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El científico Stephen Hawking manifestó la necesidad de que los seres humanos abandonen la Tierra, debido a que el aumento de la población y la creciente demanda de energía convertirán al planeta en una bola de fuego.
Aunque la conquista del espacio ha sido parte de las fantasías de los humanos desde hace varios siglos y representa el objetivo que ha dado vida a la era espacial iniciada hace algunas décadas, el llamado me parece espeluznante, porque significaría expandir por el universo la semilla de la destrucción que parece inherente a nuestra naturaleza, lo que paradójicamente está en la justificación que el científico esgrime para la sobrevivencia de la especie, como lo es la desaparición del hábitat de la Tierra como resultado de la acción humana. ¿Cuál es la idea? ¿Que una vez arrasado este planeta se busquen mundos nuevos para hacerles lo mismo?
. La vida como se percibe en la Tierra es depredadora y genocida. Pareciera que esa envoltura de piel, caparazón, membrana o cualquier otro límite que define la frontera material de cada individuo que ostente el título de ser vivo, racional o no, condicionara toda percepción de lo que está afuera y que hubiera una imposibilidad absoluta de entender la existencia de otros seres, bien sea de la misma especie o de otras.
En magníficos documentales que registran la vida salvaje y en general de todas las formas de vida se observa la competencia imperecedera entre especies, en la que unas viven a costa de otras. Pero es una lucha que no sólo enfrenta a diferentes especies, sino que también se da entre los individuos de una misma familia, donde sólo sobrevive el más fuerte. La evolución de la vida ha sido una carrera armamentista de perfeccionamiento de métodos de defensa y de ataque. Es inquietante que todo individuo, sin importar la especie, tenga como único propósito su propia existencia a toda costa y su prolongación en el tiempo a través de la generación de una copia de sí mismo y que desdeñe la vida de cualquier otro individuo. ¿Qué sentido tiene entonces la vida? Porque, a pesar de que se aprecia como natural lo que conocemos como cadena alimenticia, es notable que la víctima siempre hará todo lo imposible por evitar su fin y entregará la vida entre estertores y expresiones de pánico ante el asedio del depredador.
No es diferente lo que ocurre con la especie humana, pero potenciado por eso que llamamos inteligencia. Aunque se hayan definido sus individuos como seres sociales que requieren de la coexistencia para sobrevivir, la evidencia muestra que esta condición no elimina para nada la primacía del individuo sobre los demás. Los humanos se aglutinan en familias, comunidades, estados, naciones, bajo parámetros en la mayoría de los casos arbitrarios, que no alcanzan a consolidar una verdadera unidad, si se tiene en cuenta que en todos los niveles siempre se manifiestan fuerzas disolutivas donde al final la unidad real y visible es el individuo. Este ser vivo llamado humano, de manera alucinante, y creyendo que con esto alcanzará la eternidad, ha llegado a desatar fuerzas destructivas colosales, desestimando que pueden ser las causantes de su propia destrucción como especie y de todas las especies que lo acompañan>.
La física debería impedir que un acto fallido como la especie humana se expanda por el universo.
Los humanos deberíamos estar condenados a permanecer enclaustrados en este minúsculo planeta en un lugar oscuro del cosmos y que luego de su ciclo de surgimiento y autodestrucción no quede nada al final del tiempo que recuerde su existencia, salvo un pedazo de roca. Con toda seguridad su surgimiento y destrucción no afectará para nada la magnificencia del universo, ni debería afectar lo que las leyes de la materia tengan predestinadas para él. Sólo quedaría esperar que en algún otro rincón del vasto espacio, donde imperen tal vez otra clase de leyes en un ámbito que aún no conozcamos, sea posible la existencia de un modo de vida colaborativo que en verdad merezca su expansión, de estrella en estrella, de galaxia en galaxia, y comparta con el universo su destino.
César Mauricio Muñoz C.
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