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Despacio en la ciudad

Un grupo de bogotanos tiene su propia versión de la filosofía slow. Ellos reivindican la idea de tener vidas y ciudades con una velocidad adecuada.

Los miembros de Despacio, la fundación que promueve un estilo de vida con la velocidad apropiada en Bogotá. / Gustavo Torrijos
Los miembros de Despacio, la fundación que promueve un estilo de vida con la velocidad apropiada en Bogotá. / Gustavo Torrijos

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Quisieron darle un sentido distinto al rutinario viaje en un bus de Transmilenio. Trastocar esa rutina mecánica de subir al bus y mientras tanto maquillarse, revisar los correos o chatear en un teléfono inteligente, hablar por celular y alistarse, con una prisa descomunal, para buscar la salida en medio de los demás pasajeros. Un lunes 15 de abril unas 40 personas entre las que estaba el  Coro de Cámara de la Universidad Javeriana hicieron un flahsmob con una de las obras de la música romántica alemana. Los pasajeros empezaron a sonreír, a mirar detenidamente a aquellos sujetos que cantaban a su lado. Algunos grabaron el episodio con sus celulares. Y al final todos aplaudieron cuando el canto terminó al llegar a la siguiente parada.

 ¿Quién hace un flashmob en Transmilenio? ¿Quién se toma el trabajo de preparar la idea en más de 11 meses, sacando tiempo de sus actividades cotidianas y sin ninguna retribución económica a cambio? La idea, que quizá para muchos suene a ‘desocupe’, fue de Despacio, una fundación en Bogotá que en tiempos del acelerado y frenético ritmo que absorbe a las ciudades, se dedica a poner en práctica su propia propuesta de la filosofía slow o la vida despacio.

Carlos Pardo es psicólogo e investigador urbano. En la sede de Despacio, en una casa del barrio Rosales, me cuenta que un día de 2009, en medio de su licencia de paternidad, se le ocurrió inventarse una organización donde confluyeran su obsesión por la teoría de la relatividad, la idea de utilizar el tiempo de la mejor manera posible en cada actividad y, por qué no, reducir el estrés de la gente, mejorar la calidad de vida y combatir el cambio climático. También en esta historia, como en las de muchos seguidores de la filosofía slow, tuvieron que ver los libros de Carl Honoré, el canadiense que se dedicó a promover una vida sin el virus de la rapidez, en la que cualquier actividad se haga con el tiempo justo.

Las ocho personas que integran el equipo de Despacio se dedican a pensar en actividades o proyectos que tengan impacto en el bienestar de las personas y las ciudades, desde hacer una carrera lenta de bicicletas hasta hacer libros técnicos sobre cómo crear cicloparqueaderos en las ciudades. Por eso el flashmob en Transmilenio es uno de sus proyectos más queridos. En el video del performance, que aparece en Youtube, está el mensaje que explica de mejor manera la intención que tuvieron: “En sociología dicen que los modos de transporte modernos aniquilan el espacio y el tiempo, y generan en los viajeros una angustia permanente… Nosotros intentamos que uno de sus viajes diarios tuviera significado más allá de su origen y destino”.

Darle una pausa al cuerpo, tomar un momento para mirar por la ventana del bus, tener una conversación con alguien sin estar mirando constantemente la última notificación de un chat o el mensaje del correo electrónico son instantes de ocio sencillos que a veces cuesta tener. “Pero el ocio no es ser perezoso ni vago”, esto es algo en lo que insiste Natalia Ucrós, una de las integrantes del equipo Despacio, mientras me explica cómo se metió en el cuento de la filosofía slow por medio de los libros de Honoré. “Ir despacio es comprender que la vida tiene diferentes ciclos, como la niñez, y que éstos tienen sus tiempos justos para desarrollar actividades. Por ejemplo, hay niños a los que los padres los llevan a un montón de clases y les exigen algo que en ese momento no debe ser”.

Justamente, hace cuatro años, cuando Honoré estuvo en Colombia por primera vez habló con El Espectador sobre su libro Bajo presión y dijo que “muchas veces, con los niños, menos es más. Podemos lograr cosas maravillosas con menos presión, menos actividades, menos tecnología. Somos víctimas de una cultura perfeccionista. Queremos la casa perfecta, el cuerpo perfecto e hijos perfectos”.

 Con los temas de los ciclos vitales, Despacio está trabajando en proyectos que quizá puedan trabajar con colegios y empresas. Pero de momento, uno de sus frutos más tangibles es un libro, un poco curioso también, llamado ¿Cómo llevar su mascota al trabajo? Si se trata de generar propuestas para hacer del mundo un lugar más agradable, para Despacio una fundamental es que las mascotas dejen de estar aburridas en el encierro de una casa lejos de sus amos, y que éstos a su vez dejen de preocuparse por cómo están pasando el día sus animales y compartan el espacio laboral.

Laura Mendoza y Mario Pardo, los autores del libro, consultaron a investigadores en el tema y entidades como la Secretaría de Salud para dar algunas recomendaciones sobre cómo se puede poner en práctica esta idea. Quizás aún sea un reto ambicioso para muchas ciudades, pero es una buena alternativa tener una investigación como esta en el país.

Retando lo intuitivo

Más allá de seguir cualquier tipo de dogma o versiones extremas de la vida slow o el hecho de parecer “hippies, chocolocos, nueva era”, como dice Carlos Pardo, a esta organización, a esta versión de la vida con la “velocidad apropiada” (así prefiere llamarla él) le suena más el tema de no ser nostálgico con temas como querer un mundo sin celulares o carros, pero sí criticar ciertas manías propias del presente como no poder moderar el uso de un teléfono inteligente y sus chats.

Al equipo se le ocurre hacer unas cuatro actividades al año, como la del flashmob de Transmilenio, hacer un picnic o elevar una cometa (que es el logo de Despacio). Se trata de cambiar el chip por momentos, apartando ese sistema tan profundamente intuitivo que hay en nosotros y nos hace actuar aceleradamente, sin pensar, y que casi que hemos convertido en el dueño de lo que hacemos, sin darnos espacios para contemplar o para volver a hacer “algo como dibujar, que alguien se inventó que había que saberlo hacer pero no”, dice Pardo.

Este año Despacio estará en uno de los escenarios más importantes de discusión de  temas urbanos en el mundo: el 7° Foro Urbano Mundial (que se realizará del 5 al 11 de abril en Medellín), con la idea de seguir promocionando modos que nos permitan disfrutar la vida con más calma, como la bicicleta o el transporte público, o sugerir alternativas para apropiarse del espacio público. El próximo proyecto es hacer un muro en Bogotá donde los ciudadanos dejen el mensaje: “Antes de morir yo quiero…”, y reten su impulso intuitivo de seguir caminando aceleradamente sin pensar que quizás en medio de tanto afán hay algo sencillo que desearían hacer y no se han tomado el tiempo para intentarlo.

Algunas recomendaciones para la vida ‘slow’ según Despacio:

Vida diaria:

Podemos desayunar sin el celular en frente (ni el periódico) sino mirando a los demás y hablándoles. Podemos tomarnos 24 minutos de siesta después del almuerzo (si tenemos dónde y cómo, ojalá encima de césped o en un sofá) y podríamos encontrar actividades interesantes que no son necesariamente parte de nuestra rutina diaria: ¿pintar, cantar, bailar?

Trabajo:

Podemos dedicar dos horas al día a pensar sobre proyectos nuevos o trabajar otras dos horas totalmente desconectados de internet (desconectar el cable de internet del computador). Podemos trabajar durante 45 minutos seguidos y tomarnos un descanso breve para continuar.

Ocio:

Podemos tomarnos un tiempo de la semana para hacer algo distinto, solos o en compañía de alguien, y prestarle toda la atención posible.

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Planificación de ciudades:

Puede haber sectores enteros de una ciudad sin automóviles, pero no se puede tener la ciudad completa sin vehículos motorizados o vías “rápidas” (por lo menos no cuando tiene un tamaño mayor a 50.000 habitantes).

El origen del ‘slow’

Cuando una ciudad italiana se enfrentó a la construcción de un McDonald’s nació el ‘slow food’, a finales de los años 80, con la idea de repensar la relación de las personas con los alimentos y el tiempo justo para disfrutarlos. Con ello también surgió la idea del ‘slow living’. Luego surgieron diferentes vertientes que promueven la vida sin prisa en el amor, la educación o la música. El movimiento Cittaslow comenzó en Italia en 1999 para combatir el ritmo de vida frenético actual en las ciudades y ya es una red con más de 80 urbes adheridas. Carl Honoré es uno de los promotores más reconocidos de la filosofía de la lentitud en círculos académicos y campos como la educación.

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Una frase de Carl Honoré, autor del libro ‘El elogio de la lentitud’:

“No soy anticapitalista, pero el capitalismo actual es problemático porque no es sostenible, no genera los beneficios que debía generar: no hay felicidad, no hay bienestar, no hay salud, nos ha puesto en una jaula de consumo donde nos sentimos mal, agotados y carentes siempre de algo. Lo que la filosofía slow sugiere es reformar, revolucionar, reinventar ese capitalismo, partiendo de todas sus bases, pero sin convertirnos en correcaminos”.

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Las cifras…

1 municipio de Colombia es considerado la primera ciudad lenta de América Latina: Pijao, Quindío.

1986 fue el año en el que, al reaccionar contra la apertura de un McDonald’s en la Piazza di Spagna, en Italia, se creó Slow Food.
 

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