Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Más que otra queja, este artículo es una bitácora del ruido cotidiano. Si la OMS dice que recomienda usar tapones al someterse a sonidos por encima de los 85 decibeles (dB), y los expertos saben que la exposición a la estridencia causa enfermedades, cambios de personalidad y reacciones violentas, el asunto es ya es de salud pública. Hago un resumen del transcurso auditivo de una semana:
Vivo en una ciudad tropical, bulliciosa como todas, y trabajo en la casa en un conjunto residencial de clase media.
Aquí los martes amanecen con el pito escandaloso (75dB) de las alarmas de las cerraduras electrónicas en el parqueadero. A veces algún vecino ya ha licuado (88dB) su batido mañanero hacia las cinco. Ya vendrá la aspiradora (90dB), pero, a eso de las 6:45, emerge del cercanísimo baño de mi vecina joven el berrido del secador de pelo (100dB). Luego una calma chicha hasta que a las ocho llegan los toderos de Nohrita que está remodelando: braman los taladros (110 dB) y chillan las cortadoras de baldosa (120dB). Hay un silencio estable al mediodía y el fárrago comienza otra vez de 2:00 a 5:00. Los canarios del parque anuncian un halcón.
El miércoles, cada 15 días, me escapo a la biblioteca para escampar fumigadora a motor de explosión (100dB) pues, además de ruidosa, expulsa sus vapores venenosos y hay que buscar guarida hasta las cinco. Soporto bien el fragor de la ciudad (90dB) porque voy decidido a no enervarme. A las seis, ya de regreso, hay novela en el televisor de al lado, pero la escucha alguien comedido y logro amortiguar esas tragedias de 80dB con Beethoven que era, sabiamente, sordo. Hay silencio hasta que comienza la rutina de despechos musicales del vecino de arriba a eso de las 9:00 p.m., pero es medio vinilo de un ruido triste casi inofensivo.
El jueves, con excepción del motor de la nueva sopladora de hojas secas (100dB) del conjunto, que erradicó el sonido de las hojas al barrerse, nada cambia, pero a las 9:30 de la noche, cuando mi ciclo circadiano pide catre y ya el sueño me acaricia las pestañas, ruge el Halcón, el helicóptero tipo filme gringo de la Policía provocando con sus decibeles “permitidos” una perturbación que empolla insomnio. ¡Mañana en el refugio compenso mis desvelos!
Este viernes me aguanto sin problema pues en la tarde estreno asilo campesino en el que pienso pasar muy apacibles fines de semana, incluyendo el lunes. Ya estoy aquí y el jardín es una dicha. Pero al llegar la noche no calculé que los viernes y los sábados son de rumba obligatoria en las quintas de al lado adquiridas con mágicos dineros y hay equipos enormes (135dB) con bajos viscerales. Así que hasta el primer gallo aturdido de las 3:00 a.m. hubo alegría, y después un silencio campesino inolvidable hasta las 5:00 a.m., cuando en lugar de un gallo trasnochado me despierta la corneta de buque de la chiva mañanera que alerta a los posibles pasajeros veredales.
El domingo fue más sosegado, aunque hay que acostumbrarse a los perros ociosos que le aúllan a la sombra cuan larga sea la noche (hay más de cinco millones de perros en Colombia; garantizo que la mitad están en mi vereda) y a los noctámbulos motociclistas campesinos ebrios que hace años cambiaron su caballo por la moto.
El lunes, ¡bingo! Es lunes de guadaña (108dB). Conté en fincas vecinas al menos seis guadañas, obstinadas, todo el día. Cuando hice sumatoria de decibeles/hora, salí a comprar tapones; aún no tengo ahorros para un “Bose Noise Cancelling”.