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Cathy Bekerman se negó a rendirse ante un dios que no es el suyo. Y no se trata de la divinidad judía ni de la católica, sino de aquella que la presionó –bajo la nada sutil intimidación de “páseme su renuncia”– para hacer algo que su conciencia no le permitía.
Estoy de acuerdo con Yamid Amat: el incidente nada tiene qué ver con la religión.
Esto es, simple y llanamente, ejercicio desmesurado de poder.
La muestra fehaciente de omnipotencia es que, tras las excusas de Amat (cuyo valor reconozco), Bekerman fue una simple anécdota. El foco de la noticia era el dios magnánimo que bajó la cabeza, un panorama tan claro como predecible del Olimpo criollo: deidades castigadoras de los medios de comunicación, histéricos consumados que en nombre del rating son temidos por sus subalternos, por las audiencias, por las fuentes… ¡y hasta por los mismos gerentes de las cadenas! (¿Cómo no adorar a las criaturas míticas que hacen explotar las cajas registradoras?).
Apabullante solidaridad de cuerpo.
El caso Bekerman-Amat, que parece felizmente resuelto, allana el camino para reflexionar sobre una pregunta más honda relacionada con el ejercicio del poder: ¿por qué en Estados Unidos #MeToo suscitó una reacción en cadena inmediata (aunque su fuerza haya menguado) y en Colombia no despega?
La denuncia de Claudia Morales abrió una puerta que pocas se han atrevido a cruzar. (El día de esa publicación, dos colegas me dijeron: “¡Esperá a que hablemos las de la televisión!”…).
La senadora Paloma Valencia denunció que su madre había sido acosada por un exprocurador general de la Nación. Acto seguido, la periodista Claudia Julieta Duque dijo que ella padeció una experiencia similar con el exfiscal general, Alfonso Gómez Méndez. Desde las Alturas, el noble dios se manifestó ante los mortales: “Por ella [Claudia Julieta Duque] solo tengo respeto y la considero una valiente periodista”. Amén.
Duque no fue la única (una fuente de primera mano me dice que le sucedió lo mismo con ese personaje).
El silencio de las víctimas es inviolable, cada quien es dueño de sus miedos. No sería justo filar contra el paredón a las “mujeres visibles” para que “confiesen” pecados ajenos. Además, el pavor no es uno solo. Temores profundos al poder inexorable (que destrocen mi carrera, por lo que me he matado toda la vida), a perder la fuente de ingresos, a que se asuma que nuestras acciones fueron un acto de obediencia, a la alteración de los valores propios. Asusta el ostracismo. Pero también hay miedos frívolos, individualistas: perder la fama, portadas de revistas, alfombras rojas, contratos millonarios. ¡Que se jodan las demás!
¿Me atrevo a comparar el acoso y abuso sexual con una petición de persignarse? ¡Sí! Es el poder que invade lo sagrado: el fuero interno. (No hay dios al que no le apasione qué pasa por el alma y entre las piernas de una mujer).
Cuando las divinidades tienen características humanas, yerran. Gracias al cielo, no todos los mortales le temen a equivocarse de dios.