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Pues todo parece indicar que el próximo año, cuando se dispute en España la Copa del Rey que es una de las más antiguas del mundo (y también una de las más democráticas: participan como 80 equipos de varias divisiones; es un enigma que en ella, tan políticamente correcta, no haya equipos de América o de Filipinas), la van a poder jugar sólo equipos reaccionarios y franquistas, equipos de cristianos viejos que en vez de goles griten “¡Santiago cierra España!”.
Y todo porque en la edición de este año, ganada al Athletic de Bilbao por ese prodigio que fue el Barcelona, los políticos nacionalistas del País Vasco y de Cataluña, en un episodio más de su torpeza ancestral, les pidieron a los hinchas de ambos equipos que cuando sonara el himno de España, que por ahora (allá nunca se sabe) es la Marcha Real, lo chiflaran para protestar, en las narices del propio Rey, contra el Estado español: un Estado opresivo y fascista, según ellos, que lleva varios siglos de ocupación violenta de los territorios que en justicia les pertenecen sólo a los vascos o a los catalanes.
Total que sonó el himno, y la rechifla fue superada en su vulgaridad sólo por la burda y chapucera estrategia de la Televisión Española, que transmitía en directo, para censurarla. Fue como en los tiempos oscuros de la Guerra Civil, cuando hasta el fútbol, como todo lo demás, les servía a los bandos para agitar sus banderas y su sangre; o en los tiempos aún peores del franquismo, cuando los medios oficiales, mañosamente, pensaban que las tragedias dejan de serlo cuando no se las nombra.
Lo curioso de toda esta opereta, sin embargo, es que tiene por centro al Rey, quien desde que subió al trono ha sido, precisamente, un antídoto perfecto contra esos delirios que se encarnan por igual en la rechifla y la censura, delirios que durante dos siglos, o más, por poco acaban con España. Fue él, quiérase o no, el verdadero gestor de la democracia española, y sin su lucidez (esa virtud tan indigna de cualquier político), ni el franquismo se habría desmontado ni los catalanes, o los vascos o los gallegos o los canarios, podrían hoy chiflar en sus lenguas regionales. Quizás por eso, ante la andanada, don Juan Carlos se paró con tanta dignidad a sonreírle al respetable; con la mirada del deber cumplido.
España es una nación hecha de varias voces, como decía Américo Castro, pero nación al fin y al cabo; tan cristiana como mora. O que los triunfos del Barça lo celebren los hinchas del Espanyol, si tanto les molesta el Rey a los nacionalistas. O los del América de Cali: allá nunca se sabe.
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