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Pero como el hombre desde tiempos inmemoriales traspasa límites en busca de libertad, muchos poetas les dieron rienda suelta a la obscenidad y la lujuria.
Surgieron, entonces, trovas picarescas que buscaban la risa de los públicos señoriales. En los castillos, por ejemplo, hombres y mujeres se citaban para jugar al rey que no miente. En cierta ocasión, la encargada de preguntar se burló de la capacidad sexual de uno de los asistentes señalándolo de ser “mal obrero en la cama”. Cuando le tocó el turno al joven ridiculizado, le preguntó a la mujer si tenía pelos en el pubis. Ella, con cierta soberbia victoriosa, le respondió: “Sepa que no hay ni uno”.
El hombre, frotándose las manos con el desquite, lanzó su estocada final: “Lo creemos porque en los caminos muy trillados no crece la hierba”.
La trova más antigua descubierta hasta hoy fue escrita en 1159 y no era precisamente un canto al amor del alma. Era un canto al sexo pago de una prostituta. Eso da cuenta de la dimensión de la lujuria, un pecado capital combatido teóricamente desde la Iglesia, pero expandido por el arte y la literatura. La ideología de la carne, como la han llamado algunos estudiosos, se movía a sus anchas durante esos siglos y hasta involucraba, en ocasiones, a personajes del clero que caían bajo su embrujo endemoniado.
En ese contexto surgió el amor cortés, una filosofía medieval que floreció en el sur de Francia y que enalteció el amor transformándolo en un estado de gracia del que lo siente. La unión del hombre y la mujer, bendecido exclusivamente por el amor, era más que cópula, era un sentimiento elevado de entrega, “un saber de los sentidos iluminados por la luz del alma, una atracción sensual refinada por la cortesía”, como lo describió Octavio Paz en La llama doble, donde plasmó un fragmento de Razón de amor, el primer poema de amor de nuestra lengua, escrito en el siglo XIII y lleno de todos los conceptos de amor cortés.
En una sociedad feudal, sometida a los apetitos masculinos, esta cortesía amorosa rompe la hegemonía y hace posible que hasta los señores se conviertan en súbditos de plebeyas amadas. La nueva filosofía del amor, que surge del espíritu medieval asociado por error con la oscuridad, ilumina a la mujer y le concede abiertamente el poder que desde siempre ha tenido sobre los hombres.