

Adriana convers, hacia la democratización de la moda
A una mujer gorda le toca acostumbrarse a la mirada juzgadora de la vendedora de Studio F, cuando acompaña a una amiga a comprar ropa.
A una gorda le toca aceptar que el mesero del restaurante le diga “ese plato es chiquito”, como si no le gustara la comida liviana.
Una gorda debe conformarse con los hombres feos del mundo, porque, supuestamente, tienen más chance de estar con ella.
Lo usual en una mujer gorda es imaginarla sonriente 24 horas, buena gente con el mundo entero. Imaginarla dispuesta a ayudar, a hacer reír, a ser divertida. Una gorda no puede tener malos días, porque entonces es una gorda ‘HP’.
Según la comediante Alejandra Azcárate, a las gordas “los hombres les ceden el puesto por miedo a que se les sienten encima, las miran con ternura para evitar una agresión, les sonríen, las salu-dan con palmada en el hombro”.
Una gorda hace esto, hace lo otro. A una gorda se le cobran sus medidas lejanas de 90-60-90.
Una mujer gorda en la noche no quiere saber más del día. Tampoco quiere saber de levantarse mañana, a lo de siempre. La cansa su existencia en función de su cuerpo. A vestir de negro, a resig-narse a la soltería, a demostrar que es buena en la cama, porque les corresponde esforzarse más*.
La bumanguesa Adriana Convers ha visto la cara más obvia y solapada de la discriminación. Tantos episodios de matoneo social se estrellaron con un muro de cristal cuando decidió estudiar Mercadeo y Comunicación de la Moda. “Me gustaba escribir, había estudiado publicidad, pero mi meta era ser editora. En clase, mis compañeras eran flacas, estilosísimas, divinas, muy a la moda. Yo no podía ser la estudiante básica, para nada podía quedarme atrás. Empecé a buscar en Internet y descubrí la línea plus size en marcas como Forever 21, Mango o Adidas”, dice.
Las prendas que Adriana encontró respondían a las tendencias del momento. Eran propuestas distintas a la limitada oferta que ofrecían los centros comerciales colombianos. Su ropero, lleno de camisas blancas o negras, de pantalones sobrios, reflejaba su estado de ánimo. Lo que pendía de los ganchos la había elegido a ella.
“Lo que empecé a llevar a clase estaba de moda en el extranjero. Fue un gran descubrimiento, refrescó mi imagen. Me llenó de valor. A medida que fui ganando confianza, me di cuenta de que era necesaria una voz experta en tallas grandes. Ya Laura Agudelo lo estaba haciendo desde el sentido social, yo quería hacerlo desde el sentido puro de la moda. Aquí, a la gordita la quieren ver sexi, tiene que salir en ropa interior porque es lo sexi. No pretendo serlo, yo quiero ser fashion, quiero que las mujeres me vean y digan: ‘Yo también quiero lo que ella lleva puesto’”.
Su renacer la inspiró a crear el blog fatpandora. Como hace seis años, un espacio para compartir sus sofisticadas pintas. Su idea en cada reseña es clara: soy gorda, me visto como quiero y ustedes también lo pueden hacer. En una de sus publicaciones escribe a sus lectoras y lectores “¿Recuerdan que hablamos sobre el cuero? En esa ocasión les hablé específicamente de la chaqueta de cuero, pero esta vez decidí arriesgarme un poco más, para mostrarles que, defini-tivamente, debemos perderle el miedo a este material y por eso utilicé una falda de cuero, además de una chaqueta en cuero metalizado. ¿Demasiado? Este no es un outfit (conjunto) para todos los días, pero si es ideal para una reunión en donde quieras resaltar entre los demás. Muchas chicas le tienen miedo o prefieren evitar el plateado. A mí, con los años, me ha gustado cada vez más y he aquí el resultado”.
Sus entradas están acompañadas por fotos y textos que invitan a reflexionar. Adriana posa, es su propia modelo, y con ejemplos enseña a combinar tipos de blazer, carteras, zapatos, camisas, faldas, gafas. La experiencia personal es su fuente bibliográfica, en pequeñas dosis de textos e imágenes plasma su mejor versión, sin caer en poses. Sus propuestas son una manera de ejercer resistencia, de aceptarse, de vivir al máximo porque la vida es demasiado corta como para vestir todos los días de negro. “No tengo por qué avergonzarme, no tengo por qué pasar desapercibida. La moda para mí es una manera de decir soy gorda, tengo estilo, me conozco y sé qué ponerme, y aquí estoy”, dice.
A pesar de su mensaje inspirador, considera que la democratización todavía no es una realidad. Adriana puede afirmar que son pequeñas las reformas en la industria. Aplaude que el año pasado Colombiamoda haya tenido una pasarela plus size y que algunas casas de moda como H&M tengan una oferta incluyente. Pero no es suficiente. “La moda será de todos cuando las marcas ofrezcan prendas que vayan de la s a la xxx, cuando las tiendas no arrumen lo plus size lejos de la vista de la clienta. Cuando ese momento llegue, veremos un verdadero cambio”.
Mientras ocurra, ella y seguramente muchas otras mujeres de talla grande están condenadas a comprar ropa, principalmente, en el extranjero.
“Las lectoras se identifican conmigo, me escriben que no sabían que pueden combinar rayas con cuadros, desconocían que las flores se pueden usar en clima frío. Poco a poco se fue haciendo un voz a voz, hoy ya hay formada una comunidad”
Dave Castiblanco, una reflexión sobre ser hombre
Ya no pelea con la gente que se queda mirándolo. Ya no lo afecta como antes, cuando se sienta en TransMilenio y su vecino se cambia de puesto. Hoy procura que el rechazo golpee lo menos posible cuando le dicen “loca”, “maricón”.
Sabe que el rechazo a lo distinto es una de las tantas maneras de ver las cosas. Que no toda la gente discrimina.
La verdadera patria es la familia. Desde que Dave tiene el apoyo de los suyos, aprendió a ser fuerte. Antes, solo, no le quedaba opción diferente a la victimización. Es fácil crecer si coincides con lo que te indican el colegio y la Iglesia. Como hombre debes ser esto, como mujer esto otro. Y punto. A este bogotano le tocó más complejo. De niño y adolescente nunca se sintió cómodo con la masculinidad que le inculcaban sus profesores. Vivió atrapado en su tiempo, infiel a su esencia. Hubo días en que se levantaba con ánimos de defender su manera de ser. Hubo otros donde estuvo a punto de rendirse.
En plena exploración de su identidad, un fin de semana leyó un artículo en la revista National Geographic, titulado ‘El glosario del género’. Entre muchos términos, se encontró con la definición de ‘no binario’. Explicado en sus palabras: “No binario es aquel que no se identifica como hombre ni como mujer, entiende que tiene características masculinas y femeninas, pero no se casa con ningún código, como en mi caso, que voy en el espectro de ambos”.
Aquel artículo fue un descubrimiento. Por fin, en más de veinte años de existencia, pudo verse reflejado.
Esa experiencia tuvo el efecto de mirarse en un espejo, despojado de razonamientos prejuiciosos. Hubo aceptación y reconocimiento refrescante. En la lectura accidental del artículo se resolvió algo, o, mejor, arrancó algo.
Se refugió en el estudio y la práctica de la danza contemporánea. Las clases en la universidad ya no eran el infierno del colegio. Los profesores que lo condenaban, porque no quería jugar fútbol, eran tema del pasado. En el camino de la educación superior, una compañera lo invitó a participar en una editorial de moda para su proyecto de tesis. Aceptó, sin dudarlo. Modeló como si estuviera acostumbrado a hacerlo. Pronto, lo que comenzó como un hobby se convirtió en ‘runrunrun’ en la universidad, hasta que se vio invitado a proyectos de otros estudiantes.
Probar suerte en la Academia Stock Models fue cuestión de semanas. Hoy su rostro es uno de los más versátiles de su catálogo. Dave es de lo pocos que puede modelar como hombre o como mu-jer. “La moda es un lenguaje rico, que permite que te expreses de diversas maneras. Modelar me ha ayudado a comunicarme con otras personas. Mi intención es entablar un diálogo visual, proyectar una imagen hermosa en su conjunto, con la ropa, el maquillaje, mi cuerpo”.
En su naciente carrera ya desfiló en Colombiamoda y es frecuente verlo en campañas publicitarias. En los castings, su versatilidad a veces se topa con otros techos de cristal. Los moldes de los que tanto escapó aparecen con frecuencia en forma de medidas: los hombres deben medir 1,80 o más; las mujeres, además de altas, deben ser extremadamente flacas. “En las pruebas de pronto no soy el chico de 1,80, pero puedo ser la chica con estatura perfecta. Me he dado cuenta de que en la industria colombiana no está bien visto que un chico lleve tacones; por esta razón es posible que me descarten. Por otro lado, quizás si eres el amigo del diseñador o del organizador del evento es más probable que te den un contrato. Estar en el circuito de la moda es una pelea que vale la pena dar si estás seguro de ti”.
Inevitablemente, el mercado de la moda está atravesado por la cultura de un país. En el afán de conseguir contratos, Dave no renunciará a su esencia; entiende que las puertas que se cierran son gajes del oficio. “Es entendible que en las ferias persistan ideas conservadoras, porque interesa vender, satisfacer los gustos del consumidor. Es difícil tapar la diversidad humana con un dedo,
por suerte hay diseñadores y marcas atrevidas, que toman riesgos. Me refiero a Kitten, Argumedo, Nancy Boy y Le Zapatere”.
El día de las fotos para Cromos, Dave Castiblanco vestía una camiseta manga larga y zapatos de mujer. El resto de su pinta era de hombre. Sorprende su naturaleza polifacética; sus rasgos delicados, su abundante pelo y su figura de elegante cadencia le permiten probarse la ropa que quiera. Disfruta calzarse unos tacones, maquillarse, ponerse unos aretes grandes y brillantes. “En líneas generales, el vestuario femenino es variado, no es plano, va más allá de un blazer, camisa, corbata, pantalón… por eso compro ropa de mujer. Hombres como yo, que no se identifican con una sola masculinidad, decimos que nadie está condenado a escoger entre blanco y negro”.
“Mucha gente cuestiona mi feminidad, como si los hombres no la pudiéramos explotar. ¿Qué hay de malo en hacerlo?”: Dave Castiblanco.
Andrea Echeverri, el mensaje de la ruiseñora
La persiguen las gafas oscuras con forma de estrella y el pelo corto, pintado de amarillo. Es una imagen que conservan los que crecieron con sus canciones.
Su versión ‘florecita rockera’ dista kilómetros de la Andrea actual. A ella le gusta tener los pies en el presente, que le pregunten por el ahora.
Cuando le consultan por sus inicios, y nada más que sus inicios, ahondan en un personaje con el que ya tiene diferencias. Acepta que es esclava de sí misma, nadie puede escapar de sus años más jóvenes. “Bolero falaz, El álbum, Sortilegio, los Aterciopelados, hasta que nos muramos, seguiremos vendiendo entradas de conciertos por esos temas, que son un patrimonio tremendo”, dice.
En 28 años de carrera musical, hay un mensaje que resiste el paso del tiempo. Sin esconderse está plasmado en Claroscura, el nuevo álbum de la banda: “Mira la esencia, no las apariencias”, un verso de la canción El Estuche. Aunque no hay una versión 2018 de este clásico, este mensaje impregna Piernas y Cuerpo, canciones que ponen el dedo en lo genuino y en la aceptación. “Las escribí porque las mujeres tenemos presión todo el tiempo, en las películas solo las bonitas se enamoran, inconscientemente nos la pasamos comparándonos. Cuerpo celebra la figura natural, que es la imperfecta. Cuando nacemos nos implantan el chip de 90-60- 90, si creces y no tienes esas medidas, entonces escondá-monos y sintámonos mal. Es necesario que alguien diga ya ‘Me importa un culo, sea gorda o lo que sea, yo soy feliz, a eso vine’”.
Claroscura es un viaje por 12 letras compuestas por Andrea y Héctor Buitrago. Es un álbum visual, una exploración en clave de riesgo en épocas de reguetón y de sencillos diseñados para que se conviertan en pegajosos hits. Al escucharlo, quien no esté familiarizado con la obra musical de Aterciopelados, tiene dos caminos: dejarse llevar li-
bremente por esta propuesta, en la que perdura la vitalidad de los creadores, o se desco-necta al instante, porque hay más cavilación que baile. “Estamos defendiendo un lugar que hemos construido, nos pertenece, ser número uno no es nuestra ambición. Nuestra ambición real es hacer un huequito en el corazón”.
Para las fotos de la portada, Andrea llevó su propia ropa. La escogió, entró al estudio con los vestidos encima del brazo derecho. Pasó de largo por la silla de maquillaje, apenas accedió a que le aplicaran un poco de labial. Los diseños de las prendas que suele ponerse en el escenario nacen en dibujos que concibe en su taller de cerámica. El hongo con forma de sombrero lo pintaba a los 10 años.
En junio saldrá de gira por Estados Unidos. Si fuera por ella, para los recitales viajaría con su colección de sombreros y una buena porción de sus vestidos. Pero no caben en su equipaje y son dos semanas y media de trote como para andar arrastrando maletas. Lo cierto es que al final no le importa portar siempre lo mismo. Llevará seguro el sombrero de hongo y sus casi treinta años de experiencia musical.
“La gente suele quedarse con una versión anterior de uno. Es un camello decir estoy aquí con algo nuevo, conózcanlo, denle una oportunidad”: Andrea Echeverri.
Porque en Claroscura “fuimos tercos, dijimos no a hacer duetos con el señor de Despacito, porque si nosotros somos algo, es esta cosa obstinada, intuitiva, con identidad”. Vale la pena dejarse arrastrar por la mujer que marcó (y marca) el camino de una generación que supo que el buen rock era posible en el país del vallenato, la salsa y, ahora, el reguetón.
*Reflexión tomada del texto Diez cosas a las que se enfrenta una gorda en Colombia, publicado en www.fatpandora.com.