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Ante las diferentes corrientes y movimientos que se están gestando en todo el mundo, sobre la negación de Dios, es muy conveniente que quienes tenemos la convicción de su existencia, nos pronunciemos desde los diferentes escenarios que ocupamos en las actividades de nuestra vida.
No podemos permitir que las personas que los encabezan y orientan se conviertan en factor desestabilizador dentro de la sociedad, controvirtiendo algo que no admite discusión en la conciencia misma del ser humano.
Es más difícil negar la existencia de Dios, que confirmarla; para llegar a esta conclusión, nada más acertado que tomar como referencia la obra maravillosa de su creación: El Universo, que es todo lo que nos rodea y que está regulado por el cerebro divino del Supremo Creador. Sin embargo, los ateos y escépticos dirán, que, no es más que una simple alucinación de todos los mortales. Quienes niegan la existencia de Dios, no se han dado cuenta que en todo ser humano existe la “Ley de la Potencialidad Pura” más comúnmente llamada la chispa de la vida, que simple y llanamente es la presencia de Dios en cada uno de nosotros. Si nos autoevaluamos y miramos hacia nuestro interior, descubrimos verdaderas maravillas que en todos los actos de la vida muchas veces pasan desapercibidas. ¿Cuántos seres humanos al atardecer de su existencia desarrollan con asombrosa capacidad determinada actividad que ha permanecido oculta en su interior? He aquí una de las causas de la ausencia del ser superior. Cerca de Él, tenemos mucho para recibir, para dar y para ofrecer a nuestros semejantes.
Las pruebas de la existencia de Dios, son tan infinitas que quienes piensan lo contrario, son seres que están perdidos en el universo y su existencia carece de proyecto de vida. No olvidemos que guiados por la mano del Supremo Creador, se realizan todos los actos positivos de nuestra vida. Él, es quién gerencia y regula todas las actividades por ínfimas que ellas sean. Cuando un proyecto de vida fracasa, es sencillamente porque no se hizo de conformidad a nuestros actos, postulados y convicciones de vida.
La existencia de Dios, no hay que probarla desde las diferentes religiones, que si bien, en su mayoría parten de un vital reconocimiento, entre unas y otras, existen variados puntos de vista por diferentes circunstancias. Su existencia, hay que mirarla desde el ángulo de nuestras propias convicciones y razonamientos que por abstractos que sean, siempre se llega a la verdad. Quienes hemos percibido la existencia de Dios, desde las orientaciones de la doctrina Social de la Iglesia Católica; estamos absolutamente convencidos que no vamos por el camino equivocado. Lo mismo dirán quienes abrazan otras religiones cuyos puntos de partida son una contradicción de base, pero, con fundamentos que si bien son equidistantes, se encuentran en la cúspide de las mismas convicciones.
Las huellas de Dios en el universo son tan irrefutables, que quienes se aventuran a negarlas carecen de toda argumentación y formación filosófica e ideológica. Por lo regular, son personas que desde su edad temprana no tuvieron formación moral adecuada y su vida se encuentra trasegando por los laberintos muchas veces del repudio y los resentimientos ocultos en las entrañas de su niñez y adolescencia. Las juventudes de hoy, que viven sumidas en diferentes conflictos sociales de: drogadicción y violencia, están ausentes de Dios.
Alguna vez escuché con mucha atención una conferencia dictada por un gran filósofo, pero sin ninguna trascendencia en los medios de comunicación, llevó por título: ”Confundido en el Universo” Esta persona se encontraba en medio de la indecisión, entre el bien y el mal; no sabía si aceptar la existencia de Dios, o negarla de plano, Sin embargo, con el correr de los días, logré encontrarme nuevamente con él, abordamos el mismo tema, sencilla y llanamente me dijo: amigo mío: ”he llegado a la conclusión que Dios
Existe y la mejor prueba está en mí. Desde que entré a reconocerlo, he podido dialogar con él, pedirle consejos y orientaciones. Dejé de ser la persona egoísta, malhumorada, vengativa y envidiosa; hoy lucho por los derechos de quienes me rodean como si fuesen mis propios derechos. Ya no soy la persona huidiza y retraída de antes; donde voy, hablo con propiedad y seguridad; mi mente la mantengo despejada y despierta; ver el anochecer y el amanecer bajo la presencia de Dios, es algo maravilloso. La vida me sonríe tanto y vivo tan feliz, que no obstante mis setenta y cinco años, mi mayor felicidad es seguir viviendo, porque tengo la mejor compañía, mi mejor amigo y consejero que es Dios”.