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A diecisiete kilómetros de Medellín se encuentra el corregimiento de Santa Elena. Allí, entre colinas y bosques, se encuentra la vereda El Cerro, un lugar que ha escenario de la historia de María Felisa Mosquera, la mujer que hace más de 15 años entregó su vida a más de 35 niños que por el desplazamiento, el maltrato y el rechazo de sus padres han sido acogidos en el Hogar Estudiantes de la Luz.
La historia de esta mujer data de finales de los 90. En su vocación de enfermera, María Felisa tuvo que presenciar las secuelas que dejó el terremoto de Armenia. A partir de ese momento volcó todos sus esfuerzos para participar en diferentes obras sociales, desde llevar agua de panela y pan a los habitantes de la calle en Antioquia , hasta proveer de botiquines los inquilinatos de los sectores más deprimidos de Medellín (Niquitao y Barrio Triste). María Felisa encontró una realidad más lamentable: niños que dormían en estos lugares, cerca de mamás que ejercían la prostitución, y que se veían expuestos a toda clase de abusos.
Con la mejor disposición los acogió y hoy es como una madre para ellos. “No es sólo dar nutrición sino una educación rica en valores humanos que les permita perdonar”, explica María Felisa al equipo de Titanes Caracol, concurso en el que ha sido nominada en la categoría Gestos de Paz.
“Tengo tres nietos aquí. Los tengo porque la mamá era drogadicta y se los llevaba a pedir”, dice una de las abuelas beneficiadas del hogar, que de vez en cuando visita a sus nietos para hacerles saber que aún cuentan con una familia. Muchos de los niños que llegan allí están de paso; en algunas ocasiones sus padres regresan por ellos, después de cuatro o cinco años. En otras ocasiones deciden terminar su etapa en el hogar y comenzar su adultez trabajando y estudiando. Mamá Felisa siempre estará presente en sus vidas. “Mi mamá es María Felisa. La quiero mucho, porque es muy cariñosa y porque a las mamás hay que quererlas mucho”, asegura uno de los niños beneficiados con esta labor.
Hay días en que la comida escasea y, como maná del cielo, llegan sin avisar ayudas con las que no contaba: una arroba de papá o un bulto de arroz siempre serán bienvenidos. Pero hay otros en que María Felisa debe llenarse de valor y salir a pedir donaciones, pues sabe que 35 bocas la están esperando en casa. “¿Cómo consigo los recursos? Por un milagro de Dios”.
Finalmente, con todas esas pruebas, lo difícil no es educar a estos pequeños, lo difícil es que otras personas quieran apoyarlos económicamente.