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ATÓNITA QUEDÉ DESPUÉS DE LEER las razones que dos jerarcas de la Iglesia Católica adujeron el pasado miércoles para que el aborto sea penalizado con cadena perpetua: “de esta manera se rechazaría de plano lo dicho por la corte Constitucional, donde se abre la puerta al aborto” y “Es incongruente que se hable de cadena perpetua para los violadores y asesinos de niños, si se aprueba el aborto en ciertos casos, como lo autorizó la Corte Constitucional”.
Partamos de que el Estado colombiano es laico y la mencionada corte, el máximo organismo legislativo que nos dimos mediante la Constitución Nacional del 91 a través de una Asamblea de constituyentes, con total representatividad de nosotros, los colombianos, ciudadanos de derecho. No puede una institución religiosa permitirse cuestionar y, mucho menos, pretender derogar mediante referendo prestado la ley. Porque no otra cosa es la propuesta de pegarse al referendo Protejamos Nuestros Niños que, en buena hora, va por excelente camino. Además de que jurídicamente se considera que hay vida cuando el neonato puede respirar por sí mismo, no pueden tenerse en cuenta las consideraciones morales de un credo religioso como pauta para incluir tan espinoso tema dentro de un referendo ya en marcha.
En primera instancia hay que establecer que abortar es una de las decisiones más espantosas de tomar y que tiene graves secuelas sicológicas gracias a la actitud condenatoria y los juicios tan duros que tienen que soportar quienes se lo hacen, comenzando en el seno familiar y terminando hasta en el laboral, si trasciende la información. Ninguna mujer desea embarazarse para poder darse el gustazo de abortar, no. Tampoco es placentera ni regocijante la toma de esa decisión aun cuando se produce dentro del marco legal constitucional. No hablemos de lo que sufren las que tienen que hacerlo por motivos considerados ilegales, al tener que acudir a centros de dudosa asepsia cuando no a practicantes de bárbaros métodos. Aclaro que nuestra sociedad es tan hipócrita que existen verdaderas Clínicas, con mayúscula, donde se puede recibir atención personalizada, científica y con la más moderna tecnología, pero sólo están al alcance de los estratos cinco a ocho. Y es hipócrita porque muchos de quienes apoyan la posición eclesial han acudido a estos centros en busca de ayuda para la esposa (ya tienen demasiados hijos), la hermana, la hija o la cuñada, porque no está casada y no quiere asumir sola esa responsabilidad; el hombre, portador de la vida en el sexo, generalmente no existe para la decisión, porque nada los pone en estampida como un embarazo no deseado.
El aborto es un derecho de todas las mujeres y es una decisión que sólo a nosotras concierne: es nuestra vida la que está en peligro y también nuestro derecho a vivir de acuerdo con nuestros principios y sueños, porque embarazarse es un hecho biológico deseado o indeseado, que no puede esgrimirse en contra del libre desarrollo de la personalidad y de los derechos sexuales y reproductivos nuestros, tan válidos como los demás derechos humanos.