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Estaba acostada en la camilla de un hospital de Medellín. Por la ventana entraba una luz lánguida de invierno. Una luz estéril. La puerta de la habitación se abrió y entraron dos mujeres: médica y enfermera. Adelante iba la primera: ojos azules, mejillas rosadas, cabello rubio recogido en una coleta. Ambas preguntaron mi nombre con un crujido unísono. Luego la enfermera salió.
Patricia, neumóloga de 30 años, se quedó mirándome. “¿Tenés miedo?”, me preguntó. Y yo le dije que no. Le dije que no porque creo que el miedo es un sentimiento personal e intransferible. Que lo padece únicamente quien lo siente, su ponzoña, su efectividad y su poder para dejarnos a la deriva: no en la punta del abismo —que es el único vértigo que fundamenta la vida—, sino suspendidos en el aire. Le dije que no y ella no me creyó. ¿Qué vio en mi cara para no creerme? ¿Qué vio en mi rostro, escondido tras una careta de plástico verde, para adivinar que sí, que en ese momento yo me sentía como un cordero y a ella la sentía como el cazador? ¿Que yo vi su ojo al principio de la mira?
Sacó del bolsillo de la bata su iPod. Desenredó la maraña de audífonos y me puso uno a cada lado. Presionó play. Se fue del cuarto.
Al principio parecía el sonido del mar: el devenir de las olas, el silbido del viento. “Look at the stars, look at the shine for you”, sonó después. Sentí una opresión en el pecho, una opresión que no parecía afectar ningún órgano, pero era algo asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo. Coldplay, desde el primer día —tumbada en la camilla de un hospital aplastada por el miedo—, hizo lo que no ha logrado nunca nadie, ni hombre ni mujer, ni frío ni calor, ni mar ni libro ni poeta: hacerme completamente valiente. Bestial.
Algunas cosas —libros, poemas, canciones, conversaciones— tienen ese poder: convertir el miedo en una máquina contra todo desastre. Durante mis primeras visitas al hospital escuchaba Safety, el primer EP que la banda británica grabó en 1998. Bigger Stronger, No More Keeping my Feet on the Ground y Such a Rush, temas incluidos en él, se convirtieron en objeto de culto para sus seguidores. Patricia, mi médica, había comprado una de las 500 copias. La tenía atrapada en una caja de vidrio, como se esconden los secretos más profundos: a la vista de todos.
Me contó una historia común entre los grupos musicales: que uno, Chris Martin, se conoció con el otro, Jon Buckland, en la universidad y fueron un dúo. Luego encontraron a otro, Guy Berryman, un bajista, y fueron un trío. Llegó el último, Will Champion, el baterista, y fueron una banda. La historia seguía igual de común, de llana: predecible. “Fue difícil grabar nuestro primer álbum. En Londres hay centenares de bandas tocando gratis en los bares”, dijo Chris Martin en una entrevista hace años. “Éramos solo unos amigos de universidad intentando hacer música”.
No me propuse buscar la discografía por mi cuenta: sabía que Patricia, en nuestra cita mensual, me diría cosas importantes. Fierce Panda, una disquera independiente, se interesó en Safety y en 1999 editó otros dos EP: Brothers and Sisters y The Blue Room. En el 2000 lanzaron su primer álbum de estudio: Parachutes. Yellow —la primera canción que escuché de ellos— y Shiver los pusieron ese mismo año en las listas de música más importantes de Inglaterra.
Coldplay no es una banda de puntos medios: la amas o la odias. Los críticos la alaban o la destrozan. No tiene tonalidades grises. A eso se debe su éxito, a estar siempre en el extremo: ser geniales o fracasados, melancólicos o absurdamente cursis, coloridos y esperanzadores o perdidos y oscuros. Al extremo, sin hilo conductor.
En la tarima son lo que no deja ver el disco: vitales, fuego. La banda parece tener la seguridad de ser capaz de hacer algo mejor en cada disco, pero lo posterga, que a fin de cuentas es el arma más terrible y suicida. Y sin embargo, continúa, sobrevive llenando estadios.
Patricia y yo dejamos de vernos dos años después. El último día me regaló Viva la Vida, el álbum que lanzaron en 2008. Me dijo: “No importa Coldplay, importa lo que nos hace sentir y en lo que nos convierte cuando la escuchamos”.
Con Coldplay entendí que lo que uno quiere de verdad es lo que está hecho para uno. Entonces hay que tomarlo, o intentar ser bestiales o valientes o héroes por tenerlo: en eso se te puede ir la vida, pero es una vida mucho mejor.