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Lisa, madre de dos hijos, no podía creer que por fin el día había llegado. Después de 12 años viviendo en una casa arrendada, el sueño de toda una vida se hacía realidad: tener su casa propia. “Me sentí realizada y orgullosa. Por fin tenía un pedazo del sueño americano entre mis manos”. Sin embargo, la vendedora de seguros de 47 años no sabía que tres años más tarde ese sueño se convertiría en su más grande pesadilla. El entierro de su casa propia.
Lisa nació en Monticello, un suburbio de clase media a las afueras de Nueva York. Allí creció con sus padres, Loran y Chris, una maestra y un agente de la oficina de correos oriundos de Baltimore, quienes hicieron de todo para que su única hija fuera a la universidad. “En esa época mi padre tenía que llevar dos trabajos para asegurar que pudiera asistir a la escuela, fue un sacrificio enorme por parte de todos”. Así, combinando el estudio con largas jornadas como mesera y vendedora de ropa, ayudo a pagar los 10 mil dólares anuales que costaba su educación. Después de muchos esfuerzos, Lisa se gradúo en 1987 como contadora.
Desde ese momento todo parecía sonreír para ella. Una firma de arquitectos en Manhattan le dio trabajo como asistente contable, cambiando por completo su vida. “Dejé el suburbio, y mi vieja casa la cambié por las grandes avenidas de Queens. No lo podía creer, estaba viviendo sola en Nueva York. Un sueño para cualquier chica de 23 años”. En ese entonces, su sueldo, aunque no era mucho, le alcanzaba para pagar el alquiler, la alimentación y dejar uno que otro dólar en el banco.
Todo era color de rosa. Aún más cuando en el verano del 89 conoció a Dan, un joven de descendencia inglesa que trabajaba como administrador de un restaurante familiar en inmediaciones al Aeropuerto de La Guardia. Meses después, la pareja se casó y se mudó en arriendo a una casa a las afueras de Brooklyn. No tardó mucho para que llegaran sus dos hijos, Anne y Mattie, el último con una grave enfermedad del corazón. “Nos iba muy bien en ese entonces a pesar de los problemas de salud de mi hijo, me ascendieron y la situación financiera de los dos era muy positiva”.
Desde entonces la obsesión de la familia Penack se convirtió en una sola: tener casa propia. Pero las cosas no salieron como esperaban. Cuatro años más tarde la firma de arquitectos en que trabajaba Lisa quebró y tuvo que cambiar de trabajo inesperadamente. “Fue imposible conseguir un empleo como el anterior, busqué durante tres meses hasta que la venta de seguros me dio la oportunidad de salir a flote”. Los gastos de sus dos hijos y el restaurante apenas sosteniéndose hacían postergar el anhelo de la casa.
Pasaron los años, doce para ser precisos, en los que los Penack vivieron en arriendo en una casa de dos habitaciones al este de Brooklyn, eso sí, con el cinturón bien apretado y sin soltar el acelerador en busca de su casa propia. “Hicimos cuentas y aplicamos para un préstamo, pero debido a nuestros ingresos tuvimos que acceder a un préstamo ‘no
preferencial’, es decir, con tasas de interés mucho más altas de lo normal. Era eso u olvidarnos de todo”. Para Lisa como para más de 65 millones de personas en Estados Unidos, este tipo de préstamos es la única opción para acceder a una casa propia.
Después de encontrar la casa soñada y de dejar los ahorros familiares de los últimos diez años como cuota inicial (116 mil dólares), los papeleos del banco pactaron un crédito por 200.000 dólares a 20 años y al 7 por ciento anual, ajustables cada tres. “Con los impuestos y el seguro, la cuota mensual era de 1.550 dólares. No había nada porqué preocuparnos”.
El día del trasteo llegó y la emoción era infinita. Sin atrasarse en ninguna cuota llegó febrero de 2006, cuando lo inesperado ocurrió. Lisa perdió su empleo y consigo el seguro médico familiar. Por su parte, el restaurante de su marido pasaba por el peor momento. Después de tres meses de haberse atrasado en las cuotas de la casa recibieron una notificación del banco. “De inmediato llamamos y pedimos un acuerdo de pagos. Lo aprobaron pero con unas tasas de interés mucho mayores. Los primeros cuatro meses lo logramos haciendo grandes esfuerzos, cortando gastos aquí y allá”. Pero aún sin encontrar un empleo acorde a sus gastos, y sin seguro médico, las medicinas de su hijo salían del bolsillo familiar a un ritmo de 1.300 dólares por mes. “Era la salud de mi hijo o las cuotas de la casa. No había opción”. Desde ese momento, todo se comenzó a derrumbar.
Después de seis meses sin empleo, Lisa terminó trabajando 45 horas a la semana por casi la mitad de lo que recibía un año atrás. La tarjeta de crédito familiar se dejó de pagar y el restaurante fue cerrado. “Fueron momentos muy duros, mi esposo tuvo que conseguir un trabajo por 7 dólares la hora. Hicimos todo lo posible, vendimos el carro, cortamos el celular, el cable y todos los gastos extras, sin embargo el banco y las facturas médicas no dejaban de apretar”. Así, a tan sólo tres años de haber acariciado el sueño de una casa propia, la familia Penack no veía otra opción que refinanciar su deuda por una cifra exorbitante o vender la casa y salvar lo poco que les quedaba.
Decidieron vender. Pero el panorama de la pareja era más oscuro aún, en la zona donde vivían casi unos diez inmuebles se estaban vendiendo por las mismas razones: evitar la ejecución hipotecaria. “Nos ofrecían un poco más de la mitad de lo que pagamos. No era viable”. Así pasaron seis meses entre angustias y resignación hasta que llegó el 21 de marzo de este año, cuando con dolor y lágrimas en el alma, Lisa y su familia tuvieron que entregar la propiedad al banco. “Fue el momento más oscuro de mi vida, es una tristeza que no le deseo a nadie”.
Además de haber perdido todos los ahorros, ahora Lisa tiene que pensar en cómo pagar los intereses pendientes. “Es horrible. Como sí me hubieran quitado el trabajo de toda una vida y lo hubieran botado a la basura. Habrá que empezar de cero como las miles de familias que están pasando por lo mismo”. Desde entonces los Penack viven temporalmente donde unos amigos que les tendieron la mano, a la espera de que la ayuda del gobierno y mejores tiempos les permitan volver a soñar.