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A propósito del final de las Farc

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Las Farc se comenzaron a joder y a jodernos, en el momento que se autoproclamaron Ejército del Pueblo. Se tomaron un derecho que ellas se imaginaron se iba a consolidar con el paso de los años, por el solo hecho de decir que nos defendían.

Hay quienes han sostenido que en su trajinar, la dirigencia de las Farc pensaban a largo plazo, en razón de su extracción campesina. Supuestamente dicha lógica los llevó a formular planes futuristas, con determinaciones de proyectos estipulados a no menos de 10 años, e incluso, más. En honor a la verdad, no en vano conformaron todo un ejército.

Fue, porque ya no lo es, un ejército de campesinos, y en su mayoría, de menores de edad como hoy se ha podido comprobar a través de las deserciones. Campesinos necesitados que se fueron a la guerra por una comida, una paga o el “honor” de verse camuflados al mejor estilo de las películas de vaqueros. Algunos llegaron a ser todos unos señores de la guerra, siendo el Mono Jojoy el más vivo ejemplo.

El ejército que hoy está a las puertas de la derrota no tiene comparación con aquel puñado de sanos y valientes idealistas que se organizaron a comienzos de los años 60 en Marquetalia. El ejército de entonces eran campesinos que venían de la época de la violencia y luchadores agrarios acompañados de una fuerte ideología y del amparo estratégico del Partido Comunista Colombiano.

A lo anterior se suma una fuerte simpatía, y hasta respaldo solidario o ideológico de intelectuales y universitarios que quisieron abrir el fuerte cerrojo liberal-conservador impuesto por el Frente Nacional. Hoy la ausencia de universitarios, obreros e intelectuales en las filas de las Farc es total. Y por cierto, desde hace décadas.

Pero el paso de los años, y ver que el triunfo no estaba cerca ni en las curvas, amén del reducido apoyo ciudadano, este último en razón del crecimiento de una población urbana más dedicada al rebusque diario para subsistir que el pensar en política, y menos en redentores, llevó a las Farc a compartir las mieles de la bonanza marimbera y coquera que tomó forma en los años 80 en su afán de ser más militar que política con traquetos de bajo pelambre.

Fue entonces cuando las Farc pasaron  a ser narcotraficantes pura sangre. Sus líderes se traquetearon, hasta el punto que hoy algunos asumen gustos de grandes mafiosos y son los grandes sostenedores del narcotráfico ante la debacle paramilitar.

Sin embargo, el error fatal de las Farc fue meterse con la clase media, así se diga que ésta existe a medias en nuestro país. Sus supuestas pescas milagrosas, el secuestro de comerciantes y ganaderos, la extorsión en ciudades, incluyendo tiendas de barrio, el desprecio a los medios de comunicación, el alejamiento de las luchas sindicales y estudiantiles con criterios, los ataques a la izquierda democrática, el menosprecio a los citadinos, etc., llevaron a las Farc al alejamiento paulatino, que hoy es total, del sentir del colombiano trabajador y rebuscador.

En su confrontación con la clase media motivaron el surgir del monstruo de las siete cabezas que hoy el país en detalle ha entrado a conocer: El Paramilitarismo. Este monstruo, antes que confrontar a las Farc ha sido el protagonista de otra barbarie similar o peor que la susodicha guerrilla en contra del pueblo colombiano. Las Farc son también las generadoras indirectas de la parapolítica. Y también son las culpables de la satanización de las justas protestas populares. En boca del ex presidente Humberto de la Calle, son “la mejor excusa del sistema”.

Con dinero producto del narcotráfico, el secuestro y la extorsión, las Farc se envalentonaron ante el deseo de paz del país. Le jugaron a la doble a las negociaciones de Pastrana, ya que al tiempo que supuestamente negociaban, se armaban para la guerra final que en su ignorancia creían que iban a ganar, desconociendo ellos lo que representaba el Plan Colombia y la modernización de las Fuerzas Armadas impulsadas por el gobierno Pastrana y continuadas con ahínco por Álvaro Uribe, con fuerte apoyo de la inteligencia americana, israelí y de otros países.

Los errores de la prepotencia militar, la miopía propia de redentores inconsultos de un pueblo que en vez de defender humillaban, el secuestro de políticos sin peso alguno para el sistema, el creerse imbatibles, el considerar que contaban con un supuesto apoyo internacional, el menosprecio a la capacidad organizativa de nuestras Fuerzas Armadas, terminaron por demostrar que las Farc no eran lo que decían ser.

Hoy, a las puertas de la derrota final de las Farc, caben varias preguntas: ¿Las aniquilamos o les damos espacio para el armisticio, o negociamos una salida decorosa para que no quede rencor, y por ende, ánimos de un nuevo resurgir guerrillero? Son respuestas que la sociedad en primera instancia debe dar, para darle legitimidad absoluta al Estado colombiano. Pero lo que también debe quedar claro, es que jamás se busque excusa alguna de terrorismo en las protestas populares; excusa que el sistema siempre ha encontrado en las Farc, hasta el punto que se piensa que no se le quiere acabar con tal de contar con motivos para el sistema.

Finalmente, ya es hora, tanto del Gobierno como de la oposición, e incluso, de los medios de comunicación, de desfarquizar la agenda de una Colombia hacia el futuro. Es cierto, la culebra está partida, pero viva, pero cortémosle la cabeza. Después vendrá el juicio de nuestra historia, que para bien o para mal, ya comenzó, aunque falta mucho por contar.

Alfredo de León. Barranquilla.

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