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La noche en que Aura González dio a luz a Hugo Candelario en Guapi, un incendio arrasó el pueblo. El gestor cultural y marimbista —el menor de nueve hermanos— tuvo una infancia hecha a golpes: “Me quebraba los brazos, las piernas, me rompía la cabeza, me enterraba clavos, una vez casi me ahogo”. La música apareció por esos días. Su casa estaba frente al río, en ella había un almacén de artesanías que era paso obligatorio de cantaoras y comerciantes. Antes que músico, fue bailarín. A los 7 años entró al grupo de danzas del colegio, pero siempre faltaba un músico, entonces hacía percusión. Atando cabos, dice, el camino empezó por ahí.
Su formación fue empírica, pero también académica: en 1987 empezó a estudiar música en Bellas Artes. Allí tuvo contacto con el jazz, la salsa y la música clásica. Aun así, prefiere —siempre lo ha hecho— la sencillez de los sonidos del Pacífico. Hoy, de 48 años, Candelario es considerado uno de los grandes folcloristas de esa zona del país.
El músico eligió Cali para crear Bahía, un grupo que ha recorrido Europa y Latinoamérica. Para él, Cali perdió un terreno cultural importante a causa del narcotráfico; sin embargo, el principio de sus manifestaciones artísticas permanece. La marimba, para Hugo Candelario, es un arma para entender el ego: “la esencia de esta música es cero vanidad. Yo creo en Dios y esta música es una cosa vital: se murió alguien, se toca; nació alguien, se toca. Esto es visceral”.
“Yo creo en la espiritualidad de la música”, dice. Su búsqueda es encontrar esa espiritualidad. Para hacerlo se distancia de luces, tarimas y micrófonos: los elementos del espectáculo que le quitan entraña a la música. “Yo creo en la magia del sonido acuoso, del agua ligado a la selva, la lluvia. Trato —y creo— de ser lo más leal a ese sentimiento”.