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Los cobardes

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ME LO PREGUNTO DE VERDAD: ¿PAra dónde va esta Iglesia católica? Después de lo que hemos sabido recientemente, un amigo ex cura me decía: “Esto no puede seguir así”. Una frase vacía, claro: porque sí puede. Y por eso hay que seguir haciendo la pregunta.

Estoy pensando, como se imaginarán, en las últimas noticias de abusos sexuales que hemos recibido, donde el abusador es siempre un sacerdote católico y la víctima, un niño más o menos pequeño. Lo de Irlanda fue espeluznante, porque al mismo tiempo que la noticia —los veinticinco mil casos— nos fuimos enterando de los particulares. Y eso es lo que nunca pasa: el público ya se ha acostumbrado, con esa capacidad que tenemos para acostumbrarnos a todo, a palabras como pederastia, a expresiones como “abusos sexuales”, y todo el tema acaba por volverse abstracto. Hasta que llega, por ejemplo, un tipo como Mick Waters y habla de la habitación de los castigos que había en su colegio de curas: “Ahí dos o tres hermanos hacían lo que querían contigo, para satisfacer sus costumbres más sucias”, dice. El día en que le habló de los abusos a un sacerdote recién llegado, los otros le pegaron hasta dejarlo inconsciente. Y a los abusadores más graves, la Orden los cambiaba de lugar, para evitarles problemas.

Más o menos al mismo tiempo terminaba en Argentina el proceso contra el sacerdote católico Julio César Grassi: acabó condenado por un abuso, pero la justicia lo absolvió de los otros dos cargos, y ni siquiera ordenó su encarcelamiento inmediato. Así que el cura anduvo pavoneándose por varios programas de televisión, burlándose de la incompetencia de los jueces (y burlándose, de manera implícita, de las víctimas que no consiguieron probar que lo eran). En su blog, Marcelo Figueras tenía la esperanza de que la cosa quedara en esa “mostración egocéntrica por TV, en vez de traducirse en una nueva víctima de esas que apenas levantan un palmo del suelo”. El director de una de las mejores revistas colombianas me decía por estos días: “Lo que es yo, no dejo que mis hijos se acerquen a un cura”. Y yo siento mucho que el descrédito abarque a los sacerdotes inocentes, pero entiendo muy bien lo que me decía este hombre.

Probablemente no haya nada tan cobarde como aprovecharse de un niño. Pero no lo entiende así la Iglesia, que protege a los violadores y se burla de las víctimas, o que dice, como lo hizo un importante cura madrileño, que lo ocurrido en “unos cuantos colegios” no es comparable con el aborto, el verdadero crimen. Con lo cual la Iglesia se mantiene fiel a su tradición: defender al victimario y perseguir a la víctima. La mujer que salva su vida al abortar, o que no quiere tener el hijo de un violador, recibe toda la condena de los curas; el violador de un niño recibe un nuevo puesto, recibe camaradería, protección y silencio. Si a alguien le queda difícil entenderlo, basta con que se refiera a un editorial reciente en una revista del Arzobispado de Madrid: “Cuando se banaliza el sexo, se disocia de la procreación y se desvincula del matrimonio”, nos dice el editorialista, “deja de tener sentido la consideración de la violación como delito penal”. Ya lo ven ustedes: una mujer que se acueste por placer no tiene derecho a quejarse si luego alguien la viola.

No queda claro si tienen derecho los niños violados.

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