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El Renacimiento, la era de la historia que coloca al hombre y no a Dios en el centro de todas las cosas, puso el erotismo en el centro del centro porque en esa ceremonia exclusivamente humana, que conjuga poesía, amor y sexo, el hombre toca lo más íntimo de su esencia.
En ese momento iluminado del siglo XV, la Italia de Boccaccio se convierte en cuna de un erotismo refinado, del que un secretario apostólico del Vaticano de nombre Gian Francesco Poggio es su gran representante. En el Departamento de Libros Raros y Manuscritos de la Biblioteca Luis Ángel Arango reposa Facecias, una joya de su autoría, compuesta por 273 pequeñas historias, muchas de ellas contadas por los prelados.
Poggio relata, por ejemplo, la historia de un predicador que pontificaba contra el adulterio con frases como esta: “Es un pecado tan espantoso que yo preferiría acostarme con diez vírgenes antes que con una mujer casada”.
También relata el cuento que le echó un amigo suyo que se acostaba con una mujer cuando el marido estaba fuera de la ciudad. Una noche, el esposo volvió de sorpresa y el amante se escondió debajo de la cama. Ella, molesta por ese intempestivo retorno, le dijo que lo estaban buscando para ponerlo preso y que lo mejor era que se escondiera en el ático del granero y que si ella quitaba la escalera nadie pensaría en buscarlo allí.
“El marido le hizo caso, subió al ático del granero, ella quitó la escalera, cerró la puerta y esa noche, mientras el marido dormía con las gallinas, su mujer dormía con mi amigo”.
Cuenta además la historia de una mujer loca que, al ser conducida al consultorio de una bruja para ser curada, empezó a gritar: “Yo quiero un hombre, necesito un hombre”. Al escuchar esas palabras, le dijeron al marido que él tenía la cura y que debía actuar en consecuencia. “Cuando el hombre se acostó con su mujer, su salud mental volvió. Este es el mejor remedio para la locura de la mujer”.
Los cuentos de Poggio dejan en evidencia, para los estudiosos de los asuntos terrenales, el espíritu alegre de los cristianos del Renacimiento. En el Vaticano gozaban con las pilatunas verbales de un secretario apostólico que durante 40 años, desde el papa Bonifacio IX, se dedicó a recoger chistes de salón que dan elementos para entender una época.
No sólo por sus historias eróticas, sino también por su tarea de recuperación de manuscritos latinos amenazados y por sus altos cargos, la despedida de Poggio de este mundo fue motivo de un majestuoso funeral.