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Los esfuerzos de la administración Obama en materia internacional sorprenden por la ausencia de vericuetos y la audacia de las acciones, como lo demuestra la puesta en la misma mesa, Presidente americano de por medio, de los jefes de estado de Pakistán y Afganistán; quizá el esfuerzo sea útil y no termine el novato Presidente de los Estados Unidos con el entusiasmo y sin los resultados, en este caso muy difíciles de obtener.
Con el argumento de que la seguridad de Pakistán, Afganistán y Estados Unidos están ligadas, el Presidente Obama puso juntos a los gobernantes de esos dos países, en busca de compromisos de acción conjunta contra las guerrillas del Talibán, que personifican, se supone, uno de los agentes identificables de la confrontación que fuerzas ajenas a la tradición occidental han planteado contra ella.
Curiosamente, la reunión con gobernantes de países tan lejanos geográfica e históricamente al continente americano, sólo puede tener explicación en la lógica de las acciones emprendidas por George Bush. Es decir que, si no fuera por la elección de enemigos y escenarios en el centro del Asia, es decir por la guerra contra el fenómeno del terrorismo y las intervenciones armadas en Irak y Afganistán, no habría existido motivo para esta extraña cumbre.
La posición de cada uno de los participantes es expresión de realidades e intereses bien distintos. En el caso del Presidente Obama la actitud no es otra que la derivada del cumplimiento de obligaciones imperiales. En otras palabras en ejercicio de responsabilidades heredadas pero a la vez propias de la condición de primera potencia, obligada a jugar en esos escenarios, aún contra su voluntad. En el caso del Presidente Karzai lo que se juega es su propia supervivencia política y la validez de su régimen, que sin duda se sostiene gracias a la presencia extranjera en Afganistán. Y en el caso Zardari se notan las dificultades propias de una candente ambivalencia entre la necesidad de tener buenas relaciones con los Estados Unidos y la de no desequilibrar un orden interno en el que no se tiene claro qué tanto existe ya una fuerza de acción islámica, en unos casos armada y en otros apenas ideológica, que puede en cualquier momento dar al traste con todo.
La unidad y el compromiso con el objetivo común de derrotar a Al Qaeda y a sus aliados en Afganistán y Pakistán serán muy difíciles de garantizar, no porque los gobernantes reunidos en la Casa Blanca no tengan buenas intenciones, sino porque la realidad de los campos de batalla marca una tendencia diferente. No otra cosa se puede deducir de las crecientes dificultades para adelantar operaciones en el primero de esos dos países, y de la desbandada que se produce en ciertas regiones pakistaníes que se van convirtiendo en un confuso campo de batalla en el que nadie sabe, aparte de las fuerzas regulares, quién es quién.
La sostenibilidad del gobierno de Hamid Karzai, en Afganistán, dependerá cada vez más del apoyo militar extranjero. Con ello seguramente sobrevivirá un rato, pero al tiempo serán propicias las circunstancias para que el fermento natural de rechazo a la presencia foránea se sume a la experimentada acción armada de resistencia que ya ha sacado de allí a unos cuantos invasores. La sostenibilidad del gobierno de Asif Ali Zardari, en Pakistán, seguirá un curso similar, en cuanto es difícil que los sentimientos profundos de aldeanos y militantes islámicos encuentren mayores afinidades con los Estados Unidos, y lo que ellos significan, que con sus hermanos y vecinos de toda la vida.
A pesar de las virtudes de audacia y claridad de propósitos que ha demostrado, es indudable que el Presidente de los Estados Unidos apenas se está estrenando en los escenarios internacionales. Hillary Clinton tiene sin duda más tablas. El formidable grupo de asesores que en estos casos se ocupa de todo tipo de cálculos y diseños estratégicos hará su oficio lo mejor que pueda. Con todo y eso cabe la duda, normal en los encuentros entre representantes de modelos culturales y políticos tan disímiles, de si Asif, Barack y Hamid están hablando de la misma cosa y en una perspectiva siquiera cercana. Porque de pronto pueden estar más lejos de lo que parece, caso en el cual los Estados Unidos pueden llegar a quedarse tanto con la contrariedad de tener que librar una guerra lejana en montañas desiertas, como con el fracaso.