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EL COMIENZO DE SIGLO, CON LAS comunicaciones globalizadas y en transformación, ha conducido al terror desatado por la epidemia a cuyo origen humano o animal todos quieren sacarle el cuerpo.
Hasta hace pocos años, epidemias de las que se responsabilizaba a las gallinas o a las vacas locas, pasaban inadvertidas aunque causaran muchos muertos. Como ahora las noticias son de rápido impacto universal, un solo blog de internet moviliza a millones de personas. Es una forma de prevención que, en plena crisis financiera, enriquece a los fabricantes de tapabocas, pañuelos y antivirales, aunque cause daños irreparables a los porcicultores.
Hay sectores bajos de la población a los que no alcanza a llegar esa ola de miedo y mueren por esa u otras causas ante otro fenómeno de la época: la deshumanización y la indiferencia ante el mal ajeno. Lo vemos muy cerca en cualquier ciudad colombiana. En Bogotá, bajo los puentes o en los parques, amanecen todos los días personas abandonadas, de las que nadie se preocupa. Lo mismo en Cartagena, en Boyacá o en zonas turísticas, donde indigentes o familias vergonzantes o de desplazados no encuentran ayuda alguna ante la falta de techo o de alimentos.
En el viejo Bogotá funcionaban juntas de beneficencia, ligas de damas de la caridad o “gotas de leche” que en buena parte ayudaban a los menesterosos y los llevaban a asilos. Se supone que existen organismos oficiales para cumplir esa tarea, pero se da el caso de limosneros que se espantan al ser obligados a bañarse con agua fría a las 5 de la mañana.
Coletilla: ¡Esa masa silenciosa que muere sin conocer la internet ni la Protección Social!