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Antes de que una gota salga por los grifos de los hogares capitalinos ha pasado por horas de tratamiento y procesos de medición constantes, que la convierten en una de las aguas mejor tratadas de Latinoamérica, como lo demuestran las pruebas diarias de potabilidad. Pero no siempre es así y es propensa a cambios, por factores que, según la temporada del año, inciden en su calidad y en su confiable color cristalino.
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La red del Acueducto de Bogotá tiene seis plantas de tratamiento, cada una con retos distintos. Esto obliga a mantener un constante monitoreo por cuenta de los equipos de la Secretaría de Salud, que establecen el Índice de Riesgo de la Calidad del Agua (IRCA), clasificando el líquido desde “sin riesgo” hasta “inviable sanitariamente”, con porcentajes de 0% (pura) a 100% (contaminada) .
Actualmente hay un trabajo especial en Tibitoc, una de las más antiguas y grandes de la ciudad, que capta agua del río Bogotá para abastecer a casi tres millones de capitalinos. Las razones: la alerta por las fuertes lluvias, alteraciones en el caudal del afluente y maniobras en las compuertas de la planta, sumados a los intensos vertimientos industriales, que deterioran la calidad del agua cruda que usan para potabilizar, o que influye en el producto final.
No obstante, el líquido que consumen los capitalinos siempre llega de buen calidad. Entre enero y febrero de este año, la cartera de Salud monitoreó 712 muestras en diferentes puntos, encontrando la alta potabilidad, con impurezas por debajo del 0,5 %, es decir “sin riesgo”. En el caso de otros sistemas, como los acueductos veredales, la clasificación fue riesgo bajo, al llegar a 16,67%.
Los resultados de marzo y abril de este año, cuando se activó la alerta en Tibitoc, aún están en análisis. Lo que sí se tiene es el referente de los efectos sobre la calidad del agua en la temporada de lluvias del año pasado, cuando el índice de impurezas llegó a 3,4 %, el más alto de los últimos cinco años, aunque lejos de ser un riesgo para el consumo, aunque la variación sí se notó con el aumento de denuncias por la coloración del agua en algunas zonas de la ciudad.
La senda del río Bogotá
Antes de que el agua del río Bogotá llegue a alguna de las compuertas de la planta de tratamiento Tibitoc (a tres kilómetros de Tocancipá), atraviesa un largo trayecto, que comienza en el páramo de Guacheneque, a 3.300 metros sobre el nivel del mar, en inmediaciones del municipio Villapinzón, donde está su cuenca alta. A partir de ahí, el principal afluente de la capital recorre 380 kilómetros, recogiendo agua de de otros cuerpos hídricos de la región central del país y la Cordillera Oriental, principalmente del río Neusa, Teusacá, Negro, Frío, Soacha, Balsillas, entre muchos otros. A medida que avanza, aparecen la cuenca media y baja, hasta que desemboca en el Magdalena.
Hoy, según expertos e ingenieros de la planta, este río no solo se puede leer a través de sus cuencas, sino que también por sus niveles de contaminación. En la cuenca media, por ejemplo, recibe aguas de los ríos Fucha y Salitre. En la baja, llega a formar el embalse del Muña, en Soacha, y después da paso al salto del Tequendama, una cascada de 157 metros, considerada una maravilla natural.
“Un espectáculo, que lo deja a uno sin palabras, pero que contrasta con el olor, producto del desprecio con el que tratamos el río”, dijo Camilo Prieto, profesor de cambio climático, quien agrega que el recorrido del agua del río Bogotá, del cual algunos bogotanos tienen la suerte de beber gracias a Tibitoc, “es un camino de muerte”.
El puente de Tocancipá
La planta Tibitoc, inaugurada en 1959 y diseñada inicialmente para potabilizar 3 metros cúbicos por segundo (m3/s), hoy tiene capacidad para tratar hasta 10,5 m3/s, en sus siete trenes de tratamiento. No obstante, hoy se está potabilizando menos de su capacidad, debido a que se han las cerrado algunas compuertas, por la baja calidad o la alta contaminación con la que está llegando el recurso. Esto ocurre por las lluvias, situación que afecta la operación y, en consecuencia, puede generar coloración en el agua, especialmente en Cajicá y Chía. No obstante, no quiere decir que deje de ser potable.
“Son muchos los parámetros que están afectando la calidad: manganeso, concentraciones de componentes, unido al alto caudal. Esto ha obligado a incrementar el monitoreo de la calidad. Los estándares se cumplen en la planta con pulcritud, pero estos pueden cambiar a medida que el agua llega a la capital y, en especial, a cada unidad de vivienda, cuyos sistemas están fuera del alcance del Acueducto”, cuenta Nelson Cárdenas, ingeniero en Tibitoc.
Al interior de la planta, hay un hecho que “todos saben” y explica con claridad la degradación del líquido que llega para ser tratado: el río sufre su mayor “muerte” a partir del puente de Tocancipá. “Hemos medido la calidad más allá del puente y el cambio es grande. A partir de este punto hay concentración de agroindustria en la zona de Chocontá; luego los vertimientos de las curtiembres, y el de las PTAR de Sesquilé y Tocancipá”, indicó Nelson.
“Luego hay siete complejos industriales, con empresas de electrónica y hasta petroquímica; cinco zonas francas; las tres industrias cerveceras más grandes del país, y cuatro industrias de papel, que nos influyen mucho. Esto, sin contar las compañías que no conocemos. Todos estos vertimientos podrían disminuir si las autoridades ambientales inspeccionaran minuciosamente la disposición de químicos en el afluente, puntualiza.
Esta situación parece repetirse a lo largo del río, más allá de Tibitoc. Ciromar Lemus Portillo, docente investigador del programa Ciencias Ambientales de la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales U.D.C.A, advierte, por ejemplo, sobre un punto adicional al puente, que mata al río aguas abajo: “la zona de Fontibón impacta muchísimo con su urbanismo y con su urbanismo mal planificado, que ha llevado a que no tengan alcantarillados adecuados, tarea que el acueducto ha venido revisando y ha venido mejorando, pero esas parcelaciones a veces que empiezan como urbanizaciones piratas, vierten al río Bogotá y eso genera un impacto fuerte en contaminación de aguas domiciliarias”.
Contaminación y lluvias
Paradójicamente. en temporadas de clima seco, la calidad del agua que llega a la planta Tibitoc es de mejor calidad y un poco menos contaminada. Pero esto tiene una explicación: para nivelar el caudal del río, se abren las compuertas de los embalses de Sisga o Tominé para alimentar el río, lo que diluye, en gran parte, los componentes contaminantes. En tiempos de creciente del río, por el contrario, cuentan en la planta de Tibitoc, al cerrar las compuertas de los embalses, el agua llega con toda la suciedad y la contaminación. Recientemente arrastró hasta la compuerta de captación un sofá.
“Hay un caudal mínimo que debe tener el río y se nivela según este parámetro. En estos días se han cerrado compuertas de los embalses y nos ha llegado el agua más sucia”, agrega el ingeniero, quien explica que Tibitoc tiene seis compuertas de captación y hoy la mayoría de estas están cerradas. “Como las compuertas de Sisga y Tominé están cerradas y el agua que llega trae toda la suciedad de las empresas ubicadas más allá del puente, tenemos que evaluar bien por cuál compuerta recibir el recurso”, dice.
Tratamiento y medición
El proceso para que el agua salga con un índice potabilidad alto, en sus momentos más óptimos, dura cuatro horas. Luego de pasar por un proceso natural de filtrado, en el que el agua atraviesa una “dársena”, método que pocas plantas usan, se empiezan a dosificar los diferentes coagulantes para limpiarla. De acuerdo con los informes de la secretaría de Salud, desde 2012 llevan el registro y la consolidación mensual de los cálculos de las muestras de agua. Para mejorar el monitoreo, se incluyó una medición “in situ”, de características fisicoquímicas como el pH, la turbidez, la conductividad, el hierro y el cloro residual libre.
“En marzo de 2024 se identificaron algunas muestras con niveles de riesgo medio y alto, especialmente hacia la segunda semana, debido a ajustes en la operatividad de la red de distribución de la EAAB. Ante esta situación, se activaron medidas de respuesta en salud pública, que incluyeron intensificación en la vigilancia de la calidad del agua, así como la implementación de acciones correctivas”, detalló el informe de la secretaría.
Las medidas se mantienen y en los procesos actuales, señalan en la planta, “aplicamos componentes como el permanganato, que previene cambios en coloración. El laboratorio de la empresa viene todos los días y recoge muestras. Nosotros también lo hacemos para tomar acciones inmediatas. No podemos esperar a que llegue agua en mal estado a ningún rincón de Bogotá”, añade Nelson.
Lo que sucede en el recorrido por fuera de la planta, hace parte de los retos que debe enfrentar la empresa de Acueducto, para asegurar que el líquido llegue tan puro como sale de Tibitoc. De los 96 sistemas de abastecimiento distribuidos en Bogotá y en zona rural, la secretaría de Salud hace monitoreo de 172 puntos, concertados entre la autoridad sanitaria y el Acueducto o personal de salud. A diario, son medidos 10 puntos en la capital para no dejar pasar nada. A Tibitoc cada 15 días llega el personal de Salud y hace mediciones en puntos aledaños.
“En 2024, le realizamos un análisis a 2.154 muestras en toda Bogotá. El promedio que se obtuvo está dentro de los parámetros establecidos. La “turbiedad” es de 0,76 (el máximo es dos) y la coloración, el promedio anual fue de 4 (el máximo es 15), lo que nos indica que la calidad microbiológica de la muestra entregada es óptima”, señaló la funcionaria que mide la calidad del agua.
Lemus adhiere: “la empresa Acueducto de Bogotá tiene una tarea enorme: tener una infraestructura adecuada, actualizada y tecnológica que ayuda a mejorar y a evolucionar en estas condiciones. A su vez, sensibilizar a la comunidad en el manejo de la disposición de residuos diarios, que impactan el río Bogotá”.
La planta de Tibitoc funciona 24 horas al día. En este momento no solo maniobra la intensidad del río y su contaminación, sino que atraviesa un proceso de expansión que promete darle la capacidad para tratar hasta 12 m3/s. Estas obras permitirán adaptar el tratamiento y mejorar la capacidad de reacción ante eventos climáticos adversos, que aumentan la turbiedad del agua cruda. Además, con la autorización de captar más agua para tratar en Tibitoc, se podrá disminuir la producción de agua potable en el Sistema Chingaza, integrado por los embalses de Chuza y San Rafael, mientras estos recuperan su nivel.
La gerente de la EAAB, Natasha Avendaño, señaló que, “con la entrada en operación del séptimo este tren de tratamiento en la planta de Tibitoc, se podrá llegar a abastecer aproximadamente al 53% de los usuarios de la ciudad”. Esto se tiene previsto para el segundo semestre de 2025. Por ahora, el reto, si duda, será trabajar en disminuir la contaminación que llega al río Bogotá. De lo contrario, por más esfuerzos que se hagan por ampliar la capacidad y la pericia de los técnicos de la planta, el costo para llevar cada gota de agua potable de Tibitoc a los hogares capitalinos seguirá siendo difícil y alto.
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