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La ruina Se dice que el impresionismo liberó el arte de la academia. Que los pintores de esa tradición —Manet, Degas, Pissarro— aguzaron la mirada como nunca: pintaron lo que veían y no lo que sabían del espacio pictórico. Hoy se habla de ruptura estética, pero en 1874, en Francia, nacía un hijo bastardo del arte. Los impresionistas no dibujaban las catedrales ni los puentes ni los campos primaverales parisinos, sino los rayos del sol que bañaban los lugares. Ese fue el quiebre, y esa fue su condena: fueron ridiculizados por la prensa de la época por captar a pinceladas la luz y su momento. Los aires de extravagancia silbaban cuando apareció un personaje todavía más extravagante: Paul Durand-Ruel. El parísino (1833) tenía una idea extraña y costosa, compró pinturas impresionistas en bloque para luego montar exposiciones en solitario de cada autor. En su primera visita al atelier de Édouard Manet, se llevó todo lo que vio colgado: 21 cuadros por $35.000 francos. En esa senda, Durand-Ruel acumuló varios récords: llegó a tener más de 300 pinturas que no consiguieron cliente, una de ellas fue El ferrocarril (1873), de Manet, que demoró 20 años en pasar a otras manos. El marchante invertía poco en las obras, pero les pagaba a los autores salarios mensuales y también cubría sus deudas. Durante más de tres décadas, su trabajo fue un acto de filantropía que lo empujó al filo de la bancarrota. El impresionismo se convirtió en una nueva manera de etiquetar lo extravagante, un hermano recién nacido del kitsh alemán. La revancha El salvavidas de Durand-Ruel —y de los impresionistas— llegó en 1886. El parisino, quien había perdido a su mujer y tuvo que lidiar solo con sus cinco hijos, fue invitado a exhibir su colección en Nueva York. Mientras Europa sentía el desgaste de su economía, Estados Unidos vivía el esplendor del dólar. Las pinturas que llevó el marchante serían, más tarde, el nuevo arte de América. Dos años después de su arribo, abrió su primera galería permanente en la ciudad, así creó un mercado internacional para el impresionismo. No se trató de una tendencia atajada por los años: en 1905 se dio la exposición impresionista más grande de la historia: 360 pinturas. 11.000 cuadros pasaron por sus galerías y no paró de comprar arte hasta sus últimos días. Su cuaderno de inventario registra la última compra en 1921, un año antes de morir. “Sin Durand-Ruel hubiéramos muerto de hambre. Se lo debemos todo”, sentenció Manet sobre esa figura protectora. El marchante apenas distinguía entre su negocio y la vida personal, porque el arte que patrocinaba en público era el mismo que disfrutaba en privado. Como esa puerta de su piso de la Rue de Rome, decorada con motivos florales por el pincel de Monet. Su idea —reunir pintores e inventar galerías comerciales para darlos a conocer— contagió a los coleccionistas parisinos, los mismos que años atrás despotricaron de la ausencia de acción en los cuadros. “Mi locura acabó siendo mi sabiduría”, dijo Durand-Ruel meses antes de morir. Documental “Los impresionistas” La pieza se exhibirá en las salas de Cine Colombia de Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, Bucaramanga y Cartagena del 4 al 6 de diciembre. Basado en la reciente exposición de la Nation Gallery de Londres, presenta 80 pinturas reunidas con préstamos de colecciones públicas y privadas de Europa, Estados Unidos y Japón.