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En los últimos años, la idea de que la compañía puede “adquirirse” ha dejado de ser una metáfora para convertirse en una práctica concreta. Desde servicios que permiten alquilar perros por horas en Japón hasta la facilidad con la que se pueden obtener certificados de apoyo emocional en Colombia, el vínculo entre humanos y animales parece estar atravesando un proceso de transformación.
Entre la necesidad emocional y la instrumentalización
Los animales de apoyo emocional surgieron en la década de 1990 como una herramienta terapéutica orientada a acompañar a personas con trastornos como la ansiedad o la depresión. Su función principal no era intervenir activamente como lo haría un animal de servicio entrenado, sino brindar compañía y bienestar.
Sin embargo, con el paso del tiempo, este concepto se ha expandido sin una regulación clara, lo que ha dado lugar a usos cada vez más amplios y, en algunos casos, cuestionables.
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La psicóloga Luisa Castañeda, del colectivo Causa Animal, propone analizar este fenómeno desde una perspectiva crítica. Según plantea, en Colombia lo poco que existe sobre el tema tiende a definir a los animales como un medio para generar bienestar humano. Esta visión, advierte, implica una forma de instrumentalización que deja en segundo plano la pregunta fundamental sobre qué ocurre con el bienestar del animal.
Desde su experiencia, el problema no es únicamente conceptual, sino también práctico. Castañeda señala que actualmente los certificados de apoyo emocional pueden obtenerse con relativa facilidad, incluso mediante pagos que oscilan entre 100.000 y 300.000 pesos, sin que necesariamente exista una evaluación rigurosa. Esto ha llevado a que muchas personas accedan a estos documentos más por conveniencia, por ejemplo, para viajar con sus mascotas en cabina, que por una necesidad clínica real.
A su juicio, esta situación evidencia una falta de regulación y un uso indiscriminado del concepto, que termina alejándose de su propósito terapéutico. Pero también revela una tendencia más amplia y es la transformación del bienestar emocional en un bien de consumo.
Castañeda advierte que este escenario no solo puede afectar a los pacientes, sino también a la disciplina psicológica en sí misma. Cuando el acceso al bienestar emocional comienza a depender más de la capacidad de pago que de la evidencia científica, se desdibujan los límites entre lo terapéutico y lo comercial.
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Además, introduce otro elemento clave en la discusión y es que no todos los animales están preparados para cumplir un rol de apoyo emocional. La ausencia de criterios claros puede llevar a situaciones en las que el animal no solo no ayuda, sino que incluso se ve afectado, especialmente si convive con personas que tienen dificultades para gestionar sus emociones.
Alquiler de animales y límites éticos del vínculo
En paralelo, fenómenos como el alquiler de perros en Japón llevan esta discusión a un terreno aún más complejo. En grandes ciudades, donde la soledad y el estrés son parte de la vida cotidiana, han surgido servicios que permiten a las personas acceder a la compañía de un animal de forma temporal y pagada. Esta práctica, que también puede estar asociada a la proyección de estatus social, convierte el vínculo afectivo en una transacción.
Para Paola Castillo, rescatista y fundadora de Doggy in Home, este tipo de tendencias deben analizarse con cautela. Desde su experiencia en rescate animal, afirma que, aunque la necesidad humana de compañía es legítima, los animales no pueden ser entendidos como herramientas o servicios. Son seres sintientes que requieren estabilidad, rutinas y vínculos seguros para mantenerse emocionalmente sanos.
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El problema del “alquiler”, según explica, es que implica una constante rotación de entornos, personas y estímulos. Esta dinámica puede generar estrés, ansiedad y desorientación en los perros, afectando su bienestar de manera significativa. En ese sentido, advierte que cuando se prioriza la necesidad humana por encima de la del animal, se rompe el equilibrio ético que debería guiar esta relación.
Castillo también propone una comparación reveladora y es la diferencia entre alquilar un perro y hacer voluntariado. Mientras el primero responde a una lógica transaccional, el segundo se basa en el compromiso y el propósito.
Cuando una persona pasea un perro de refugio o lo acoge temporalmente, no solo recibe compañía, sino que contribuye activamente a su bienestar físico y emocional, mejora su proceso de socialización y aumenta sus posibilidades de adopción.
Esta diferencia se traduce también en el tipo de vínculo que se construye. En una relación transaccional, el lazo es superficial y momentáneo. En cambio, en el voluntariado o los hogares de acogida se genera confianza, reconocimiento y seguridad emocional. Para el animal, esto puede significar pasar del miedo o el abandono a la tranquilidad y para la persona, implica una experiencia de empatía y transformación más profunda.
Desde esta perspectiva, el uso de animales como solución rápida para la soledad o como símbolo de estatus plantea interrogantes éticos inevitables. ¿Se está respetando su naturaleza o se les está cosificando? ¿Su bienestar está garantizado o subordinado? ¿Qué tipo de relación se está normalizando?
Tanto Castañeda como Castillo coinciden, desde sus respectivos campos, en que el debate no debe centrarse únicamente en los beneficios para los humanos. También es necesario considerar el impacto en los animales y cuestionar las dinámicas que convierten el cuidado y el vínculo en productos de consumo.
La discusión refleja la búsqueda de soluciones inmediatas en un contexto donde el bienestar emocional se ha vuelto un mercado. Frente a esto, ambas voces apuntan hacia una misma dirección, la necesidad de construir relaciones más conscientes, basadas en el cuidado, la responsabilidad y el respeto mutuo.
Más que preguntarse cómo obtener compañía de forma rápida, el desafío consiste en replantear el vínculo mismo, la relación con un animal no debería reducirse a un servicio temporal, sino entenderse como una conexión que implica compromiso y que, cuando se construye de manera ética.
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