Alegría aldeana

Lorenzo Madrigal
25 de febrero de 2018 – 09:00 p. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

La polarización que se vive es peligrosa. Todos tememos que alguna chispa desate la ira que respira por debajo de los hechos electorales, ya en franco desarrollo.

En un pueblo-ciudad de la sabana, que en mi sueño ilusorio imagino como una aldea, me hallé con la muy poca gente que me queda, dando unos pasos posprandiales de mediodía y mientras recorría por los bordes la plaza mayor, un tumulto y una algarabía me dejaron en una repentina situación. Había alegría en los rostros, lo que disipaba temores y el inusitado despliegue de fuerza hablaba de la proximidad de un personaje en campaña y no de cualquiera.

Ya pueden imaginarse. Uribe son tres sílabas que no demandan explicación, ni elogios ni agravios. Es el que es, un poco como el eslogan de su candidato presidencial. Sorprende que un solo nombre compendie todo lo que innumerables políticos despliegan en oratorias manidas. Uribe es el apellido electoral más importante del momento y la sensibilidad periodística no puede ignorarlo.

Yo no lo conocía, aunque por la televisión uno prácticamente ve a las personas como son y como las envejece el ojo de la cámara, más avizor que el humano. Un día, cuando vivía en la ciudad, alguien me dijo: ¿no va usted a saludar al presidente?, le dije: “Es que yo no lo conozco”. Aunque tal vez lo había visto, ahora en lo que llamo “la aldea” lo repasé: blanco, la cara punteada en rojo, pequeño, manos que no se abren al saludar al público. Un sombrerito aguadeño que se caló fue inoportuno para mi visual, pues miraba de lejos.

Mi tema son las fisonomías. He gozado siempre la rara cercanía que he podido tener con figuras públicas. La visita de Ospina Pérez a mi colegio (en el calor de Medellín, con vestido de tres piezas y sombrero); la última votación de Laureano Gómez, cuando ya le protegían la cabeza para introducirlo en el vehículo; Barco, quien dio una rara vuelta para saludarme, atento y trastabillante, y no cuento más lo de Gaitán, que no se va de mi memoria de niño. Hace tiempos descubrí que los hombres (y las mujeres) somos todos iguales, con ese extraño adminículo que nos pusieron a los lados, las orejas.

Nunca vi a Guillermo León Valencia ni a Rojas, en su esplendor de cobres, pero me deslumbraron los zapatos viejos, lustrosos, de Lleras Camargo, y por mirarlos casi me pierdo de ver su gran cabeza fría y dentada. A Belisario y a Lleras Restrepo llegué a tenerlos en casa. Todos, les aseguro, seres humanos.

La algarabía de la que he llamado injustamente “aldea sabanera” me hizo soñar en unas elecciones que fueran fiesta de papelitos y correteo de jóvenes con celulares y no de odios y de guerra.

***

A Duque, ¿cómo así que “es el que es”?, vaya, fue Dios en la zarza ardiendo quien le respondió a Moisés: “Yo soy el que soy”.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido