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La espera ha terminado. Pasaron 19 largos años desde la última vez que un jugador local llegó a la final del US Open. La corona ha cambiado de dueño y de nacionalidad con tanta recurrencia que parte de su esencia se fue fragmentando con los años. Ha sido tan larga la espera, tan decepcionante para los fanáticos locales, que el sueño de ver a un jugador estadounidense coronarse campeón se ha ido convirtiendo en una difusa y traumática pesadilla.
La desnutrida participación de los jugadores locales ha sido aún más evidente debido a que, en el circuito femenino, las jugadoras estadounidenses han sabido mantenerse firmes frente al desafío que han planteado las grandes estrellas foráneas que han visitado New York, año tras año, desde 1887. Serena Williams y su hermana Venus se mantuvieron firmes ante la duda y ante la zozobra. Para ellas se convirtió en algo personal y tan profundo, que la más joven de las dos logró ganar el torneo en 6 ocasiones.
La última vez que una jugadora local se alzó con el trofeo fue apenas el año pasado, luego de que Coco Gauff venciera a Aryna Sabalenka en un juego que estuvo volcado en su contra desde que pisaron la cancha y que, de no ser por la tribuna, habría terminado así, con un dolor en el pecho y un grito de júbilo ahogado.
Y aunque Coco no logró pasar de los octavos de final en esta edición; en carrera aún siguen Emma Navarro, que logró su pase a semifinales tras superar a Paula Badosa, y Jessica Pegula, que dio la sorpresa y se impuso a la polaca Iga Swiatek, número uno del mundo.

Para que se entienda la diferencia, desde 1887, año en el que las mujeres empezaron a jugar el US Open, tan solo en 21 ediciones no ha habido una representante de Estados Unidos en la final, mientras que en el circuito masculino, por el mismo periodo de tiempo, en 38 finales no ha habido jugadores locales. Con la clasificación de Frances Tiafoe y Taylor Fritz a semifinales, se ha asegurado la presencia de un jugador estadounidense en el partido definitivo del último Grand Slam del año y con eso se han revivido las fuerzas y la esperanza de una nación entera.
Desde Andy Rodick en 2003, ningún estadounidense ha ganado el torneo, algo inaudito y cuestionable, más aún, sabiendo que Richard Sears, William Larned y Bill Tilden, todos nacidos en suelo estadounidense, lograron ganar el torneo en 7 ocasiones, récord que sigue intacto y que parece inamovible.
Ha pasado mucho tiempo desde que Pete Sampras ganó su último US Open, 22 años; 40 desde que lo ganó por última vez John McEnroe y 41 desde que Jimmy Connors se alzara con el trofeo. Han sido años oscuros, debido, en gran medida, a que los jugadores que conforman el Big Three, Novak Djokovic, Rafael Nadal y Roger Federer, se hayan repartido la gloria casi de forma uniforme en los últimos 21 años, algo que no pasará ahora porque ninguno de ellos logró alcanzar la final; Federer por haberse retirado, Nadal porque está a punto de colgar la raqueta, y Novak por haber jugado el peor tenis de su carrera, según sus propias palabras, frente a Alexei Popyrin en tercera ronda.

Es la oportunidad idónea para que Frances Tiafoe o Taylor Fritz hagan historia. Sin Carlos Alcaraz y sin Novak Djokovic, quizá su mayor obstáculo sea Jannik Sinner o, en cierta medida, ellos mismos, pues ambos han dicho en repetidas ocasiones que no han estado a la altura de su talento en los momentos importantes.
“Vengo de la final de Cincinnati. Vengo con buenas sensaciones. Siempre es bueno volver a donde te ha ido bien pero sinceramente no pensaba estar en semifinales o en ganar el torneo”, dijo Tiafoe luego de superar a Grigor Dimitrov en cuartos de final, con una sonrisa gigante en el rostro. “Las opciones están abiertas. No es como antes cuando hacías cuartos de final contra Rafa y ya desde que te enterabas estabas buscando vuelo”, apuntó más relajado, aún sonriente
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