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LOS DIARIOS HAN VUELTO A MOSTRAR estos días la famosa foto, una imagen captada por un camarógrafo extranjero desde un piso alto de su hotel veinte años atrás.
En YouTube, el punto que contiene todos los puntos, está el video: hay una fila india de tanques de guerra que avanzan por la avenida de 1.500 metros de ancho que rodea la vasta plaza de Tiananmen (se dice que allí cabe toda la población de Portugal) y de pronto un hombrecito se planta al frente del tanque que encabeza la fila. Es delgado, mide menos de 1,70, tiene una bolsa en cada mano, viste pantalón negro y lleva por dentro las faldas de su camisa blanca. El tanque se detiene, gira para no pisarlo con sus orugas de dos metros de alto, pero el hombre da unos brinquitos laterales en puntas de pies, abriendo y cerrando ágilmente el compás de sus piernas, y vuelve a ponerse en la línea de avance. De repente se encarama en el tanque, le dice algo al artillero que lo conduce, se baja y se pierde para siempre.
En cada aniversario de la masacre de la Plaza de Tiananmen, los diarios vuelven a publicar la foto y se repiten las mismas preguntas: quién era, qué se hizo, qué llevaba en las bolsas, qué le dijo al artillero, qué habría hecho si le hubieran tirado el tanque encima. Yo tengo las respuestas. Ojo y oído para que capten el sentido.
En las bolsas llevaba víveres. Pan. Leche. Hortalizas. Bombas definitivamente no. Como nadie ignora, las bombas se llevan en fajas ceñidas al abdomen, o en mochilas cargadas en la espalda, o en canguros terciados en bandolera. Un terrorista con bolsas es tan incongruente como un astronauta con canastos.
¿Quién era? Un buen hombre sin duda, bueno y gris, como el Wakefield de Nataniel Hawthorne, un chino más que salió esa mañana a hacer las compras que le encargó su mujer. Podría jurar que era un partidario del régimen, un admirador rendido de Mao y Den Xiao Ping, pero esa mañana vio algo que su corazón no pudo tragar: vio soldados chinos disparándoles a jóvenes chinos. Entonces entró en shock, caminó como un sonámbulo y cuando se encontró con los tanques se les paró al frente. Él no podía permitir eso; él se iba a encargar del asunto. Y se plantó allí, sin una idea muy clara de lo que iba a hacer. Se plantó para ganar tiempo mientras pensaba. Cuando el tanque giró, comprendió que adentro había un ser humano, un soldado de los buenos, de los que no pisaban ciudadanos chinos, y de un brinco saltó sobre el capó, gateó hasta la mirilla y le dijo al artillero: ¡Unos soldados han enloquecido, les están disparando a nuestros muchachos, tenemos que hacer algo! Ignoramos la respuesta del artillero. Sabemos, sí, que fue breve (el diálogo duró 15 segundos); y contundente, porque el gigante que contuvo la temible caravana volvió a ser súbitamente el señor del mandado, descendió del tanque y se perdió para siempre.
Se supone que, ya en privado y sin fotógrafos importunando, al hombrecito deben haberle pateado las bolas hasta reventarlo. Un funcionario del Partido dijo alguna vez que no, que estaba vivo y bien, y no dijo más.
Yo quiero creer que el hombre regresó a su casa, milagrosamente sano y salvo, pero no le contó nada a su mujer para no preocuparla. Ella casi no lo reconoce. Estaba muy cambiado. Su rostro, que era vulgar, ahora era extraordinario.
¿Por qué no hemos podido olvidar a ese hombre? Por las bolsas. Si hubiera llevado un morral a la espalda y un pasamontañas sobre el rostro, su gesto no nos habría conmovido tanto. Los profesionales no inspiran mucho respeto. La sospecha de que era un chino ortodoxo pero indignado por un espectáculo infame, que no posaba de héroe y no defendía una causa partidista sino meramente humana, es lo que lo ha hecho inolvidable.