos aparecía con Belisario Betancur; era muy cercano con el expresidente. Me acuerdo que Belisario llegó a Armero ocho días antes de que hubiera pasado lo del Palacio de Justicia; con ese trauma, el presidente estaba muy fatigado y me pidió que lo llevara a algo campestre. Lo llevé en carro a un lugar, le conseguí un poco de leche caliente en una vasija. Como es de origen campesino, se sentó, se puso a tomarse su leche despacio y a llorar, recordando ambas tragedias. Eso él no debe acordarse quién lo llevó a ese lugar. ¿Por qué nombro a Belisario? A la incipiente Casa de la Cultura mandan una banda musical, cuando estaba el padre Sergio. Cuando muere Sergio Restrepo pasó algo muy especial, y es detectar los sentimientos de la gente; entonces ellos, a su estilo costeño, popular, hacían retretas con la banda que había mandado Belisario en recuerdo del padre. Me mandan a Tierralta porque muy pocos jesuitas están preparados para vivir en zonas de emergencia o zonas de violencia… Al padre Sergio lo matan. Eso es bien complicado, parece que no iban a matar al padre sino a otra persona por denuncias de los problemas sociales. Entonces, cuando llego, lo que hago es captar lo de la población. La gente comenzó a expresarse y a gestar un festival en honor al padre Sergio. Al año siguiente se realizó el primer festival. En Tierralta habían dos o tres emisoras piratas, que en Semana Santa o para eventos referentes al padre Sergio me prestaban un espacio en radio y encadenábamos. Esas personas no eran amigos entre sí; competían. Pero yo era amigo de los tres. ‘La Cadena de la Esperanza’, se llamaba; el mismo nombre que le pusimos en Guayabal. Gracias a los conocimientos que tenía antes, encontré que el Ministerio de Comunicación era fiscal de la comunicación pero no promotor de la comunicación. Entonces, fui al Ministerio a pedir una frecuencia y me dijeron que precisamente estaban estudiando una reglamentación para adjudicar emisoras pequeñas a pueblos pequeños, que le sirvieran a la comunidad. Ahí nacen las emisoras comunitarias.  Entonces, se licitó el primer paquete de emisoras. Una emisora, al tener un alcance no muy potente, posibilita que en la misma zona hayan cuatro o cinco emisoras con la misma frecuencia, sin que se interfiera la una con la otra. Nació también la idea de formar un grupo de laicos que me ayudara; entre esos está Glenis Avilez Salgado, que es mi mano derecha. Preparamos la licitación y nos ganamos la licencia.  En esa época no había facilidad de construcción de emisoras de FM (la mayoría lo hacían en AM). A los seis kilómetros, cuando la recepción era fuerte, poníamos receptor y un transmisor, ¡y teníamos otros veinte kilómetros! (risas). La gente sabía que le llegaba la señal, pero no sabía cómo. Yo cuando llegué a Tierralta no tenía pensado hacer una emisora, sino que me las encuentro allá. Como nos ganamos la licitación, mis amigos de ‘La Cadena de La Esperanza’ se convirtieron en mis rivales, porque ya no podía transmitir junto a ellos. Luego, fuimos construyendo los transmisores más potentes, hasta llegar a los 200 vatios, que es lo que le permiten a una radio comunitaria. Yo fui amigo de monseñor Salcedo, pues lo conocí a través del jesuita Antonio Salcedo (‘Tuco’ Salcedo), que también sabía de electrónica, y nos vinculamos para construir un transmisor de Radio Sutatenza. Viajé a Nueva York a atenderlo en sus últimos días, estabilizarlo en su nostalgia y en sus crisis en todo sentido.  A mí tristemente me tocó mediar en la venta de los equipos de Acción Cultural Popular. Devolvámonos un poquito: el proyecto de Acción Cultural Popular es Radio Sutatenza; ahí encontraron que los campesinos, digamos un ejemplo, sabían sembrar las papas, las cebollas, pero había otras cosas que no sabían. Entonces se les pedía que bajaran a dar sus conferencias agrícolas, para que compartieran ese conocimiento… y facilitaba enseñar eso en las veredas, pues era muy difícil visitar todas las veredas… Tuvo mucho éxito en el pueblito de Sutatenza (Boyacá), entonces se multiplicó en otros pueblos. Entonces, como buscaba capacitar y hablar de cosas religiosas, al aumentar la potencia traspasaba los límites de una parroquia. Prácticamente cubrió el 60 % de Colombia (tenían tres transmisores: uno en la Costa Atlántica, Boyacá, y el más grande —el de 300 kilovatios— en el campo San José, en Cundinamarca). Fue un proyecto piloto innovador en el mundo, y se acabó porque había divisiones.  La transmisión dependía de varias situaciones; por ejemplo, la que quedaba cerca al río Magdalena le daban gasolina para que funcionaran las plantas eléctricas de los transmisores, el de Cundinamarca comía energía… ¡porque imagínese la cuenta de energía de 100 kilovatios mensuales o de 300! Cuando no se tenía con qué pagar la cuenta, pues se apagaba la emisora. Entonces la experiencia de Sutatenza me llevó a recoger las cartillas de Acción Cultural Popular; se llamaba así porque significaba: “acción de cultura para el pueblo”… En la emisora de Tierralta empecé a leer las cartillas e invitar a los campesinos para que contaran las alegrías y tristezas de la siembra, qué se necesitaba y qué no. Cuando yo llegué a Tierralta, ya se había acabado Radio Sutatenza.  Radio Sutatenza se acaba por un problema de no entendimiento entre un arzobispo y monseñor Salcedo. Estas son cosas dolorosas, que las mencioné anteriormente en un libro y que no veo conveniente volver a rememorar… Entonces tuvieron que vender y los compró Caracol. Entonces, al mediar con eso, Caracol me regaló las antenas de la Emisora Nuevo Mundo, porque los transmisores de Radio Sutatenza eran más potentes; y esa antena es la que está actualmente en Tierralta, de treinta y seis metros. ¡Tierralta tiene una extensión de tres mil ochocientos kilómetros cuadrados! La gente se reunía en una vereda, Batata, donde había mil doscientas familias; a donde también yo utilizaba emisoras de 750 miliwatios (emisora chiquitica), ponía mi transmisor, llevaba y repartía radiecitos, y en todos los alrededores de la plaza, más los caminitos, me escuchaban. Trabajamos lo normal, lo que se trabaja en una zona de desplazamiento. Yo tenía una frase que repetía muchas veces: “Nadie escucha una predicación con el estómago vacío”… “Entonces ¿ustedes están sembrando?”; “recuperemos el entusiasmo por sembrar, dialoguemos con los grupos que entran acá. Donde la acción civil es nada de paramilitares, nada de Ejército, nada de guerrilla”… “Déjenos sembrar”. La acción era lograr conseguir mil doscientas toneladas de maíz; entonces con el maíz se vendía y se compraba la verdura que no se tenía, se restauraban las casas, se restauraban las cercas, los techos. Lo que se buscaba era intercomunicar la comunidad. Se buscaba enseñarles a vender y, con lo que se vendía, comprar lo que no podían sembrar. La mayoría eran campesinos que sembraban por sí mismos, naturalmente. Además de esto, también se mantenía la fe a través de las confirmaciones, bautizos y la eucaristía. Por ejemplo, un compañero hacía viajes para las misas tremendamente agotadores y no iba casi la gente, entonces a mí se me ocurrió hacer misas de honor, donde se invitaba a cuatro o cinco veredas que en determinada fecha se reunían para una eucaristía. Mientras a mi amigo le llegaban quince personas, a mí me llegaban mil doscientas o mil quinientas. Teníamos una misa de seis horas. Porque hay métodos que hay que cambiar con respecto a la población, entonces yo suprimí la parte del pecado. Entonces es la alegría de estar en misa; cantábamos letras de canciones ya hechas o cantos de ellos. La lectura bíblica estaba acomodada a su vivir. Leíamos un texto de los Hechos de los Apóstoles “los cristianos compartían todo en común”, y usualmente un campesino lleva más comida de lo usual, pues lleva dos o tres almuerzos; así pues, hacíamos una cruz con hojas de plátano, donde cada uno ponía su comida… Siempre la comida que no es de la casa de uno, por ser diferente, es más sabrosa. Comían de la vereda de acá, de la vereda de allá. Almorzábamos en la misa y la comida que sobraba se armaba en ‘zarapas’, que llaman ellos (los cuales son pasteles en hojas de plátano o de achira), y se guardaban para las familias pobres o que sabían que no habían podido a venir. Luego, el saludo de amigos, de compadres, y si alguno quería bailar pues se bailaba de ofertorio. Después, venía la consagración. Por eso las misas duraban seis horas.  Esa forma de comunicación y de fe es diferente a la población. Esa estructura eclesial en las grandes ciudades no entienden eso. Yo siento, por ejemplo, que en Bogotá el 20 % de la gente va a misa —suponiendo que todas las iglesias estén llenas—; el otro 80 % no puede, pues tiene que hacer las cosas de la casa, descansar, hacer las compras. La iglesia le queda al otro lado de una avenida. Entonces hay que cambiar de sistemas de comunicación para llegar a lo que se quiere. En ese ambiente nace algo más estable: la emisora. Los campesinos me dijeron que las conferencias las querían más estructuradas; entonces, la primera cosa que se hizo fue convalidar la primaria, porque había y hay muchos campesinos que no tienen primaria.  … Errores que cometí, era empezar todos los cursos. Se armó un “sancocho” y eso no servía. En esa época tuve cáncer. Me tocó ausentarme de Tierralta por tres meses. Fui asimilando las cosas, devolvimos el proceso y empezamos convalidación de primaria y primer año de bachillerato. Después, encontramos una legislación en donde se podían dar dos años en uno, entonces se podía tener primero y segundo, tercero y cuarto, y quinto y sexto.  Nuestra metodología educativa partía de la de Inravisión. Lo otro, lo de Radio Sutatenza, era lo de las huertas populares y problemas de fe; también lo implementamos, pero esa no tenía como meta la validación del bachillerato, que es lo que nosotros sí hacemos. Inravisión los repartía a nivel nacional (los textos) y con esos se convalidaba el bachillerato. Por eso cuando el presidente Uribe acabó con Inravisión, yo estuve detrás de los libros. Cuando los “dieron de baja” luego me los regalaron para trabajar con la comunidad. Yo conocía el material, pues ya lo habíamos trabajado con el padre Valserra. Después apareció que los alumnos tenían muchas dudas vivenciales. Como no teníamos dinero para pagarles a los profesores para que estuvieran toda la semana para resolver algunas dudas, entonces nació el sábado como actividad presencial, donde se iban resolviendo las preguntas por áreas en todos los cursos. Otra cosa que aprendimos es que no podíamos amarrar al alumno a la radio; por eso nacieron las copias de CD. A un campesino se le pueden entregar todas las clases, y él sabía en qué momento podría estudiar. También en algún momento compramos grabadoras, pero no se les regalaba, se les fiaba. También aprendimos que nunca se debe regalar; entonces, si una grabadora valía doscientos mil pesos, pues páguela de a dos mil semanales, ¡pero páguelos! De pronto algunos se quedan sin pagarla, pero se quedaron con la idea: “esto es mío”, no “que me lo regalaron”. Un dato más: los campesinos tierraltenses son más memoria y oír que leer. Ahí tengo cuatro bibliotecas informáticas que no las usan. Ahí ya teníamos estabilizado el servicio educativo, en donde graduamos ochenta o noventa bachilleres. Nosotros, como jesuitas, tenemos ese servicio de educación; los párrocos normales no lo entienden, no lo aplican… Además de la educación, la religión desde la Constitución del 91 entra como información. Antes del 91 era Moisés, era el enviado por Dios que llevaba los diez mandamientos; ahora no, ahora es un líder comunitario que lleva un código de comportamiento. La misma historia pero con otro nombre. Luego apareció otro problema: es que mucha educación que se trabaja es humanística pero no tecnológica. Por eso trabajé con el anterior director del Sena. Entonces hice un diagnóstico de lo que necesitaba la gente —pues es muy distinto lo que trabaja el hombre del campo a lo que trabaja el hombre de la ciudad— y luego el Sena me dio el respaldo de los programas que necesitara; así que soy el rector del INSER (Instituto Sergio Restrepo), secundado por el Sena. Mi labor ahora es formar a la distancia… ¡Por mí, yo me iría ya para Tierralta! Bueno, la utopía del objetivo de estar en Tierralta es que el campo le podría plantear problemas a la universidad, para que la universidad los estudie y señale rutas. Eso se llama intercomunicación. La universidad estudia problemas nucleares que se quedan en libros o en conceptos que nadie lee; la universidad estudia los problemas muchas veces muy alejados, por eso es difícil encontrar una tesis que responda estos interrogantes. ¿Qué sacamos teniendo un hecho conceptual si no lo aplicamos a la tierra?  La comunidad a mí me enseñó mucho. Hay cosas que le enseña la universidad de la vida y otra la universidad conceptual. A mí me salvaron la vida con un problema de cálculos, me dieron las yerbas para sacarme los cálculos (si no, la otra opción era que quirúrgicamente me hubieran hecho un hueco y sacarme los cálculos)… Aprendí mucha cosa… El campesino valora muchísimo la amistad. La ciudad aleja, divide necesariamente, la familia no existe, el compadrazgo no existe. Por eso yo gozaba yendo de un sitio a otro y expresamente no llevar nada; aquí le dan almuerzo, aquí le dan comida, yo les llevaba semillas. Alguna vez les llevé unas semillas que me dieron en la Embajada Americana. No les funcionaron porque no venían climatizadas. La riqueza de la comunidad del campo es importante, la riqueza de la comunidad universitaria es importante. Un ejemplo cómo se podría utilizar bien esto es cómo se podría construir un puente sobre el río Sinú: con guadua era más económico… lo hicieron con cemento. La plata no les alcanzó y quedó sin terminar. Por eso hay que unir lo conceptual con lo rural. La emisora está funcionando. Ya tiene catorce años. Desde 1998 está transmitiendo la franja educativa, está difundiendo diariamente las experiencias del Sena, está difundiendo los mensajes de las comunidades; mensajes como: “Para Antonio, que deje de tomar, que la plata que se le dio es para los condimentos y no para trago”… ¡Es algo fabuloso! Además que el alcalde, el cura, cada uno tiene su programa. Eso es muy bueno. Yo mido lo que se hizo allá. Es como cuando motivamos a la gente de Batata a retornar, a que tuvieran sus semillas, a sembrar, construir y reconstruir sus viviendas. Batata fue la vereda con el desplazamiento más grande que yo enfrenté. La emisora es una mesa de familia, bien llevada; es donde uno aprende y recibe algo. Es como si algún profesional sabe algo, enseña en la casa algo, no sé… es como si un arquitecto dice “tenemos un problema, que no hay luz, y vamos a hacer un ventanal de este lado”, todos se benefician de ese aporte y de los de los otros. Una de las cosas que me limitó es haberme venido para Bogotá, pues no estoy trabajando en lo que yo sé. No sé por qué el provincial me trasladó, eso solo lo sabe él. Es que además yo tengo setenta y dos años, tengo mis limitaciones, no grandes, ¡grandes! El haber llegado a Tierralta me cambió el modelo de hacer todo lo contrario que hacían los medios masivos. Para mí, antes el mito era Caracol; ahora estoy en contacto con la comunidad, eso es indudable. Tengo tabuladas las enfermedades que se dan en Tierralta y la forma de preverlas. Supongamos, la diabetes; una diabetes mal cuidada le cortan una pierna, la persona se muere. Entonces, que una persona pueda cuidar su diabetes por un consejo repetido por la emisora… Es diferente en los medios masivos, pues es más noticia un partido de fútbol “Betis contra Barcelona” que un problema colombiano. Por eso tomé la lección de cómo no debe ser un medio de comunicación. ¡Eso fue lo mejor! Con esa filosofía, allá quedaron formados el grupo de profesores del colegio, el grupo que hace el noticiero y los programas, los que hacen el festival. Son como unas treinta personas. En cuanto a los proyectos, a mí me enseñó a hacer proyectos el padre Joaquín Marco Villegas. Él venía de Estados Unidos y sabía cómo se hacían. Eso fue por la época de lo de Armero. Hice unos primero y después, haciendo cuentas, pueden llegar a ser unos cuatrocientos… El saber hacer proyectos incide en que la gente que quiere ayudar, puede ayudar. La escuela que uno debe aprender es la diferencia del perfil de las entidades. Digamos, Cerro Matoso tiene un perfil (nos aprobaron unos proyectos, como la emisora FM de Montelíbano, y los otros los hicimos por el lado del río San Jorge); el Banco de la República tiene otro perfil (nos han apoyado durante doce años, cada año un proyecto distinto); después los proyectos del Sena, son diferentes, tienen su perfil, entonces ya se sabe cómo recibirlos, cómo ejecutarlos, cómo pasar informes; la comunidad europea, los españoles (España nos ayudó mucho en proyectos educativos, sociales y forestales), los americanos, los canadienses, los peruanos… Entonces es aprender a hacer proyectos de acuerdo con el perfil de cada uno. En lo del retorno de Batata nos ayudaron como catorce entidades; es el proyecto que más me acuerdo. Hay algo de lo cual no he hablado y es la Casa de la Cultura, pues esta acoge la emisora, el centro informático, el Sena, el museo, el colegio. Cuando yo llego a Tierralta eso estaba incipiente. Lo hizo el padre Sergio para poder utilizar los programas por la paz, pues necesitaba una institución para pasar proyectos. Pero yo la modifiqué y es una corporación. Entonces, está el museo con investigación de la cultura Sinú; el centro de cómputo, con treinta computadores; el colegio, con un promedio de ochenta o noventa graduandos anuales; los cuatro programas piloto que ha habido del Sena; la emisora y el Festival Sergio Restrepo… Ahí están… si no existiera la Casa de la Cultura, tendríamos que armar un reglamento para cada uno y sería complicadísimo. La comunicación social goza de una hipoteca social, un contenido que es para comunidad, un difundirlo, un entregarlo a quien lo recibe y aprender de quien lo recibe. El estar en contacto real con la comunidad en contenidos es lo más valioso de la comunicación. A mí no me interesa un Yamid Amat, que busca es dónde está la falla de una cosa para publicar la noticia. Si hubiera seguido esta tendencia, sería un Juan Gossaín; con buena escritura, pero un burgués sin contacto con lo social, con lo teológico… En todo esto es muy importante las comunidades vivas, porque son la organización de la vereda en sí misma, en donde el líder de la vereda con su comunidad siente que llevan el mismo camino. Eso genera una camaradería única, en una Colombia diferente. En la actualidad ando metido en lo que es DCI (Doctrina Codificada y Compilada de la Iglesia), o sea, el que sabe, ejecuta y tiene poder. La comunicación y la información son hipoteca social. Me alegra que otros estén en este tema, pues una persona que tenga acceso al conocimiento lo llevará a la hipoteca social, a un compromiso. Quien comunica valores cumple una función social; quien utiliza los valores para conocerlos y enriquecerse no cumple esa función social, pues esta función es un hecho moral, ético o de sociología universal. ¿Por qué digo esto? Hace mucho tiempo las diferentes instituciones –el CELAM, el Vaticano– han planteado que “quien es administrador, no tiene tiempo de leer, por eso tiene que dejarse ayudar”. Por ejemplo, sí se plantea dar vivienda a los más pobres en zonas urbanas, pero muchas veces son decisiones a la carrera, a donde no se ponderan bien sus pros y sus contras. Esas viviendas pueden ser un problema en el futuro, por no tener la información suficiente. La idea es facilitarle a ese administrador el acceso a esos contenidos; gerentes que no tienen tiempo para leer, que quieren ayudar pero no tienen la ruta, no tienen mala voluntad sino falta de tiempo. Denunciar es fácil. Decir que hay injusticia, falta de vivienda, desplazados… es fácil decir, lo difícil es el hacer, el cómo, la solución. Por eso hay una cantidad de información de diferentes entidades que nos pueden ayudar para esto.  Las sociedades bien pensadas gozan de una hipoteca social que es el culmen de la doctrina social, en donde todos aportan la mejor solución para evitar la lucha de clases… De nada sirve una teoría si no hay un diagnóstico de un lugar en donde se puede aplicar correctamente. Teoría sin práctica es un carro sin ruedas… es como una rueda sin eje, pues ¡no rueda! Ojalá esto mismo lo hagan las universidades, que es coger esa teoría respecto al problema vital, buscar el sitio de aplicación y el cómo de la solución. Mi sueño es lograr ese medio de comunicación.

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