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Claro se tiene en esta campaña que las diferencias atendibles no caben en el tradicional esquema derecha izquierda. Estoy de acuerdo. Por eso esta columna ha empleado los términos conservadurismo y progresismo.
Son conservaduristas, en mi opinión, quienes asumen la postura de retroceder o quedarse quietos frente a materias como los acuerdos de paz, la reforma política, el combate a la corrupción, los derechos sociales, la economía productiva, el cuidado de la naturaleza, la secularización en asuntos de sexo y familia.
Son progresistas quienes en tales materias asumen la postura de avanzar ampliando libertades y garantías, haciendo que el Estado de derecho, laico, cumpla cada vez más y mejor con los fines sociales que le son propios según la Constitución vigente.
Para sus propósitos los conservaduristas pregonan que necesitan menos Estado y los progresistas que necesitan un Estado con mayor capacidad de intervención para corregir las enormes, salvajes, distorsiones producidas por el mercado desregulado del neoliberalismo. Pero nadie piensa desconocer la propiedad privada, la libertad de empresa, o volver a un estatismo asfixiante.
Claro, estas posturas solo aparecen cuando se quita el barniz de los discursos y cuando se supera el lenguaje descalificador tan en boga. Qué buen servicio prestarían al país en esta coyuntura medios y redes más tranquilos, más analíticos, más equitativos en oportunidades para todas las vertientes de opinión y candidaturas. Superar situaciones de posverdad debería ser un empeño general.
Observado lo anterior, lo que cabe decir es que en el conservadurismo hay fuerzas definidas como las que rodean a Iván Duque o Germán Vargas y en el progresismo también hay fuerzas definidas como las que rodean a Sergio Fajardo, Gustavo Petro y Humberto de la Calle. Otras fuerzas partidarias – Partido de la U y Conservadores – tienen pendiente su definición ante las candidaturas en escena.
El liberalismo no puede sustraerse a participar en el conjunto plural que quiere echar el país adelante en concordia, transparencia, justicia social y ambiental. Centro político y alternativos concuerdan en esta visión de país deseable y posible. Por ello gran error sería que los alternativos no tengan en cuenta al liberalismo o que éste reduzca su apertura al movimiento de Fajardo y no quiera relacionarse con el de Petro. Ninguno de los tres triunfa solo, ni es suficiente el eventual entendimiento de dos ellos: De la Calle y Fajardo, Fajardo y Petro.
Afinidades y divergencias en el campo conservadurista están bastante claras, también parecen estarlo en el campo progresista. Sin embargo, fácil que ocurra lo que le escuché a un líder conservador en reciente programa radial: “La derecha prefiere compartir el poder a perderlo, la izquierda prefiere perderlo a unirse”. Se ve en conservaduristas y progresistas en la actual coyuntura.
En función de fortalecer las posibilidades de victoria alternativa es necesario encontrarse y dialogar como lo están pidiendo de manera creciente miles de voces en todas las regiones del país. Los objetivos de un gran pacto de gobierno entre progresistas están bastante avanzados en su identificación, subsisten dos aspectos que es necesario dilucidar explícitamente.
El primero: persistir en el objetivo de sacar la violencia de la política, pero al mismo tiempo asegurar el trámite democrático de la conflictividad social y el juego de pluralidad sin riesgo para nadie; segundo: asumir como protagonista de los cambios un movimiento ciudadano, social y popular, las etnias y sus territorios, garantizando su movilización y participación.
Iván Duque y Germán Vargas se unirían si fuere necesario, sus aproximaciones son bien conocidas ¿No sienten todavía De la Calle, Fajardo y Petro que su unión es necesaria?