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Las elecciones del pasado domingo dejaron un sabor agridulce. Entre los aspectos positivos, es importante resaltar que fueron las menos violentas de las últimas décadas, lo cual es atribuible a la dejación de armas por parte de las Farc, así a muchos les cueste reconocerlo. Como seguramente les costará aceptar que, contrario a sus estridentes discursos, los Acuerdos de Paz no se firmaron para entregarle el país a la guerrilla. Y que, a pesar de todo, los ciudadanos eligieron a un buen número de congresistas que no van a permitir que éstos se hagan trizas.
De otra parte, los resultados se conocieron con prontitud y no ha habido cuestionamientos significativos sobre los mismos, con excepción de lo sucedido con los tarjetones de las consultas interpartidistas. Si bien este hecho no pasó a mayores por la contundente diferencia de votos obtenidos por los ganadores, no puede considerarse un incidente menor. Es claro que la Registraduría se equivocó en la distribución de los tarjetones y que la solución adoptada deja muchas dudas sobre su eficacia y cuestionamientos legales. Por ejemplo, el uso de fotocopias que no cumplen los requisitos establecidos por la ley y la Constitución para la papelería electoral. Pero, además, la decisión no fue consultada con la Sala Plena del CNE, lo que indica, por decir lo menos, descoordinación entre estas dos instancias responsables de las garantías y transparencia electorales.
En cuanto a la conformación del Congreso, es muy positivo que haya aumentado la presencia de partidos minoritarios que pueden convertirse en una voz que les haga contrapeso a las tradicionales mayorías y romper el discurso de la polarización. Esto, por supuesto, va acompañado de la elección de caras nuevas y jóvenes, entre ellas varias mujeres, con una trayectoria incuestionable, y de la reelección de congresistas con experiencia y una buena trayectoria parlamentaria.
Esto contrasta con la baja representación de las mujeres en el Congreso: 23 en el Senado y 18 en la Cámara. Esto es vergonzoso y demuestra que la equidad de género sigue siendo una quimera.
Lo feo fue la elección de alrededor de 40 congresistas cuestionados o con vínculos con políticos condenados o que están siendo investigados por diversos delitos. Esto no solamente genera dudas éticas sobre los partidos que les dieron el aval, sino sobre las motivaciones de los ciudadanos que los siguen eligiendo, a pesar de la abundante información que circuló en diversos medios sobre estos candidatos.
Quedan por resolver otros interrogantes. ¿Por qué el software que se utiliza para los procesos de preconteo, escrutinio y digitalización de actas es contratado con empresas privadas, que en últimas son las dueñas de la información? ¿Y por qué, contrariando estándares internacionales, el software de escrutinio y consolidación de los resultados no ha sido debida ni oportunamente auditado, poniendo en riesgo la seguridad y la transparencia de las elecciones? Y una pregunta final: ¿a quién le rinden cuentas el registrador y los magistrados del CNE?