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Yo estuve en… Pearl Jam

Los sobrevivientes del “grunge” tocaron en el parque Simón Bolívar, de Bogotá, el pasado 25 de noviembre.

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Pearl Jam suele perder en el estudio aquello que gana en vivo: profundidad, hundimiento, la fuerza de un mar que choca una y otra vez, con efervescencia, contra la costa. Ninguno de sus álbumes de estudio es digno de su actuación sobre un escenario; en realidad, parecen dos bandas distintas: una edulcorada por las tecnologías de grabación, que reducen a tintineo lo que debería ser un golpe de distorsión, y otra que se alimenta de una violencia juvenil que pervive en acordes a la deriva. Cuando Pearl Jam se adueñó de la tarima del Simón Bolívar, el 25 de noviembre, la audiencia atestiguó la sagrada diferencia entre la reclusión de un estudio y la entidad viva y movible que es un concierto.

Pearl Jam demostró sobre todo de qué debe estar hecha una banda. Tras 25 años de carrera, toda su formación es consciente de que si existe una ligazón con el público, si se lo toma como un amigo en un buen día de tragos y charla, el concierto irá por buen camino. Los seis de Pearl Jam —Eddie Vedder, Mike McReady, Stone Gossard, Jeff Ament, Matt Cameron y Kenneth Gaspar— se consagraron durante casi dos horas de concierto a acercarse a ese público saltón y expectante. Vedder habló en español en los intermedios —leía su libreto en una hoja blanca y simple—, McReady lanzó uñas de guitarra con cierta frecuencia, Ament jugó con las bolas gigantes que aparecieron a mitad de la presentación. El argumento era claro: los músicos se deben ante todo a su público.

Más allá de su cercanía con la multitud, Pearl Jam admiró a su audiencia por su registro, por la altura de su técnica, porque a pesar de tocar durante 25 años las mismas canciones, concierto tras concierto, expresaban cierto brío inicial, como si fuera su primera presentación. Pearl Jam fue la misma banda que se presentaba en Seattle a principios de los noventa: han vivido más, han pasado de la rabia a la reflexión, pero la semilla original pervive. En su tiempo en tarima fueron capaces de abarcar un umbral amplísimo del rock: pasaron de la franqueza de Do the evolution y Black a la pasividad de Wishlist y la tranquilidad de una serie acústica en la que Vedder, apto para los tonos desgarrados, la suavidad y la gravedad, reafirmó la fineza de su voz.

Es probable que ninguno de los grandes temas de Pearl Jam, los que los han afincado como la banda que sobrevivió al naufragio final del grunge, hubiera quedado por fuera del concierto. En cada uno de ellos recordaron, con la maestría que dan la experiencia y la insistencia, que crear música es un acto de sinceridad. En algún momento Vedder le recordó al público que la tarima temblaba a causa de sus saltos, de su movimiento trémulo e incesante. Los asistentes presenciaron también una suerte de temblor: el que producía su voz cuando llegaba a lo más bajo y robusto, a lo más rocoso de cada nota. En esos momentos no había más que quedarse en silencio, pues era el único modo de disfrutar la belleza.

* Periodista de El Espectador.

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