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Sur y norte en Bogotá

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El desenlace de su editorial dominical sitúa, en el lugar procedente, el gran debate de Bogotá en estos tiempos: el centro neurálgico, el gran teatro de la armonía ciudadana está en el “espacio” que, en efecto, “tiene mucho que ver con la construcción de equidad”.

En Bogotá se verifica hoy lo que señaló el sociólogo francés Alain Touraine, en su Crítica de la modernidad (1992): “Mientras una parte de la población mayoritaria en el norte y minoritaria en el sur, vive en un universo técnico y económico, otra parte minoritaria en el norte y mayoritaria en el sur vive en busca de una identidad defensiva”.

Por supuesto Touraine hablaba del mundo entero, pero curiosamente nuestra ciudad recrea la geopolítica mundial, a manera de pequeña gran arca de Noé de lo que pasa en el Globo. No obstante, esa “reflexión territorial de largo aliento que permita pensar en una Bogotá que sabe hacia dónde se dirige”, según anota el editorial, es algo que debe librarse en el espacio físico y en el simbólico, brindando a cada habitante del distrito capital la posibilidad de contribuir a producir y transformar la ciudad en la que quiere vivir, en lugar de simplemente consumir el modelo (o la moda) que se le antoje a la administración de turno.

Todas las instituciones que activan la vida metropolitana pueden contribuir a forjar cultura ciudadana. Las universidades aportarán espacio a sus estudiantes, cuando los animan a cuestionar, criticar y discutir el orden establecido (consultándoles y sopesando sus opiniones, por ejemplo, sobre las prioridades en nuevas construcciones y ampliaciones de las plantas físicas); las grandes empresas que obtienen millones del trabajo de miles de humildes podrían sensibilizar a sus cuadros ejecutivos organizando una que otra de innumerables convenciones en lugares del sur de la ciudad; incluso los periódicos como El Espectador —esclarecido en su capacidad de anticipación a las trabas del mañana— aportarían más espacio a la ciudadanía, primero distribuyendo gratuitamente cada cierto tiempo algunos ejemplares en sitios inusuales y a personas que usualmente no se encuentran con la gran prensa, y segundo al proporcionar dentro de sus páginas, a los lectores que la representan, mayor amplitud para manifestar sus apreciaciones (obsérvese que muchos grandes diarios nacionales en su intento de albergar pluralidad de opiniones en sus secciones del lector acabaron por registrar una multiplicidad de breves superficialidades, limitando a unas pocas frases lo que el ciudadano del común puede replicar o proponer).

Los colegios mismos pueden contribuir a cerrar el boquete entre norte y sur si se generan programas que vinculen cada cierto tiempo, rotando aulas e instalaciones a gente de diferentes estratos (¿permitirían eso los padres de familia?)… Todo debe tener eco arquitectónico e ingenieril.

De todos modos y parafraseando de nuevo a Touraine —quien mucho se ha esforzado por mantener una cosmovisión completa del mundo contemporáneo— la principal brecha política, en el conjunto de Bogotá, no es la que opone a propietarios norteños y a proletarios sureños, sino la fisura que separa la defensa de la identidad y el deseo de comunicación de ambas partes.

 Alfredo Gutiérrez Borrero. Bogotá.

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