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La democracia al interior de los partidos políticos obliga a que sus orientadores no solo sean consecuentes con los principios fundamentales que los animan, sino a que respeten la voluntad mayoritaria de los militantes. Esto quiere decir que en esas formaciones políticas nadie se puede considerar dueño, ni “jefe natural”, ni único orientador, ni salvador, ni indispensable, ni mandamás. El apoyo de la mayoría interna proporciona claridad para todos, solidez y confiabilidad. Otra cosa es que las equivocaciones, al orientar o desautorizar, se paguen tarde o temprano.
Los compromisos de alianza con otros partidos son, por definición, objeto de controversia al interior de cada formación política. Aliarse por lo general implica ceder en cuanto a las posibilidades de llevar a cabo el proyecto propio. También significa asumir compromisos y adoptar elementos de un programa ajeno, entrar a jugar conforme a modalidades de toma de decisiones menos autónomas y, sobre todo, correr el riesgo de perder identidad y perder por lo tanto opciones futuras de convertirse en alternativa de poder.
La existencia de “acuerdos sobre lo fundamental” en países de democracia consolidada y bienestar generalizado, luego de arduas disputas entre partidos en otra época radicalmente diferenciados, ha venido a propiciar una especie de abolición de fronteras y la convergencia en torno a elementos comunes que facilitan pactos de gobernabilidad, o “matrimonios de conveniencia política” para formar gobiernos de coalición entre competidores tradicionalmente distantes. Así evitan la reiteración de concursos electorales que terminarían en “empate técnico” y permiten el adelanto de programas que le dan a cada quién la oportunidad de poner en práctica el menos una parte de su proyecto.
Los dos principales partidos políticos de la Alemania de la postguerra, incapaces de ganar por su cuenta una mayoría contundente en el parlamento, acordaron en 2013 formar un gobierno que terminó hace cuatro meses, sin que en las elecciones generales siguientes alguno de ellos, una vez más, pudiera conseguir por su cuenta mayoría de apoyo parlamentario. Razón por la cual otra vez terminaron por negociar en busca de proveer al país de un gobierno sólido y tranquilizador hacia propios y extraños.
Martin Schulz había dejado la presidencia del Parlamento Europeo para dirigir en esa campaña las huestes del Partido Socialdemócrata, SPD, en lo que se esperaba fuese el renacer de esa agrupación política como alternativa de poder, ante el desgaste y el aparente tiempo cumplido de Ángela Merkel al frente de la Democracia Cristiana. Para conseguir tal propósito debía realizar los mejores esfuerzos para volver a diferenciar su programa del que por varios años se desarrolló en alianza con la centro – derecha. Los resultados electorales fueron los peores para el SPD en toda su historia, y el veredicto electoral favoreció levemente a la Canciller Merkel. Triunfo precario de la derecha, pues no consiguió tampoco mayoría suficiente para gobernar por su cuenta, de manera que, en lugar de correr otra vez a las urnas, las dos grandes formaciones políticas terminaron por entrar negociar la nueva alianza.
Luego de varias semanas de dudas y esfuerzos, se anunció el logro de un acuerdo. La tarea de Schulz sería convencer a su militancia de la importancia y la utilidad del pacto. Dentro del acuerdo había logrado nada menos que el control de las carteras de economía y de relaciones exteriores. Para ello recorrió el país tratando de aclimatarlo y obtener una mayoría interna en favor del mismo. Pero el resultado le fue desfavorable. Los militantes, particularmente los jóvenes, no estuvieron de acuerdo con un nuevo gobierno de coalición con los competidores tradicionales. Temían el debilitamiento del partido y su eventual disolución, al no ser más que un apéndice de su rival, que seguiría presidiendo el gobierno. Además, adujeron, su partido dejaría de ser el principal obstáculo, con propuestas desde la izquierda democrática, al avance de la externa derecha que en las mismas elecciones generales se mostró como una amenaza verdadera para el curso tradicional de la democracia alemana contemporánea.
Los jóvenes socialdemócratas alemanes, abiertamente, desean que su partido mantenga la identidad que lo ha caracterizado, y el compromiso con las causas que siempre sostuvo, en lugar de fundirse precisamente con su contradictor histórico, el socialismo cristiano, de centro derecha, y borrar fronteras de ideas y conceptos cuya subsistencia puede seguir animando una sana competencia política. Conducta que preferiría sacrificar las “mieles” del ejercicio del gobierno en este momento, con todo lo que ello implica, a cambio de mantener su independencia, dentro de la fidelidad a unos ideales que consideran válidos como alternativa para el futuro.
Como consecuencia de la desautorización de ese importante segmento del Partido, Schulz se vio obligado a renunciar tanto a la jefatura de su partido, como a la posibilidad de ocupar la cartera de Relaciones Exteriores en un nuevo gabinete. Ahora el partido trata de dilucidar, en consulta interna por correo, la verdadera extensión del apoyo al gobierno de la nueva alianza. Pero el que perdió las elecciones se tuvo que ir, así hubiera conseguido una negociación aparentemente exitosa.
La lección alemana debería servir para que se entienda que la mejor forma de obrar en política no es la de buscar la opción de ganarse cualquier cuota de poder, en alianza con quien sea necesario. Que al interés público le sirven más aquellos partidos que tienen principios claros y luchan por ellos, en lugar de priorizar la obtención de cargos. Que los objetivos de los partidos no se deben cambiar a la carrera, para darles la forma que requiera cada nuevo recipiente. Y que la recurrente idea de la “unidad nacional”, bajo el lema que sea, debe ser mucho más que un llamado al reparto del poder, para que no exista oposición y los partidos terminen neutralizados, en lugar de participar en una competencia abierta y transparente.
En cuanto a Martin Schulz, que en su juventud fue librero y luego desarrolló una carrera política que le llevó desde concejal de Würselen hasta la presidencia del Parlamento Europeo y la puerta del gobierno federal, pueden los alemanes estar seguros de que, conforme a la tradición de una sociedad de buen grado de civilización política, no se dedicará ahora a obstaculizar ni a criticar por oficio a quienes lo derrotaron o no lo quisieron. Seguramente no tiene familiares cuya carrera política o cuya destinación a cargos públicos, dentro o fuera de Alemania, tenga interés en solicitar a sus amigos o a sus enemigos políticos. Sería extravagante e inaceptable que se auto considerara fundador de alguna dinastía y promotor de asonadas al interior de su partido; o que dedicara el resto de su vida a trinar como viudo de poder que no puede aceptar que, en la competencia por los cargos y las distinciones, unas veces se gana y otras se pierde. Y que, para acrecentar el valor del legado que se vaya a dejar, hay que saber retirarse a tiempo.