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Tenemos el fatuo convencimiento de que el andar en gavilla nos hace más fuertes, una especie de protección engañosa. De ahí que inconscientemente, aun si el terreno o territorio es grande, tenemos la costumbre de reunir nuestras fuerzas o actividades en miniterritorios donde pasa todo. Se come, se habla, se discute, en fin, toda la actividad de la ciudad se concentra en algo muy especial, con vida propia desde el amanecer hasta la caída del sol. Estoy hablando de la vida en Bolonia, en el norte de Italia. Desde que la conocí, marcó en mi línea del tiempo un antes y un después en la apreciación de esta parte de Italia.
Bolonia está llena de historia y tiene una arquitectura espectacular. Llegué con mi novia en un día placentero, con una pequeña brisa cálida, que invitaba a sentarse y meditar sobre el futuro. Un mesero de un café en la Plaza de la Señoría nos sirvió un prosecco que parecía dar realidad a lo que estábamos viviendo. Muy cerca, a pocos metros, estaba el corazón mágico de la ciudad: el “Cuadrilátero”, donde todo tenía lugar, todo existía. Es como una manzana llena de tienditas, puestos de verduras, venta de pescado, venta de quesos muy especiales, restauranticos y un popurrí de muchas otras cosas. Caminas por unas calles empedradas donde el italiano discute, ofrece sus productos y, lógicamente, habla sobre fútbol.
Me senté en un pequeño bar donde se veía el partido del momento. Es una clara sensación de entrega emocional. Los asistentes dan el alma por el equipo que siguen. Lo descrito es una muestra de la imposibilidad de escapar al sentimiento de la gavilla.
En los alrededores muy cercanos están unas torres, como fortalezas, que se volvían sitios de protección para las familias que allí vivían. Estamos hablando desde el siglo XI hasta la primera mitad del siglo XIII. Se trataba del sentimiento de protección contra los invasores que acostumbraban a llegar estas ciudades.
Están, entre otras, la torre del Arengo que se yergue 47 metros, la del Reloj, las pertenecientes a las familias Malavolti, Scappi, Lambertini, Guidozagni, Asinelli y otras, hasta contar por lo menos 12 que se pueden identificar fácilmente. De todas se tiene historia; por ejemplo, la de la familia Azzoguidi (61 metros) es la única que se mantiene perfectamente vertical; además se recuerda que a esa familia perteneció Baldasarre, el primer impresor de la ciudad. Los dueños de algunas de estas torres fueron gente prominente de Bolonia.
Lo descrito arriba es una muestra de la imposibilidad de escapar al sentimiento de la gavilla y evitar la soledad. Buscamos una solución y creamos unas formas de vivir parecidas o convertidas en nuestras querencias: como el toro en el ruedo que sabe que va a morir y busca por un momento un sitio que le dará paz.
El sentimiento positivo no es pensar en soluciones carentes de realidad, llenas de ambiciones pequeñas, sino en la búsqueda de la vida con calidad, en un mundo que se ha llenado de mandatarios con cabezas pequeñas y aspiraciones grandes que contribuyen a destrozar futuros.
En algún video de un científico se habla de la crisis que está en el corazón de esta era de la humanidad por la simple razón de que nos hemos dedicado a acabar con la casa, con la naturaleza, con el respeto por aquellos seres humanos menos favorecidos. Puesto de otra manera, la gavilla, como una manada de borregos, perdió su sentido de orientación.
Traje a colación Bolonia porque en su momento fue partícipe de una etapa de la humanidad anterior a ésta. El pensamiento encontró un terreno fértil para desarrollarse y sus diferentes aportes en lo científico, en la escritura, en la música, fueron parte de un crecimiento personal que enriqueció a esta bella ciudad.
El YouTube muestra algunos aspectos de lo que he mencionado aquí.
Que tenga un domingo amable.