Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El Centro Democrático, esa casa política sin libertades, esclavizada por la voz autoritaria de un caudillo impedido para la retoma del poder, tiene ahora un nuevo rostro maquillado entre las nuevas canteras: Iván Duque, otro delfín de la política interna usado ahora por las huestes de los ultras para refrescar la oscuridad. No puede hablar más allá de los libretos diseñados por las directivas psicóticas del partido, no puede improvisar ideológicamente en sus discursos con la naturaleza de su juventud, no puede traicionar los dogmas impuestos por el canon. Aun en las pautas del prime time, no puede salir solo a defenderse; debe estar allí también su patrón, el ventrílocuo eterno coordinando sus movimientos exactos, sus gestos milimétricos, su tono de varón solemne. Las coreografías pensadas para las últimas semanas preelectorales no tienen error; las manos lentamente dirigidas del flanco derecho al corazón, y el lema divino musitado con los rostros serios de la gravedad de un juramento: mano firme y corazón grande.
Iván Duque no es él, y aunque lo sabe, resiste. Sabe que ese es el destino mientras viva el jefe incuestionable y el partido persista bajo el peso de su nombre. Y lo saben todos. Nadie puede chistar la palabra del señor que rugió con sus pistolas y batallones desbocados por todas las regiones donde respiraban sospechosos y culpables, donde parecían estar los últimos fantasmas de la Guerra Fría, donde estaba el olor de la traición. Quien cuestione la voz del supremo tendrá la pena del ostracismo y la vergüenza pública de los apátridas, al otro lado de la verdad donde vive el terrorismo con sus filas progresistas y sus medios peligrosamente independientes.
La campaña, supervisada siempre por él, orquestada siempre por sus mismas muletillas dominantes y cuidadosamente lineadas sobre sus mapas de guerra, empieza ahora a llamar los respaldos de figuras representativas de los departamentos estratégicos: Luis Alfredo Ramos, alfil del viejo conservatismo antioqueño, exgobernador y cerebro de la alianza Alas Equipo Colombia, entra a rodear al candidato Duque con su estela de burócratas y franquicias que le entregarán un aumento considerable en intenciones de voto. Sus expedientes por parapolítica aún siguen abiertos, pero, como ya es sabido y público entre el lugar común de los delitos del uribismo, no es una razón para negarlo. Toda investigación contra todo militante del partido será considerada una conspiración desde las altas órdenes del comunismo internacional, y toda acusación, venga de las altas cortes o de un juzgado común, será considerada una grave calumnia contra la pureza de sus símbolos.
Duque tiene en su costado la historia trágica de los otros rostros usados por el partido durante la búsqueda del fin sagrado del poder: cayeron estrepitosamente y sus carreras políticas finalizaron bajo el mismo olvido de sus partidarios. La casa de los títeres tiene en su rincón de rostros muertos los nombres de Andrés Felipe Arias y Óscar Iván Zuluaga rezagados para siempre. El destino de Iván Duque seguirá peligrando entre su anulación, aunque sea elegido, y su deshonra. Un rostro más lanzado al basurero de esta corriente política de esclavos.