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Pandemia etílica

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VIVIMOS EN PANDEMIA ETÍLICA sin que ello nos genere pánico ni preocupación. No tomamos medidas, ni siquiera somos conscientes de la magnitud de la amenaza que nos rodea y nos está destruyendo.

Sin duda el brote de influenza porcina debe recordarnos lo frágil que es la especie. La densidad, el daño ambiental y el deterioro de la calidad de vida aumentan la vulnerabilidad del hombre. Pero el alcoholismo es algo mucho más grave y profundo. Sobre todo cuando se analiza la evolución del consumo de licor en los menores de edad. Los jóvenes colombianos ostentan el triste récord de ser aquellos que inician más temprano a beber en la vida. Las últimas cifras muestran que, en promedio, han probado el alcohol a los 13 años. También es claro que se cierra la brecha hombres y mujeres. El género ya no es un criterio para diferenciar cuál población está más propensa al alcoholismo. Basta con observar cualquier fiesta de adolescentes para constatar la magnitud real del problema.

Algunos se tranquilizarán afirmando que todos hemos bebido antes de cumplir la mayoría de edad. Es cierto, pero no podemos quedarnos en esa visión simplista. Hoy en día se sabe científicamente que el impacto del alcohol sobre el cerebro en formación tiene consecuencias dramáticas sobre la capacidad de aprendizaje, el equilibrio psicológico y la habilidad para relacionarse. No es de extrañar que aumenten los cuadros de depresión en los jóvenes, los intentos de suicidio, la violencia, los embarazos indeseados y, naturalmente, el consumo de drogas.

El fondo del problema no son los jóvenes; es una cultura que considera que el consumo de alcohol, incluso en los menores, es normal y no debe preocupar. La verdad es que los colombianos, que nos creemos grandes bebedores, somos pésimos bebedores. El alcohol nos domina y se convierte en un invitado indispensable si se quiere diversión. Sin licor no somos capaces de disfrutar la vida. Una fiesta sin mucho alcohol es un fracaso. ¡Bebemos en bautizos, primeras comuniones e incluso en los entierros! Cualquier excusa es válida para destapar una botella. Y, sobre todo, no sabemos detenernos. Bebemos para emborracharnos. Celebramos a los borrachitos y los consideramos “el alma de la fiesta”. La realidad es que el consumo de alcohol es uno de los factores que más inciden en la violencia familiar, los accidentes de tránsito y en ciertas enfermedades, muchas de ellas mortales.

Somos tolerantes con los abusos de alcohol, porque no vemos el peligro que entraña para nuestros jóvenes. Un joven borracho está comprometiendo seriamente su futuro y perpetúa el problema. No es un problema menor. Mientras más tarde inicie el consumo, menor será el riesgo de que el impacto negativo afecte su salud física y psicológica. De ahí la importancia de extremar las medidas de control a la venta de licor a los jóvenes.

 Hay quienes creen que esto no es posible. Se equivocan. La cultura puede evolucionar. Hace 20 años era impensable que hubiese restricciones para los fumadores. Hoy se acepta que los fumadores deben respetar a los no fumadores. Lo mismo debe suceder con la cultura del alcohol, esta pandemia real que no queremos ver.

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