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Los peligros de Netflix

Esta plataforma llevó a otro nivel el término ‘maratonear’. Sin embargo, es importante hacernos una pregunta: ¿somos fanáticos o adictos?

Por Redacción Cromos
31 de enero de 2018
Los peligros de Netflix

Por: Laura Galindo M.

“¿Disculpe, necesito saber si entendió lo que acabo de decirle?”, pregunta el médico a Walter White, con los resultados de sus exámenes aún en las manos. “Sí. Cáncer de pulmón. Inoperable”, responde White. Ajeno, ausente, distante. “Me queda claro, es solo que ahí, en la bata, usted tiene una mancha de mostaza”. Pocos días antes había cumplido cincuenta años y hasta ahora todo lo había hecho bien. Dictaba clases de química en el Instituto J.P Wynne de Albuquerque, era un esposo devoto y un padre ejemplar. Cumplía las reglas y vivía con la resignación de quien sabe de antemano que la felicidad siempre le será esquiva. Pero ahora, con la muerte encima, decide romperlo todo y convertirse poco a poco en uno de los traficantes de anfetaminas más poderosos de Estados Unidos.

Todo pasa en Breaking Bad, una serie creada por Vince Gilligan, para la cadena AMC, y protagonizada por Bryan Cranston. Son cinco temporadas y 62 capítulos en total. Para verlos, necesité cuatro noches completas. Comenzaba a las 7:00 p.m., después de cenar, y terminaba entre las 3:00 y las 4:00 de la mañana. Esa semana dormí poco, tres horas diarias, a lo sumo. “Me estoy viendo Breaking Bad”, le conté a uno de mis amigos. “Es muy buena –me contestó–. Yo la acabé en tres días”. 

No solo me pasó a mí. Un estudio encargado por Netflix, en el 2013, demostró que quienes ven series lo hacen en una sola sentada y necesitan máximo cinco días para terminar una temporada completa; es decir, ven entre dos y tres capítulos de 40 minutos cada noche. Según la revista Time, un suscriptor promedio pasa 10,5 horas a la semana viendo series. Eso, en principio, parece no ser mucho, pero si se tiene en cuenta que –según datos de la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos– la misma persona pasa 4,5 horas a la semana socializando con sus amigos y dos horas haciendo ejercicio, la cifra resulta escandalosa. 

“La gran revolución de plataformas como Netflix es que nos volvieron programadores de lo que consumimos”, dice el periodista y crítico de televisión Omar Rincón. Ya no hay que esperar a que los canales pongan en su parrilla lo que queremos ver. Nosotros lo elegimos y lo tenemos a un clic. Sin horas ni dosis establecidas. Esto, de alguna manera, libera a los programadores de cualquier responsabilidad ética con sus contenidos. No están promoviendo la violencia, estamos escogiendo verla. 

El reto ahora es atrapar al televidente y no dejar que se vaya. Seducirlo para que, terminado un capítulo, dé play en el siguiente y lo siga haciendo cuantas veces sea posible. Para lograrlo, los creadores hacen uso de varias herramientas. La más obvia de todas es valerse de un final abierto y en punta: Sherlock Holmes, aparentemente muerto al final de su segunda temporada, Walter White convirtiéndose en asesino por primera vez en el tercer episodio de Breaking Bad. Pero existen también otros recursos: un ritmo narrativo acelerado, con cambios bruscos en la imagen y lleno de acciones contundentes que no admiten distracciones sin perderse. Un director implacable y controlador que dispone cada escena minuciosamente y solo permite ver lo que él quiso mostrar. Las series son adictivas desde su propia concepción. 

Esta certeza se ha vuelto una preocupación constante en los debates de salud. En Ohio, un equipo de investigadores de la Universidad de Toledo, pidió a 406 personas que contabilizaran el tiempo que pasaban cada noche viendo televisión y luego describieran sus sensaciones. El 77% aceptó sentirse cansado y deprimido después de dos horas. Según ellos es un círculo vicioso: nos aferramos a Netflix y a sus maratones como salvavidas del cansancio, dedicamos tardes enteras a ver capítulo tras capítulo y, al terminar, nos sentimos ansiosos y más cansados aún. “Ver televisión es un hábito sedentario, trae problemas mentales y aumenta el riesgo de diabetes y la propensión a enfermedades cardiacas”, concluye Monika Karmarkar, de la Universidad de Toledo. 

Y hay más. Hay quienes aseguran que una maratón de Netflix es solo una evasión fallida del aburrimiento, un reposo facilista, un tiempo muerto. Incluso, una forma incorrecta de ver televisión. Atragantarse con desenfreno en un único envión que no se discute luego, en un atoro que pasa derecho y pierde valor. “Quien habla de una forma correcta de ver series es porque no las ha visto nunca”, dice Omar Rincón. Uno de los grandes logros del capitalismo fue acabar con los momentos de ocio. Les puso precio a las horas y limitó el mundo en horarios. Existe un tiempo para trabajar, para hacer ejercicio, para estar en familia, incluso existe un tiempo mínimo para dormir. Pero para el ocio y el placer en realidad no existen reglas. “Hacerlo es juzgar una moral desde otra moral diferente, como si pudiera existir una moral absoluta”, dice Rincón. 

Ahora bien, cualquier exceso es malo y cualquier cosa que genere dependencia resulta tóxica. Quien consume series de Netflix en forma compulsiva se sabe adicto cuando pierde la voluntad necesaria para detenerse. Y es ese el verdadero riesgo. El equilibrio no se mide en tiempo ni en reflexiones posteriores. Quien pasa tres horas en un foro de fanáticos luego de haberse devorado Breaking Bad en dos días, no es mejor consumidor que quien tardó un mes y nunca lo compartió con nadie. El equilibrio, entonces, está en poder apagar el computador. 

Fotos: iStock.

Redacción Cromos

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