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PARA VIOLADORES DE CONSTITUciones. Bien de la Constitución de Núñez, periclitada ya, o de la de César Gaviria, juguete de mil reformas. Ex presidentes de la República, antiguos magistrados y destacados políticos —presidenciables— están desautorizando de antemano la legitimidad de los procedimientos reeleccionistas.
Ojo a esto. Hay quienes ya no ven como lo más natural que se modifique un texto que se sometió a firmas callejeras o que se apruebe en una Cámara lo que se negó en la otra o que se pretenda descalificar al presidente de una corporación, por no comulgar con los intereses oficialistas.
Gente tan cercana al Gobierno como fueron Enrique Peñalosa o Marta Lucía Ramírez, ex ministra del Régimen, ahora miran con recelo evidente la pretendida perpetuación de su amigo, el presidente Uribe, en el poder supremo de la República.
La generación perdida de otras ocasiones históricas, en esta se niega a morir en su más brillante cuarto de hora. No me refiero tanto a Lucho Garzón, dispuesto de tiempo atrás a pelear su postulación, sin depender de Uribe, ni siquiera a Fajardo, quien anda en lo suyo, aupado por su apostura física y su buen ejercicio de una alcaldía, pero ayuno de apoyos logísticos, como si quisiera vacunarse contra el virus porcino de la corrupción.
Pero ver a Vargas Lleras y, como digo, a Peñalosa y a Marta Lucía y aun a Carlos Holguín (ya llegará con el mismo discurso Noemí), y aun a Davidcito Luna, quien se pasea por todos los campos, de violadores de niños a violadores de Constituciones, enfrentados todos al capricho de un tercer mandato de Uribe, es asistir al despertar de la conciencia nacional, aligerada de angustias por los indudables éxitos en el orden público.
En el afán por zafarse de la atroz criminalidad guerrillera, al país no pareció importarle, por ejemplo, la intromisión en territorio extranjero para asestar el mayor golpe militar al enemigo, en represalia igualmente violenta.
Ya estamos advertidos de que no están las cosas para finuras democráticas y deontologías políticas. Uribe ha convertido día a día al país, deseducándolo, en lo que él mismo ha denominado un Estado de opinión. Esto es, en uno que va al vaivén de las encuestas, sin que sepamos muy bien quién las hace ni con qué autoridad constitucional predeterminan la suerte de las instituciones.
La actitud, por fin despierta, de un grupo de líderes de no poco relieve va a conmover, si no a los sondeos incontrolados, sí a la opinión internacional, ya sobre aviso por el surgimiento de dictaduras americanas en el centro y sur del continente.