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Escenario uno, Petro gana. Lo primero es decir que no hay el más mínimo riesgo de que venezolanice el país porque no tiene el carisma ni la chequera de Chávez; porque Colombia es un país godo y clasista; porque Petro no tendrá el apoyo de las fuerzas militares ni el control del Congreso ni de las altas cortes ni podrá cerrar los medios como quien cierra cantinas ni encarcelar a los líderes de la oposición ni nombrar alcaldes paralelos ni inventarse un Congreso de la Decencia, por el estilo de la actual Asamblea Nacional de Venezuela. Es más fácil que Trump se torne poeta que Petro dictador omnímodo (aunque ganas no le faltan).
Petro le pondrá imaginación y equidad al ejercicio del poder en temas tan claves como los servicios públicos y las energías limpias, y millones de desposeídos se sentirán al fin representados.
Hasta aquí lo bueno. Los puntos malos son: ya demostró que es un pésimo ejecutivo. Oíremos durante cuatro años expresiones como “todos y todas”, y el ocho de agosto empezará a decapitar a sus alfiles. O antes. Ya descabezó a Carlos Caicedo para nombrar a Ángela Robledo como fórmula a la Vicepresidencia (fue una decisión inteligente, pero, ¿había que tomarla a espaldas de Caicedo?)
Petro está desinformado en temas elementales: recién ayer se dio cuenta de que el régimen venezolano es catastrófico. Otro punto en contra es la formidable oposición que enfrentaría. Si Santos, un señor de las entrañas del establecimiento y con bancada fuerte, tuvo que luchar a brazo partido para sacar adelante un sueño nacional, el fin de las Farc, ¿cuántos brazos deberá partirse Petro para ejecutar sus generosos y caros programas sociales?
Escenario dos, gana Duque. No está mal. Estuvimos a punto de que el candidato del CD hubiera sido el santón Ordóñez o la locuaz Marta Lucía, esa señora que habla sin comas. Con Duque en el poder, cesará la enfermiza oposición de Uribe. Duque puede fungir incluso de derechista moderado, y suena casi creíble. Es el único de la baraja que puede dictar una conferencia sobre economía naranja. Hay dos piezas de su campaña (la del balón y la carta a su hija) que son preciosas.
Pero las inconsistencias son varias y gruesas. La más incómoda será explicar por qué su padre, Iván Duque Escobar, denunció a Uribe por las licencias que les entregó a reconocidos narcotraficantes cuando fue director de la Aerocivil. O si es verdad que tuvo la discreción de ir al baño cuando Duda Mendonça le ofreció millón y medio de dólares, cortesía de Odebrecht, a Óscar Iván Zuluaga en Brasil.
¡Lo peor será gobernar con la sombra de un fantasma vivo! En privado, Uribe le hará la vida imposible y en público muchos le recordarán el prontuario de su mentor, las investigaciones que le cursan en las cortes y los graves sucesos de esa larga noche, 2002-2010: las pésimas relaciones internacionales, las chuzadas a magistrados y periodistas, sus alergias a las ONG y los medios, el auge de la parapolítica, su desprecio por la Constitución y sus torpedos contra el alma de la democracia, la separación de poderes.
Confío en que Vargas erosione el caudal electoral de Duque y que se concrete una alianza entre Fajardo y De la Calle. En la probidad, el equilibrio y la experiencia de ambos, en la capacidad de ejecución del primero y la filosofía política del segundo reside la única esperanza de que el país corrija el rumbo. No es imposible. Nada está escrito. Las elecciones de mayo mostrarán un cuadro muy diferente al del 11-M porque las maquinarias quedaron exhaustas. Ahora juega la opinión. Ruego al cielo que acertemos.