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“PODÍA OBSERVARSE QUE ESTA CAlamidad hacía muy humilde a la gente; pues en unas nueve semanas murieron cerca de un millar de personas por día, un día por otro…”.
Así cuenta Daniel Defoe en su clásico Diario del año de la peste la manera como fallecieron en Londres, en 1665, más de cien mil personas por la epidemia de peste negra o bubónica, que según Defoe ese mal atrajo otro, “porque el pánico y el terror hicieron que la gente cayera en innumerables necedades, locuras y maldades”.
Produce terror y fascinación a la vez la perspectiva. Por fin a un mal visible podemos atribuirle el estado de las cosas. El nombre de pandemia ya a punto de recibirlo esta incursión del virus de la influenza (porcina o AH1N1) y la proximidad del nivel de alerta seis de la OMS, al haber llegado a los 1.893 casos (7/05/09) en 23 países; 42 muertos y 1.070 contagiados en México, mientras en Colombia van 141 casos sospechosos, cuatro probables y uno solo confirmado. Por lo pronto aquí podemos tranquilizarnos, porque el imponderable ministro de Protección Social, Diego Palacio, ha creado un “puesto de mando unificado” para tener un rato la sartén por el mango de la opinión pública concentrada en los avances de tan temible peste y hacer palidecer la otra peste que ha avanzado oronda en este país, contagiosa y arrasadora: la del abuso del poder.
Los síntomas de una dictablanda en Colombia han sido dispersos en el tiempo durante los últimos tres o cuatro años (y no digo siete, porque en los primeros tres creí estar frente a un gobernante aplicado), razón por la cual sólo la amenaza de la tercera reelección de Álvaro Uribe como presidente parece sobrepasar el límite de los insaciables uribistas.
Pero otros síntomas del abuso del poder son más letales. Los encarna el ideólogo del régimen, José Obdulio Gaviria (quien anunció en su columna de El Tiempo que ahora sí estamos en guerra, —él, que no reconoce el conflicto interno colombiano—, “porque estamos en elecciones”). Gaviria, con su experiencia de conspirador de café, es quien puede atar este extendido delirio de persecución. Como dice Antanas Mockus, ese delirio es otra forma del delirio de grandeza y advierte que espiar a líderes de la oposición, a formadores de opinión y a magistrados, entre otros, ha transformado el DAS de policía secreta en policía política. El infame tráfico de información fiscal entregada a petición gubernamental sobre los “indeseables” se refuerza con la epidemia de falsos positivos que hizo ingresar a Colombia a la lista de los Estados genocidas.
Creo que este estado de virulencia (como se llama el ataque de un virus) revela que no existe duda frente a la configuración de una dictadura caracterizada, como es obvio, por el generalizado abuso del poder. De ellos el realizado por los hijos del Presidente es sólo la punta visible de lo que debe entrañar esta consolidación de unos funcionarios atornillados al poder, que ya se conocen “la maroma, el truquito” para abusar de este dolido país al que a las siete plagas bíblicas le añaden esta otra relativamente desconocida para Colombia. Hemos configurado a un dictador que se fue envaneciendo en el ejercicio del poder hasta someter al delirio de su ambición a todos los que están a su alrededor, su familia incluida que lo padece, y a sus “incondicionales peones” que exprimirán todos los recursos posibles hasta agotar la existencia de este país que lucía inagotable. Y ante esta peste inminente no vemos interés del “puesto de mando unificado” en encontrar vacuna. Faltará pues el Defoe que relate el diario de estos años de peste colombiana.