Imágenes del apocalipsis

Santiago Gamboa
16 de marzo de 2018 – 09:00 p. m.

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Tras el alud electoral del fin de semana pasado, hay motivos de reflexión que nos llevan a interrogar nuestra democracia. Y, casi, el sentido de la vida en nuestro triste trópico. En primer lugar, debemos aceptar que la vieja política sigue ahí: votos comprados, paramilitarismo, narcos. La candidata Aída Merlano tenía una máquina contadora de billetes en la sede de su campaña electoral. Qué gran símbolo democrático. ¿Para qué otra cosa puede servir esa máquina? Ella negará que era para comprar votos. O el caso de Rodrigo Lara, quien discute en directo con Claudia Palacios y niega lo que toda Colombia sabe: que Cambio Radical pactó con delincuentes y corruptos para obtener apoyo. Es increíble que sea justamente el hijo de Rodrigo Lara Bonilla quien le esté dando una justificación silenciosa a toda esa escoria. ¡Y la defiende como válida! Los tiempos han cambiado, definitivamente.

Por fortuna algo de lo peorcito se quemó en la puerta del horno. Dicen los de la droguería del barrio de José Obdulio que los pedidos de Caladryl Crema para su casa se dispararon desde los resultados del domingo. Y no es para menos. ¡Se quemó entero! Debe ser muy triste perder los $30 millones mensuales del sueldo de senador pagados por los contribuyentes, ay, qué dolor. Y todo lo demás: los carros blindados, los pasajes aéreos por esa dadivosa ventanilla del Congreso que los manda siempre en clase ejecutiva, el pasaporte oficial que evita hacer incómodas filas al llegar a un país. Y ese gesto de arrogancia, de dueño de la gran finca. ¿Qué hará Uribe sin el Rasputín de La Ceja sentado a su lado para darle alguna justificación o argumento extraídos de su libro de citas, 10.000 citas célebres? Tendrá que desempolvar e improvisar, allá en Antioquia, a algún intelectual uribista. ¿Quiénes son los intelectuales uribistas de este país? Es una gran pregunta. Se reciben hojas de vida.

La estrategia es asustar a los electores con la Venezuela de Maduro, y como antídoto nos prometen la vieja Colombia de siempre. Esa Colombia que ya nadie quiere excepto ellos, porque es el ecosistema perfecto en el que sus branquias respiran sin esfuerzo, sin importarles ese tufillo agrio que proviene de las cloacas de un país que una mayoría de colombianos quiere cambiar, pero que ellos defienden con las uñas. Por eso su jefe de debate seguirá siendo Maduro. ¿Qué sería de nuestra derecha si el vecino fuera Uruguay? Pero no, es esto lo que somos: el país en el que las madres de Soacha obtienen poquísimos votos y, en cambio, el expresidente que se burló de su dolor es el más votado. Y ahora su hermano sale de la cárcel a esperar el juicio en su cómoda hacienda. ¡Qué nación tan decente la nuestra! El hogar de Uribe y Vargas Lleras, de Pastrana y Duque. Y todo indica que van a ganar.

Y el hombre común, el trabajador honrado, el que paga sus impuestos y cumple, ¿qué será de él? Tendrá que seguir esperando, con estoicismo, un anhelado e improbable cambio. Algunos, gente humilde, venderán su voto a los corruptos. Otros, increíblemente, los apoyarán por miedo. Miedo a que los expropien, incluso cuando no tienen nada. ¿Por qué? Porque en esta historia infantil, los tres cerditos votan por el lobo y lo defienden.

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