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Algo admirable y quizá habría que decir, también ejemplar, esplende en Asedios a la palabra, el más reciente libro de Juan Manuel Roca.
¿Qué podría ser ese algo que de alguna manera describe lo que hoy es un destino forjado con voluntad empecinada, terca persistencia, y un abandono de las complacencias que minan la ambición del arte, su carácter revulsivo, y apenas queda un gesto vacío cuando no una mueca?
Tal vez ello sea lo que resulta posible cuando una espléndida madurez, si así puede llamarse ese gasto de la propia vida, que los artistas hacen sin perder los poderes del riesgo, permite mostrar una aventura espiritual con sus saldos, sus incertidumbres, sus hallazgos reveladores, y las huellas que se vuelven testimonio por su durable marca, ese sutil intercambio entre la caricia y lo acariciado, el caminante y el camino, el viejo sello que deja tinta y emblema y al levantarse arranca hilachas al papel.
Quizá este libro, (su intencionada estructura, sus reiteraciones afirmativas, su sabiduría surgida del pozo sin fondo, ni monedas, ni deseos, donde Roca arponea sus estrellas, sus secretos debates, la reafirmación de la fe dinámica que hace del poeta un ladrón de fuego, y de repente: el inapreciable encuentro con la tenaz y ardua manera como un poeta construye su personal tradición para no morir en los naufragios del abismo que se abre cada vez que el poeta da un vuelo y siente el desmoronamiento de abismo que se escurre a su espalda) quizá resulta posible y legítimo después de los anteriores y celebrados libros de Juan, Temporada de estatuas, y Biblia de pobres. En este no poder devolverse, ni apuntalar puentes endebles para la repetición, está la virtud de no ser concesivo que caracteriza la poesía y la vida de Juan Manuel.
Las, a manera de enseñanzas, digo a manera porque Roca no es, ni pretende serlo, un maestro, ni un enseñador, ni un profesor, ni un fabricante de enseñas, ni se ensaña, son más bien un ejercicio de confesión profana, de mirada del yo es otro, que deja ver la formación, cruel y ambiciosa de un poeta de nuestro tiempo y de nuestro espacio. Aquí encontraran los jóvenes que se acercan con unción o devoción, no lo sé, a la poesía de Juan Manuel Roca, el arduo empeño que les espera, el hueso duro de roer, el despellejamiento que exige el poema si de verdad desecha el canto y logra la invocación que ahonda, revela, modifica, salva a la palabra del óxido que la agota y la aprisiona por su mal uso.
Si uno cediera a adelantar a Ustedes, que leerán este libro con el asombro entusiasta que atrapa, me permitiría contar confidencias de un lector más que terminan por ser distintas a la de cada uno, ese uno que alimenta su intimidad y potencia su libertad con la complicidad del poema.
Así los vasos comunicantes que propicia Roca para poner en evidencia los maridajes sin sacramento entre la poesía y la pintura, además de ampliar el espacio de lo poético le siguen la pista a corrientes secretas, diálogos tácitos y constancias escritas donde una fecunda visión habita la desolación del mundo.
Quién escoge se escoge. En ese ensayo que con perspicacia revelatoria nuestro autor titula El beso de la Gioconda, se amojona un mapa sin fronteras en el que transitan libres, olvidados de visas y pasaportes, los poetas y los pintores arrancando imágenes al desierto de la realidad impuesta como regla incuestionable. Blake, Michaux, Ernst, Chagall, Picasso, de Chirico, Magritte, Carrington.
Por algún motivo de gentileza sensible, es decir para no interferir procesos, búsquedas, brújulas que tejen felicidades o desvaríos en esto que la fatalidad denominada presente nos ofrece, Juan Manuel prefiere dialogar con los muertos. No lo hace por proclividades funerarias, ni por cobardía. Nada más vivo que una herencia que reta, reclama, conserva horizontes de porvenir que esperan ser merecidos para iluminar con un talismán que resiste a los siglos.
Pero es probable que él me confiera licencia y a manera de derivación de estos días en comunicación con su Asedios a la palabra yo pueda agregar unas presencias colombianas:
Los inquietantes collages y cajas de Santiago Mutis Durán, una de cuyas funámbulas flotó por noches en mis sueños y ahora desconozco en cuál museo está atrapada; los de Nicolás Suescún; y las estremecedoras noches de muerte y horror de Augusto Rendón con las palabras de Roca en equilibrio sobre el galope desbocado de bestias arropadas en los ventarrones de la desgracia y capaces de salirse del grabado.
Las uniones libres entre la poesía y la pintura llevan sin esfuerzo al territorio de la imagen. Las preferencias del autor están en Chaplin y Fellini. Juan ha tenido el cuidado, sin piedras de autoridad, de mostrar los motivos de sus escogencias de interlocutores. Un paciente ejercicio de persuasión desecha la arbitrariedad del capricho y afina su intuición de poeta. Es una cortesía para con el lector quien reconocerá al acercarse a sus poemas los trazos de esas frecuentaciones que mediante la apropiación creativa sitúan más allá el misterio y las revelaciones encomendados a los poetas. Justamente Fellini, en una carta enviada al poeta Andrea Zanzotto, le confía para pedir su ayuda: quiere redescubrir formas arcaicas, inventar combinaciones fonéticas o lingüísticas de manera que también el aspecto verbal refleje la reverberación de la visionariedad trastornada que creo haber dado a la película.
Estas meditaciones de Juan Manuel arrojan una pregunta. ¿Será acaso la poesía la manera óptima de mirar la pintura comprometiendo el secreto latente, a la manera del poeta que sabe ver en Degas o él mismo capturando en sus poemas a Chagall, o atisbando las ventanas de Magritte, sus cielos invadidos de paraguas, rocas, hombres?
Asedios a la palabra involucra una ética. Todas las maneras en que los poetas han logrado describir su condición de tales, forma de soledad, viaje ligero de equipaje, revolvedor de venenos, ladrón de fuego, son apenas la punta del iceberg de una creciente dificultad. Nada es fácil para el artista. Preservarse en estado de poesía exige una incesante y esforzada conquista de lo inacabable. Fundar un territorio poblado. Ampliarlo o reducirlo. En estos tiempos donde los poderes señalan designios al arte, domestican su rebelión, le cargan innobles servidumbres, el bello y enriquecedor sendero trazado por Juan Manuel Roca empodera libertad y guarda intimidad. Ya sabrán entonces los cofrades de Alosyus Bertrand lo que les espera. Verán a un poeta que una vez se apropió del fuego no salió corriendo como los ladrones de ambición o de minúsculas urgencias, a buscar al usurero en la casa de empeño y feriar su joya.
Una de las generosidades de este libro que en buena hora editó Siglo del Hombre, con sus apartes, sus ilustraciones y preciosos grabados escogidos por el autor, los poemas de Una noche con Scherezada, las selectas y hondas ironías, consiste en la multiplicidad de lecturas. Cuando debajo del título y entre paréntesis se lee Para un arte poético, parece un pretexto para entrar a su imposibilidad, la vida revulsiva niega la norma y Roca a cada momento la transgrede para abandonar lo que sabe y sumergirse en el no lugar, descolocarse él, para peregrinar despojado.
Quise indagar porque me seducía la estructura del libro a la cual aludí al empezar. En uno de los epígrafes aparece alguna conversación con Juan Calzadilla. Este poeta venezolano al recibir el prólogo de Juan Manuel para su libro de poéticas, le dice: Publica el tuyo, vale, ya que te gustan los collages.
Es innegable que la estructura de Asedios a la palabra participa de la estética del collage, pero en los tantos y valiosos destellos de este Roca, que desde chiquito empezó a salir solo de noche, creo que varios de nosotros también nos habríamos atrevido si hubiéramos tenido el azar afortunado de la compañía de amigos como Samuel Vásquez y Augusto Rendón, allí en esos destellos creí ver la compinchería del conde De Lautréamont cuando pone el paraguas y el vómito de la araña sobre la mesa de disección. Elementos entonces que rompen la estructura de contrabando, manteniendo su apariencia de ordenamiento, pero llena de cargas de profundidad para quienes cantan solos bajo las estrellas.
De forma semejante el nombre de Asedios a la palabra reúne dos extremos que tensionan el sentido. Me refiero primero al extremo derecho: Mallarmé escribe: la poesía no se hace con ideas sino con palabras. Y el extremo izquierdo imbuido de la sencilla igualdad del poeta de Asís, dice Asedios.
Querido Juan Manuel: sus asedios tumbaron la fortaleza, ya Usted no acampa ante puentes recogidos, y a mi me corresponde en nombre de todos sus lectores manifestarle gratitud por este libro necesario y pleno de poesía y de lo mi compadre y su amigo José Viñals agregó: la poesía se hace con palabras, pero con palabras de honor.
En estos tiempos desgraciados, enfrentados al oprobio, su libro alentará la resistencia y con las clarividencias de la poesía mostrará a jóvenes y viejos que aún quedan reductos de dignidad y esperanza a los cuales acogerse para fortalecerlos.
Su compañero, Andrea Zanzotto, espiritualizó en unas líneas del poema: De todas formas nunca nada nos será devuelto,/ ni un solo respiro, un solo aliento: (…)
Allí su desprendimiento, Juan, y aquí nuestra incancelable gratitud.