Al uribismo no se le apareció la virgen sino Petro

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Gustavo Petro es el último capítulo en esa zaga de terror que escribe Álvaro Uribe desde hace 16 años, con más éxito que Harry Potter. Me explico: el expresidente es un habilísimo creador de “cocos” con los cuales asustarnos, llenarnos de miedo y movilizarnos hacia su causa. Eso no es excepcional en ninguna parte, pero sí lo es que, por quién sabe qué mefistofélicas artes, esos “demonios” terminan trabajando para los propósitos de él.

Así pasó con las Farc hace 16 años, cuando tercamente y a pesar de un proceso de paz (el de Pastrana) la guerrilla se burló y abusó tanto que le dio la presidencia a un ex gobernador que ni siquiera estaba en la fila de los presidenciables. Así fue hace cinco años, cuando en pleno proceso de paz (el de Santos) seguían poniendo bombazos y diciendo que “quizás, quizás, quizás” le pedirían perdón a las víctimas. Y entonces, el señor Zuluaga (el elegido de Uribe esa vez) ganó la primera vuelta presidencial en 2014 y casi se lleva la segunda.

También ocurrió hace tres años cuando, aunque estaba advertido, ese “castrochavista” y “traidor” llamado Juan Manuel Santos insistió en hacer un referendo y le puso la paz en bandeja a su enemigo. Y la paz perdió y luego quedó bastante abollada porque, de hacerse realidad los acuerdos, el país iba rumbo a una “venezolanización” segura, y de ñapa se iba a llenar de maricas.

Ahora, con las Farc desarmadas, más mansitas de lo que esperábamos, más cumplidoras y serias de lo que creíamos, la ultraderecha arriesgaba con quedarse sin “coco”. Pero se les apareció, no la virgen, sino Gustavo Petro, quien el domingo pasado, día de elecciones y consultas internas, reconfirmó que es todo un fenómeno político, uno inédito en este país. Sí, fueron dos millones ochocientos mil votos a su nombre, más otros seiscientos de su contendor, que podrían endosársele en buena medida. Bastante, pero no tanto como los 4 millones de Iván Duque (el elegido de Uribe esta vez) y los casi 6 de esa otra consulta.

Pero, además de dar vida a demonios para asustar y de ponerlos a su servicio, como el doctor Fausto, el caudillo del Centro Democrático tiene un tercer don, casi mágico, y es hacernos creer que todos los votos de las causas que lidera son de él, e inclusive que medio país hoy es suyo. Eso quedó clarísimo cuando capitalizó toda la votación contra la paz, que era una mezcla compleja de uribistas idolátricos, más otros doctrinarios (neoliberales, terratenientes, paisas godos) pero también una masa grande de colombianos que odiaba a Santos y otra más que detestaba y temía a las Farc, y unos cristianos contra la ideología de género.

El domingo reconfirmé una teoría personal: en Colombia hay más uribismo que Uribe, y eso debería llamar un poco a la esperanza de que no es imbatible ni intocable. Me explico: ese día, el expresidente consiguió 870 mil votos para sí mismo; esos son los uribistas idolátricos. Su partido llegó a los dos millones y medio, y ese es el uribismo doctrinal (“Él” representa sus intereses y el statu quo de unos privilegios que no quieren ceder). Pero, Iván Duque obtuvo cuatro millones. En ese millón y medio de diferencia están los que no son uribistas pero le compran el cuento del miedo aunque el precio sea hacerse los de la vista gorda ante la turbiedad que siempre lo rodea.

Es probable que el uribismo no crezca más, pero esos potenciales “miedosos” sí.

Ahora bien, si el uribismo en sus distintas gradaciones es una realidad, también lo es que existe un antiuribismo masivo, militante, activo. Y esos siempre votaremos en bloque. En contra. El problema es que hoy ese antiuribismo está fragmentado en tres fuerzas, las que respaldaron con convicción los acuerdos de paz.

Gustavo Petro debería ser consciente de todo esto: de esa doble condición perversa de ser el nuevo “coco” de la ultraderecha, y de que si sus votos siguen creciendo de modo aritmético, los de Duque (o los de Vargas, todo un acertijo) crecerán de modo geométrico. Como crece el miedo. Hay que dejar de asustar.

No voy a caer en la ingenuidad de decirle que se haga a un lado; que ya logró algo formidable para hacerlo crecer con paciencia, y madurar sin riesgos de tanta estigmatización ni de servir al juego de los enemigos; que hay otros aspirantes más difíciles de ser transmutados en demonios por la taumaturgia uribista. Ingenuo decírselo a alguien con casi 3 millones de votos, autócrata y con fibra de Mesías.

Tal vez lo que sí se le puede pedir es que haga más mesurado el discurso; que no se victimice; que no deslegitime más las instituciones, en la misma estrategia del expresidente, de anticipar fraudes o dejar la sensación de que la Fiscalía miente cuando dice que no hubo atentado en Cúcuta. Que lance señales clarísimas sobre cuánto le repugna Maduro y que su propuesta económica no incluye poner en tela de juicio el derecho a la propiedad.

Señor Petro, ya que es inconcebible que usted decline por una opción quizá con menos votos pero también menos resistencias, entonces allane el terreno para que las adhesiones parezcan una feliz reacción a su movida hacia el centro.

Lo que está en juego es el formidable chance de torcer ese destino de que aquí los presidentes siempre los ponen las oligarquías y los caciques, y sobre todo evitar que Uribe regrese al poder para no irse en quién sabe cuántos años.

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