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La polarización y el sectarismo se vienen incrementando en las últimas semanas, lo cual debe prender las alarmas sobre los riesgos que esto tiene para la democracia en Colombia.
Este no es un problema exclusivo de Colombia, pero no por ello debe ser ignorado. La polarización como un asunto ideológico, construido a partir de divergencias entre visiones sobre el manejo de los asuntos públicos e ideales políticos, es parte del debate democrático. Sin embargo, cuando esta se convierte en una estrategia para atacar, descalificar, despreciar, discriminar y estigmatizar a quienes piensan diferente, utilizando la violencia verbal o física, la exclusión, la desinformación o las noticias falsas, el debate democrático se desfigura, se empobrece y desaparece.
Varios ejemplos recientes lo ilustran. Cuando se conocieron los resultados de las elecciones de marzo, el expresidente Uribe se apresuró a afirmar que los votos del Pacto Histórico se obtuvieron en zonas dominadas por el narcotráfico, cuando los hechos demostraron que esto no es cierto y él mismo había reconocido el pobre desempeño de su partido.
Unos días después, el candidato Gustavo Petro acusó de neonazis —como Putin a los ucranianos— a un periodista de Noticias RCN y a la cadena radial por haber criticado algunas de sus propuestas. Como señaló la Fundación para la Libertad de Prensa, comparar “a sus críticos con una ideología que estuvo detrás de un holocausto es claramente una estigmatización que impone grandes cargas simbólicas y políticas y que terminan por reavivar la violencia contra el medio”.
Otra manifestación de la polarización es la propensión a dividir a la sociedad entre “buenos” y “malos”, cuando los primeros son quienes están conmigo y los segundos, los demás. Ese es el mensaje moralista de la candidata Íngrid Betancourt, quien se considera dueña del discurso anticorrupción y, en esta medida, representante de los buenos. Este fue el argumento para descalificar a Alejandro Gaviria por supuestos contactos con políticos clientelistas y, por ende, corruptos. No obstante, eso no ha sido obstáculo para adelantar acercamientos con el exsenador Uribe.
Finalmente, la senadora María Fernanda Cabal no ahorra oportunidad ni calificativos para acusar de mamertos, comunistas y traidores no solo a personas de diferentes corrientes políticas e ideológicas, sino al propio presidente Duque, quien ocupa el cargo en nombre de su partido, el Centro Democrático.
Como lo señalan algunos estudiosos del tema, el sectarismo y la polarización de los ciudadanos es igualmente preocupante porque incentiva a los políticos a adoptar discursos, estrategias, propuestas y políticas antidemocráticas para ganar seguidores. Por ejemplo, desconocer los resultados electorales, como pretendieron hacerlo recientemente los expresidentes Pastrana y Uribe al afirmar que no se debían reconocer los resultados de los comicios —como en su momento lo hizo el expresidente Trump— porque en su opinión hubo fraude, contrariando lo que afirman misiones y organizaciones de observación electoral nacionales e internacionales. O restringir la libertad de expresión y otros derechos, debilitar los pesos y contrapesos, amenazar libertades civiles y políticas y fomentar el miedo y la rabia para lograr sus propósitos. La polarización no tiene color político. El color lo ponen los extremos.<