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Despachos de Oriente: conmemorando los 17 años del terremoto de Armenia

Esta es la historia de una colombiana que viajó a Egipto días antes de la tragedia y regresó a su tierra para reencontrarse con los sobrevivientes.

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El bullicio de las desordenadas calles de El Cairo entra en la habitación. Los últimos rayos del sol mueren en los techos de las casas, en las macetas públicas, en la piel del enjambre humano. Mira por la ventana y siente el peso de la soledad: no conoce a nadie en miles de kilómetros a la redonda. Quien abandona su tierra natal no solo deja atrás a amigos, familiares, recuerdos: pierde, también, su lengua, la complicidad con los otros, los ritos comunes. A esta altura de la estadía ya cumplió con las ceremonias del turista occidental: visitar las pirámides, montarse a un camello, comprar los suvenires de rigor. Queda la espera. El hambre, el anhelo de una realidad distinta. No lo sabe, pero las puertas del cielo – las de un país próspero, del primer mundo– a veces se abren, a veces no.

Como lo había convenido en Colombia, al otro día, muy temprano, saldrá del hotel, caminará unas cuantas cuadras y se subirá al bus que al otro lado de la frontera la conducirá. No debe hablar con nadie. Ni llamar a su familia. Debe ser invisible: un grano de arena en el desierto. Ya tiene listos los papeles y ha repasado el libreto previsto de ser interrogada por alguien. Nada de dudas. Con la excusa de la pérdida de una maleta de mano en las entrañas del aeropuerto, pidió pasaporte nuevo en el consulado colombiano: el funcionario no hizo muchas preguntas; a lo mejor la costumbre de ver desfilar ante la ventanilla de su cubículo las ambiciones dibujadas en las sonrisas de sus compatriotas le impide ser excesivamente puntilloso. Todavía dos aviones no se han estrellado contra las torres del World Trade Center, faltan dos años: el mundo es menos riguroso con los protocolos, más confiado en su suerte.

Todo está listo. En el bolsillo interior del bolso de cuero negro que lleva a todas partes tiene bien resguardado el boleto y, dinero suficiente en la ajada cartera: tres mil dólares. Cifra irrisoria para los viajeros VIP; en su caso el patrimonio de una familia quindiana. Días antes, Fabián, un peruano que hace varias semanas intenta ingresar a Israel, le aconsejó distraerse un poco: las horas de espera dejan en su rostro el gesto del desespero. ¿Alcohol? Descartado: no ha sido amiga de libar. ¿Salir del hotel? Tampoco: no se concentra en nada. Enciende el televisor: las imágenes iluminan el camastro y los demás enseres. La noche del miércoles 27 de enero de 1999 amenaza con ser la más dilatada de su travesía. Una palabra familiar sale a relucir en el torrente de vocablos desconocidos: Armenia. Vuelve los ojos y ve una hilera de cadáveres y montañas de humeantes escombros. Con el dorso de la mano se limpia las lágrimas. Absorta, mira la pantalla los treinta segundos que dura el cubrimiento noticioso. Recuerda los consejos de sus padres y la tenue voz de su hijo. De un golpe llegan los sabores de las arepas calientes, de los sudaos –así, sin de–, el verdadero plato típico del Quindío; los olores de las trilladoras y la creencia común de vivir en una ciudad milagro, no importa si no hay trabajo, si el desempleo aprieta el cuello de los cuyabros. De repente, el municipio del esfuerzo y las chapoleras ya no es un lugar sólido. No, se dice y mueve la cabeza de un lado al otro, conjurando el presagio que germina. No. No cree que el único contacto con su país, las intermitentes llamadas de su hermana, le oculte semejante noticia. Además, rememora, en Europa hay un país de idéntico nombre. Al escuchar el toc-toc de la tragedia, prefiere que sea en la puerta de al lado.

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(Flashback)

Irene Guzmán abordó un avión en el aeropuerto El Edén el 14 de enero de 1999. Su destino, según consta en los desprendibles de los boletos: el aeropuerto Internacional David Ben Gurion. Al momento de pasar por la requisa de los policías aeroportuarios, uno de ellos, un joven de tez olivácea, enfundado en camisa azul claro y en pantalón oscuro, con una sonrisa reluciente y maneras prepotentes, rompió el hechizo al informarle que no era bienvenida a Israel. La condujo, suavemente asido de su brazo, hasta una oficina y la entregó a un oficial. Éste rotuló su pasaporte y la hizo abordar un avión que la llevó a Viena. Ocurrió en un parpadeo. Ella, ausente, se vio envuelta en un espiral de circunstancias que la condujeron a El Cairo. Casi nada conserva de su paso relámpago por distintas capitales europeas: los aeródromos son no-lugares, espacios sin identidad, pueden estar aquí o allá.

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Antes que el sol del 28 de enero asome por las dunas del desierto, un viejo autobús se dirige a la frontera egipcio- israelí a velocidad constante. El silencio que reina en los asientos, sólo interrumpido por un breve intercambio de impresiones, patenta la ansiedad de los pasajeros. Falta menos de una milla para llegar al garito donde espera la policía fronteriza. Inquieta, Irene mira por la ventana. A lo lejos una edificación sobresale en el monótono paisaje. Mira a su compañero de asiento. Las líneas de la frente delatan la creciente preocupación. Alcanza a ver a un oficial haciendo la señal de pare. Una nube de polvo que se levanta por el frenazo del automóvil disimula los impasibles ceños de los policías. Se apean del autobús. Revisan la documentación de cada pasajero. El peruano sonríe, nada extraño encuentran en su pasaporte. Se sube al autobús. Un policía le pide los papeles a Irene. Si no fuera más que imposible, diría que se trata del mismo joven del aeropuerto. La mira y con desgano le dice que lo acompañe. Camina hacía las oficinas, mientras oye el bramido del motor. El autobús se desdibuja a la distancia: tiene la consistencia de un sueño abandonado. Repite el mensaje: no es bienvenida a Israel. El portazo en las narices.

Después de recorrer el camino de vuelta en una camioneta atestada de barbudos árabes, algunos ataviados con largas batas, llega al hotel. A la hora, el repicar del teléfono corta el rosario de lamentos que desgrana. La voz de su hermana la trae a la realidad. Le dice que aborde un avión con rumbo a Jordania, que intente una vez más… pero, tiene una noticia para darle… alcanza a sentir el titubeo, los puntos suspensivos en una conversación siempre delatan que algo anda mal: su hermana no está segura que sea el momento adecuado. Terremoto en Armenia. Sigue llorando, no ha dejado de hacerlo. Pero esta vez no por ella ni por la desventura de regresar con las manos vacías, con una deuda enorme con su hermana; llora por su familia y amigos. Su hermana no tarda de darle consuelo: están ilesos. La estantería de sus ilusiones se viene abajo: ya no le interesa cuidar niños ricos, limpiar las casas de otro planeta, lavar los arrumes de loza, conservar relucientes los sanitarios. Quiere volver. No piensa en los millones invertidos, en lo difícil que se pondrá la vida, en los malestares de llegar con menos de lo justo al fin de mes.

A su regreso a Armenia, se encierra en casa de sus padres. La experiencia menguó sus reservas corporales y minó su salud. Tarda quince días en salir a caminar por la ciudad y ver la galería de atrocidades que dejó a su paso el terremoto. Da gracias a dios por cuidar a sus amados. Al mismo dios que no hizo lo mismo con los demás, con el cura Mejía, cuya madre murió víctima del golpe de una pared al caerle encima, de los dos futbolistas argentinos que esa tarde iban a fichar con el Deportes Quindío: Rubén Bihurriet y Diego Montenegro. En Armenia convergen las placas Nazca y Caribe: el roce de ambas produjo ese 25 de enero un sismo de 6,4 grados en la Escala de Richter. Murieron alrededor de 2.000 personas, muchas a raíz de la mala calidad de las viviendas.

Irene no lo sabe pero el impacto del sismo pudo reducirse si alguien le hubiese prestado atención al científico que casi un año antes señaló la proximidad de un evento de esta naturaleza. En el periódico local apenas referenciaron la noticia: le dedicaron el espacio de un hecho de menor importancia. Nadie escuchó a tiempo el llamado. Ya lo sabemos: la condena de Casandra.

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