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Cada cual carga sus cicatrices. Unas más profundas que otras, pero todas por igual son el relato de los malos pasos, caídas y aventuras desquiciadas.
Cada cicatriz puede ser el detalle de un amor torpe, de itinerarios detrás de los aromas y de la carrera desmedida hacia los espejismos. Codos, rodillas y egos no escapan a los rasguños que dejan huella en los tiempos de los triciclos y los escondites. Algunas raspaduras llegan a confundirse con las arrugas o se rellenan de olvidos con el paso de las lunas. Otras, menos evidentes, quedan grabadas en una piel que no cambia y sólo cuando vuelven de improviso, dejan relucir sus zurcidos.
Las cicatrices son también esos recuerdos de batallas que para algunos reflejan la luz de la victoria y el coraje, y para otros, el dolor de los desplomes desde las alturas. Tener una cicatriz puede ser el signo de un buen aprendizaje, y no tenerla, la intención de vivir sin molestias. Rasgaduras individuales que están a la orden para abrir los respiros de los días y, de vez en cuando, recordarnos que las heridas no se cierran, que se van haciendo huecos, que se van quedando en llagas.
Pero hay unas magulladuras que van calando de manera tan silenciosa que no sabemos que existen, que no se sienten hasta que revientan desde adentro o se convierten en una segunda piel de la que nadie se percata. Rondan el aire, los territorios y el contexto; van quedando pegadas a las palabras, a las ideas y a los sentimientos; se reproducen con los actos de la inconsciencia. Señales que otros y desconocidos van dejando en el cuerpo y en las ilusiones, heridas que institucionalizan la mezquindad a base de intereses. Son las zanjas que evidencian las paredes entre unos y otros y las grietas que se tragan las voces, casi siempre, de los más débiles. Y así, sin darnos cuenta, pasamos los quinquenios y los siglos con las cicatrices que otros nos imponen por sus actos y desconfianzas propias; cicatrices que son de todos y que a todos nos duelen. De los rasguños colectivos, los más difíciles de comprender son esos cosidos y terminados que no alcanzan ni paz ni compasión ni bienestar.
Y a veces, cuando no hay ungüento que valga, hay que hacer lo que esté al alcance de cada cual. El remendar una sociedad y el planeta requiere de variedad de hilos y de flores de colores, pero hay un acto que por lo sencillo resulta profundo. Es un movimiento al día, el símbolo de lo impermanente y del despertar la conciencia de la interdependencia e interconexión entre unos y otros. Como dicen los budistas, es el tiempo de empezar a sanar las grietas y tocar la tierra antes de salir de casa.