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El ‘karoshi’ es un término que empezó a tener protagonismo hace unos años por un fenómeno que encendió las alarmas en Japón. Su traducción al español es “muerte por exceso de trabajo” y uno de los casos más sonados es el de Kenji Hamada, un hombre de 42 años que, como lo cubrieron los medios en su momento, tenía una rutina de hasta 15 horas diarias de trabajo y cuatro extensas horas de traslados entre su casa y la oficina.
Un día sus compañeros lo encontraron recostado sobre su escritorio. Al principio pensaron que estaba dormido, lo cual era apenas normal debido a sus extenuantes jornadas. Pero al pasar las horas notaron que no se movía. Fue en ese momento cuando, al revisarlo, se dieron cuenta de que había muerto. La causa: un ataque cardíaco fulminante.
Aunque este caso parezca extremo y lejano, lo cierto es que su raíz, el exceso de trabajo, es una realidad que viene ganando protagonismo en nuestro lado del mundo. Cifras del Global Wellness Institute detallan que 76 % de los trabajadores reporta niveles moderados y altos de estrés laboral, mientras que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) informa que 15 % de las enfermedades laborales están asociadas a trastornos mentales.
La situación es tan preocupante que Juan Carlos Ramírez, presidente de la Federación Colombiana de Gestión Humana (ACRIP) no duda en señalar que “estamos ante una pandemia silenciosa que afecta la competitividad del país”.
Se trata de un fenómeno que, aunque está presente en gran parte de los trabajadores, pocas personas se atreven a mencionar por temor a ser juzgadas. Ese silencio lo ha convertido en el nuevo “elefante en la habitación” dentro de algunos entornos laborales.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) también reconoce este problema bajo el nombre de síndrome de burnout, o trabajador quemado. Aunque no se clasifica como una enfermedad, sí está incluido en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) como un fenómeno ocupacional.
Según la OMS, surge del estrés laboral crónico que no ha sido gestionado con éxito y se caracteriza por tres elementos: sensación de agotamiento o falta de energía, mayor distanciamiento mental o sentimientos de cinismo frente al trabajo, y una disminución en la eficacia profesional.
Este fenómeno también tiene un impacto económico. Según esta organización, cada año se pierden 12.000 millones de días laborales debido a la depresión y la ansiedad, lo que representa un costo aproximado de USD 1 billón de dólares en pérdida de productividad.
El cerebro no es una máquina
La neuropsicóloga Jéssica Arévalo señala que el estrés laboral crónico no se debe únicamente a estar ocupado. El problema surge cuando vivimos constantemente interrumpidos por las múltiples demandas de la vida moderna. En ese contexto, explica que cada cambio de tarea, con su consecuente desplazamiento de la atención, y cada urgencia que aparece durante el día representa un esfuerzo adicional para el cerebro, lo que puede terminar generando mayor desgaste mental.
En otras palabras, uno de los factores que puede desencadenar el burnout es intentar realizar múltiples tareas de forma simultánea o no establecer límites claros entre el trabajo y los espacios de descanso, la vida personal o la familia. Con frecuencia, detrás de este comportamiento hay una intención que parece positiva: ser más productivo.
Sin embargo, como señala Arévalo, gran parte de este fenómeno está relacionado con una cultura centrada en la productividad. En ella existe una constante comparación con los demás y el deseo de igualar o superar lo que otros logran. Esta competencia permanente puede convertirse en una dinámica poco saludable que, paradójicamente, termina reduciendo la productividad y aumentando el desgaste mental.
María José García, quien es docente de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia, lo reduce a un término simple: el cerebro no es una máquina.
“El cerebro es un órgano biológico que necesita de pausas para consolidar aprendizajes y mantener la atención. Cuanto más ignoramos el descanso, menos productivos y creativos somos. Descansar no es perder el tiempo, es darle a nuestra cabeza la oportunidad de reorganizar, limpiar y recomponer su energía”.
El uso excesivo de pantallas es otro elemento que agrava la situación. Arévalo señala que la luz de estos artefactos afecta el ritmo circadiano, que es el reloj biológico que le dice al cuerpo cuándo hay que dormir y cuándo hay que estar en vigilia.
Esa luz está relacionada con la liberación de cortisol, la hormona del estrés que, entre otros asuntos, ayuda a activar el organismo y a iniciar el día con energía. Sin embargo, sus niveles deberían disminuir al final de la tarde para permitir el descanso. Al mismo tiempo, el cuerpo produce melatonina, la hormona del sueño, que se activa en la oscuridad e indica al organismo que es momento de dormir.
Aunque la recomendación es dormir entre siete y nueve horas diarias, los expertos resaltan que la cantidad de horas no basta para un descanso reparador, ya que lo que se debe analizar es la calidad del sueño, que se puede afectar por interrupciones al dormir o intentar conciliar a deshoras.
¿Cómo prevenir el burnout?
Algo positivo es que, en el país, cada vez hay más conciencia sobre la necesidad de armonizar mejor la vida laboral del trabajador con la personal o familiar. Mucho de esto, según algunos analistas, se reflejó en la reforma laboral, con artículos relacionados al teletrabajo, entornos de trabajo flexibles y licencias remuneradas para asistir a citas médicas o a actividades académicas, en condición de acudiente.
La jornada laboral también se ha reducido, pasando de 48 horas a la semana a 42, que es la que comenzará a regir a partir del 15 de julio de 2026. Este cambio nacional se inscribe en una tendencia hacia la reducción de la jornada gracias a nuevas visiones sobre qué es la productividad, pero también gracias a tecnologías que permiten ahorrar tiempo o eliminar labores redundantes.
De fondo, se trata de entender que la productividad va mucho más allá de, solamente, periodos de disponibilidad. Esa es una concepción que, para este punto, no podría considerarse moderna, si se quiere. Es una tensión entre el trabajo y el reconocimiento de los alcances de eso que ahora llamamos vida personal, un término que bien podría sonar exótico en los albores de la revolución industrial, pero que hoy define íntimamente la experiencia humana.
En la vía de reconocer este tipo de escenarios, en el país está la llamada Ley de Desconexión Laboral, la cual busca que los trabajadores tengan derecho a no responder llamadas, mensajes o correos de trabajo fuera de su jornada laboral, para proteger su tiempo de descanso.
Estas leyes establecen un marco que protege a los trabajadores. Bien. Sin embargo, los expertos señalan que aún es necesario que los empleadores implementen más acciones para promover un verdadero bienestar laboral.
Desde Compensar, por ejemplo, recomiendan promover espacios laborales donde las personas puedan expresar sus emociones sin temor, difundir los programas de bienestar y apoyo psicológico, respetar los tiempos de descanso y la desconexión digital, ofrecer herramientas de autocuidado y capacitar a los líderes para detectar a tiempo señales de alerta y acompañar a sus equipos con empatía.
Para Michael Page, la empresa consultora de recursos humanos, las tres medidas más efectivas para prevenir este fenómeno son: gestionar adecuadamente la carga de trabajo, estableciendo prioridades claras, distribución equilibrada de tareas y tiempos razonables para cumplir objetivos; fomentar la flexibilidad y el equilibrio vida–trabajo, permitiendo modelos híbridos claros, horarios sostenibles y espacios reales de desconexión y fortalecer el reconocimiento y el liderazgo empático.
La importancia de un buen liderazgo
Carolina Angarita, CEO de la comunidad de liderazgo y crecimiento personal para líderes empresariales Lit Club, señala que diversos estudios han encontrado que hasta 70 % del clima organizacional puede depender del estado psicológico de quien lidera.
En esto coincide Betzabel García, quien es docente experta de la BIU University, al señalar que parte de lo que se busca en un rol de liderazgo es que modele comportamientos saludables, como evitar mensajes fuera del horario laboral, promover reuniones sin pantallas cuando sea posible, y capacitar a los equipos en herramientas de gestión del tiempo como la ‘técnica Pomodoro´, que recomiendan pausas activas cada 20 minutos para evitar la fatiga cognitiva.
“Empresas como Volkswagen en Alemania ya limitan los correos fuera del horario de trabajo; mientras que, en América Latina, según cifras de LinkedIn 2025, un 63 % de los empleados reportan sentirse más productivos cuando se les permite desconexión digital en momentos estratégicos del día”, asegura.
Andrés Delgado, senior executive manager de Michael Page, resalta que el rol del líder es clave en manifestar el reconocimiento del esfuerzo y logros del trabajador. Estudios adelantados por esa firma han encontrado que entre 26 % y 44 % de los trabajadores dice que no se siente reconocido en su trabajo, lo que se traduce en una de las principales causas de desgaste emocional, afectando, tanto su motivación como su vínculo con la organización.
No se trata de conformar un comité de aplausos para cada empleado, pero sí fortalecer el reconocimiento y el liderazgo empático. Es importante que las personas que están a cargo de trabajadores se aseguren que sus equipos se sienten valorados, escuchados y acompañados, especialmente en momentos de alta presión.
La salud laboral desde el liderazgo, por denominarla de una forma, es un factor decisivo a la hora de evitar que los empleados se inmolen en el altar del trabajo: al final de cuentas, por más leyes y marco regulatorio, buena parte de lo que sucede al interior de una organización está atado al factor humano.
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