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El brujo, el científico y la bola de cristal

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EN ÚLTIMAS, LOS BRUJOS Y LOS CIENtíficos acarician el mismo sueño: predecir el futuro. Aunque la labor del científico es crear modelos teóricos que den cuenta de los fenómenos del presente, esos modelos tienen que pasar la prueba de la predicción.

Por eso sus enunciados tienen la forma “A la causa Y seguirá siempre el efecto Z”. Si un brujo nos adivina lo que hicimos antier nos sorprende, sí, pero nos queda la sospecha de que el sujeto estaba simplemente “dateado”. Si profetiza lo que vamos a hacer dentro de siete minutos, y acierta, podemos enloquecer.

El problema de la predicción del futuro pasa por la pregunta: ¿Existe un futuro? Para los místicos, la respuesta es sí. El futuro existe porque está unívocamente determinado por “la ley de causalidad”, o trazado desde siempre en la mente de Dios, o escrito en las líneas de la mano, o regido por las constelaciones del zodiaco. Para los científicos, la respuesta es no; por una razón paradójica: porque existen muchos futuros, todos posibles… todos inciertos. El hecho de que tengamos un conocimiento limitado del presente, limita nuestro conocimiento del futuro. Esto se aplica incluso a problemas tan sencillos como el de vaticinar si un proyectil dará en el blanco. El más sabio de los físicos y el mejor artillero sólo pueden garantizar que el proyectil caerá en un radio de tantos metros alrededor del blanco. Cada uno de los infinitos puntos de ese círculo es un futuro probable del disparo. En síntesis, el futuro es tan difuso como nuestro conocimiento del presente (vientos, fricción, variables esquivas, fallas minúsculas, teoría del caos). A medida que este conocimiento se afina, estrechamos el círculo.

Supongamos que un día lo sabemos todo. Uno a uno, le hemos arrancado los secretos a la vida y a la materia. Conocemos la historia de cada gen, los resortes de cada dendrita; las razones últimas del alma y los escondites del gravitón; las interacciones de las partículas y la génesis de los astros. (Stephen Hawking calcula que hacia 2013 tendremos una teoría unificada; la física casi no tendrá secretos para los físicos). Este magnífico corpus de conocimientos, este animal fantástico, llamémoslo Teoría Total, podría explicar en principio cualquier fenómeno y predecir con un margen de error tan pequeño como se quiera un suceso futuro. Podría explicar el origen y el destino del Universo; la razón de que usted lea esta columna ahora; qué hará dentro de siete minutos o quién ocupará la portada del último número de 2013 de la revista Semana. El círculo será entonces un punto, Dios y la Teoría se confundirán, y la distancia entre el brujo y el científico será imperceptible.

Las ventajas de una teoría así son innumerables: la medicina podría garantizarnos una inmunidad casi absoluta, los terremotos no nos tomarían por sorpresa, los Estados podrían proyectar al milímetro sus programas y los particulares sus negocios; pero las implicaciones éticas son muy intrincadas: si todo está determinado por la Teoría, nadie es responsable de nada. El universo sería un engranaje inexorable. Si cometo un homicidio, descubro una vacuna o pinto el tríptico de El Jardín de las Delicias, no hay allí culpa ni mérito. Sólo alguien libre puede ser deudor de culpas o acreedor de méritos, y la libertad es inconcebible en un marco determinista —científico, ético o religioso—. La única prueba objetiva de que una persona posee libre albedrío, estriba en que no se pueda predecir su conducta.

Conciliar la ética y la Teoría Total equivale a resolver el problema de la culpa y el libre albedrío, asunto que desbordó a una inteligencia como la de San Agustín y que rebasa, claro, los alcances de este comentarista.

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