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Los diarios lo publican, las regiones lo denuncian, el rumor se extiende. Los cuerpos de los líderes sociales siguen cayendo como cifras acumuladas entre la costumbre (21 muertos más en el transcurso del 2018), pero hasta hoy, en el año que debía demostrar una regulación medianamente humana del posconflicto, no hay investigaciones serias, no hay cifras reales conocidas por el Gobierno, no hay prioridad, no hay victimarios identificados, no hay estrategias de custodia, las cuentas están perdidas.
Nadie entiende qué debe pasar o cuál es el límite en la asimilación de la catástrofe para que sea identificada con un rótulo dramático. Los nombres de los muertos llegan desde las mismas regiones olvidadas del conflicto con la misma frialdad de los intermediarios y los receptores; la información corre entre las ciudades como un rumor helado, y nadie sabe cuál brazo armado entre todos los engendros violentos de esta historia resentida los está matando, pero tampoco parece escandaloso ni abrumador para las entidades responsables de su seguridad. Los ministerios tienen otros papeles pendientes en sus laberintos de burocracia, Luis Carlos Villegas no ha hecho aclaraciones serias aún sobre sus frases burlescas y estigmatizantes, Juan Manuel Santos no hace alocuciones sobre el exterminio. La oposición, por supuesto, no hace comentarios sobre comunidades que representan para ellos otras franquicias del terrorismo. Y así, como otra más de las resignaciones tibias de una historia acostumbrada a la barbarie, sigue el río de sangre como los otros exterminios que solo tuvieron una aceptación oficial cuando no quedaban sobrevivientes ni testigos, y no quedaba más que la culpa y el perdón público para enlodar finalmente el desastre.
¿Cuál es la cifra límite de muertos para que estalle el espanto y las instituciones procedan? ¿Cuánta sangre tiene que correr para que el presidente de esta república de muertos dirija una alocución argumentando sus estrategias frente a un genocidio? ¿Cuál es la instrucción del momento frente a un ejército de matones sin nombre? ¿Dónde está la franja del no retorno o del desborde para titular finalmente este matadero con un nombre académico y formal? Hasta hoy nadie ha superado la vileza de la retórica ordinaria ante los muertos, todo se ha resumido a una indignación frívola y a un grito tradicional, a ese lamento impráctico de los espectadores de sofá que ven zumbar las balas por las franjas estelares del prime time y que, entre el bostezo y el susto, les parece que todo es imposible pero finalmente normal, como la historia normal de un desquiciamiento aceptado.
Los muertos y los caídos son otros y están lejos, dice el rumor de la ciudad. Los muertos sin escenas del crimen esclarecidas no trascienden más allá de una hipótesis de faldas, dicen los ministerios sin rutas de investigación. Y entre esos abismos del marasmo y la tibieza volvemos al mismo olor de los viejos exterminios que hicieron de esta presunción de nación una tragedia rebosada y sin ley, un cementerio de anónimos sin un Estado que lo reconozca entre la náusea.
El exterminio es evidentemente sistemático. Y siguen cayendo.