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Al lado de las competencias de los Juegos Olímpicos de PyeongChang, que se desarrollan bajo el frío extremo del invierno coreano, tiene lugar, en los mismos escenarios, un proceso político de alta temperatura, ante la publicitada presencia de delegados de alto rango del gobierno norcoreano de Pyongyang.
A la manera de los juegos antiguos, cuando las ciudades helénicas suspendían hostilidades para competir en los campos apacibles de Olympía, bajo la premisa de la búsqueda de armonía entre el cuerpo y el espíritu, las competencias de nuestra era pueden ser propicias para que los más caracterizados contradictores políticos aprovechen cada oportunidad olímpica para el encuentro y el diálogo.
Después de todo, o mejor antes que todo, además de la competencia deportiva honesta, bajo reglas claras y comunes, el espíritu del olimpismo implica esencialmente un esfuerzo en favor del respeto, el entendimiento entre las naciones, y la paz. Por lo tanto no hay razón para que, al comenzar al Siglo XXI, cada ocasión de los juegos no sea oportunidad de volver a editar la antigua tradición de una “tregua olímpica” que permita no solo el desarrollo de las competencias, sino el encuentro, con el ánimo desarmado, entre contendores con diferente visión de la sociedad y del poder.
Los gestos amistosos de las dos Coreas, con motivo de los Juegos de Invierno, y con mayor razón en el contexto de la peligrosa escalada reciente de amenazas, ejercicios militares, alarde exhibicionista de poderío y ensayos de misiles, deben ser apreciados como un desarrollo positivo dentro del proceso de disputa que protagonizan los miembros, hoy divididos, de una misma nación histórica.
Aunque Corea del Sur esté prácticamente matriculada en Occidente, tiene más capacidad que los Estados Unidos para comprender a Corea del Norte. Separadas políticamente hace apenas siete décadas, hablan el mismo idioma y llevan siglos de historia común, atadas por los lazos de una cultura que contribuye a su identidad tanto como la geografía, la sangre y la historia.
Así, resulta comprensible que, entre hermanas separadas, y a pesar de las enormes diferencias del modelo contemporáneo de vida de cada una de ellas, en cualquier momento salgan, de lo profundo del alma de una u otra parte, deseos de encuentro y diálogo en su lengua común. Lengua que se rige por “códigos” muy distantes del idioma de los Estados Unidos, que actúan en la región en su condición, pasajera, de potencia mundial, y que pertenecen literalmente a una civilización diferente, mucho más joven y tal vez con menos capacidad para tomar parte en el encuentro sutil de una familia que no es la suya.
Los gestos de la ceremonia de inauguración de los Juegos de PyeongChang, así como los de los encuentros posteriores, han sido por sí mismos un espectáculo que demuestra, de manera sencilla, la facilidad de comunicación entre las dos Coreas, que les permite desarrollar un dialogo humano, amable, en el que las actitudes tienen un significado y las miradas pueden decir cosas en coreano que no serían fácilmente traducibles el inglés importado de los Estados Unidos, representados por un vicepresidente, antiguo Gobernador de Indiana, que por primera vez en la vida desfila, obligado, por el escenario internacional.
A la capacidad de convocatoria del deporte, y a su propósito esencial de suscitar la competencia, es inevitable sumar la fortaleza comunicativa de oportunidades como la de los Juegos Olímpicos, derivada de la atención y el cubrimiento de los medios de comunicación. Corea del Norte parece comprender muy bien todo esto y está dando muestras de su profundo interés en aprovechar la cita olímpica para hacerse notar por una inesperada voluntad de encuentro con su hermana, en lugar de llamar la atención exclusivamente con sus desfiles militares y sus amenazas vociferantes.
Solamente los coreanos, de uno y otro lado de la frontera, pueden saber, por lo dicho y lo callado, y por los gestos que pueden tener uno u otro significado dentro de su tradición, hasta qué punto han avanzado en la aproximación prometedora de un futuro menos tenso en la región. Los Estados Unidos quedan notificados de su condición de potencia extranjera, entrometida y un poco decadente, que no puede ver las cosas como los locales, a quienes interesa de verdad la posibilidad de su convivencia, por encima de consideraciones geopolíticas y de estrategias de control o dominio mundial.
Lo anterior es explicable pues no cabe duda de que la mirada del proceso coreano tiene desde Washington perspectiva, contenido e intenciones que provienen de la esencia de las consideraciones propias de uno de los grandes protagonistas de la Guerra Fría. Algo muy diferente de lo que pueden ser en este momento las motivaciones coreanas, del norte o del sur. El mundo ha cambiado suficientemente para que el juego regional se tenga que someter todavía a los cálculos y ambiciones de las grandes potencias de hace medio siglo. De manera que, sin perjuicio de sus afinidades o alianzas internacionales de nuestros días, es primero que todo a las dos Coreas a quienes corresponde e interesa definir los términos de su convivencia.
Pero tampoco sería sensato hacerse demasiadas ilusiones, pues, al menos en apariencia, el encuentro furtivo entre el presidente del sur y la hermana del gobernante vitalicio del norte, apenas pueden servir para acortar un poco distancias que siguen siendo muy grandes. No es previsible que, con el impulso de setenta años de ejercicio y control implacable del poder, la dinastía de la República Popular Socialista de Corea permita que el país se aparte en un futuro cercano del rumbo que le ha querido dar. Tampoco es presumible que la República de Corea abandone el proceso de desarrollo que, matriculado en el bloque occidental, le ha llevado a ocupar un puesto prominente como potencia económica y tecnológica en el mundo de hoy.
Los acercamientos de coyuntura de la cita olímpica pueden ser apenas un paso hacia la convivencia entre las dos Coreas, en condiciones de menos tensión. A los organizadores surcoreanos corresponde, además, en este momento, mantener las cosas en sus justas proporciones, pues no sería conveniente, ni se debe permitir, que la política llegara a eclipsar los juegos. En cambio, todos debemos celebrar que, una vez más, el espíritu olímpico favorece la búsqueda de armonía entre actores opuestos y sirve como lazo de fortalecimiento del respeto y la convivencia entre ellos, y entre civilizaciones, como corresponde al olimpismo, según su fundamento original.