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La idea de llevar turistas en helicóptero a Ciudad Perdida, en Santa Marta, que el empresario del grupo Aviatur Jean Claude Bessudo revivió esta semana, les pareció a muchos tan inverosímil como el proyecto, varias veces fallido, de construir un teleférico desde la capital del Magdalena hasta las ruinas arqueológicas de Teyuna, las más impactantes de la cultura tayrona.
El teleférico, del que se habló por última vez en 2005, y los helicópteros son ideas que cada tanto se reactivan, por lo menos en los discursos de empresarios y de políticos que ven la necesidad de llevar todo tipo de turistas, sin importar la edad y el estado físico, a uno de los patrimonios arqueológicos más importantes de Colombia.
Vale la pena aclarar que hoy camina por Ciudad Perdida gente de muchas nacionalidades (el 90% son extranjeros), de hasta de 85 años, y niños que sus padres llevan en brazos. Incluso a las terrazas tayronas han llegado ciegos y personas con discapacidad motriz. Por eso es común que científicos y turistas que ya han disfrutado del recorrido de mínimo tres días a pie que lleva a las ruinas crean que la idea de hacer un viaje exprés en helicóptero desde Santa Marta responde más a un capricho para ahorrar tiempo y esfuerzo que a la imposibilidad de planear el viaje y alcanzar la cima.
Bessudo le dijo a El Tiempo que si lograban llegar a un acuerdo con los indígenas que tienen poder sobre ese territorio (arhuacos, wiwas, kankuamos y koguis), prácticamente lo único que impediría que se habilitara un helipuerto a pocos metros de las terrazas de Teyuna sería la tala de nueve árboles. “Sí, son nueve. Pero estaríamos dispuestos a sembrar los que sean necesarios para poder impulsar el turismo en este destino. Por fortuna, en la Sierra hay millones y millones de árboles”, le dijo ese diario.
Sin embargo, el debate va más allá de tumbar o no nueve árboles. Al menos eso aclaran el antropólogo Santiago Giraldo Peláez, la directora de Parques Nacionales, Julia Miranda, y el director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh), Ernesto Montenegro. La construcción de un helipuerto en Ciudad Perdida es un debate de más de una década que tiene un propósito mucho más urgente que el transporte de turistas.
Desde finales de los 70 han llegado helicópteros de las Fuerzas Armadas a las ruinas como parte de operaciones de monitoreo militar y aprovisionamiento, y desde 2004 los vuelos llegan mínimo una vez al mes con comida, materiales y equipos dirigidos al batallón de alta montaña que vive cerca de las terrazas, construcciones milenarias sobre las que deben aterrizar las aeronaves.
“No sólo son helicópteros militares sino también civiles. Todas las semanas estamos recibiendo vuelos que deterioran las terrazas. Y no hablo sólo del desplazamiento de las piedras superficiales, sino de helicópteros muy pesados que están afectando con sus vibraciones las estructuras. Tenemos que buscar alternativas para proteger el patrimonio, pero si la construcción de un helipuerto trae la posibilidad de acercar turistas, este es un debate que se debe dar con las comunidades indígenas”, dice el antropólogo Ernesto Montenegro, del Icanh.
“Lo que hemos evaluado es que Colombia sigue asumiendo un riesgo muy alto al permitir aterrizajes sobre estas terrazas. Sería una tragedia que, producto de un accidente, se termine afectando el parque. Sin duda se necesitan los vuelos, porque es imposible llevar la comida y materiales para un batallón y para las comunidades por tierra, se perdería la mitad del alimento; además son vuelos que también aprovechan investigadores. Lo que ocurre es que adecuar un helipuerto en Ciudad Perdida no es tan fácil como parece. Es un área de vuelo restringido, con condiciones climáticas complicadas”, explica Giraldo, uno de los investigadores que más han estudiado las ruinas de Teyuna y quien hoy es director de patrimonio del Global Heritage Fund, organización que apoya la conservación del parque arqueológico.
En 2006 Giraldo lideró una investigación para el Icanh con la cual se buscaba evaluar los riesgos de llevar turistas a Ciudad Perdida en helicópteros. Su conclusión fue que la idea era completamente inviable. “Tanto la Aerocivil como la agencia de aviación de EE.UU. tienen requisitos estrictos sobre cómo se deben construir helipuertos. En este caso se necesitaría habilitar una pista de al menos 120 metros de largo para que el aterrizaje fuera seguro, teniendo en cuenta que el sitio donde se ha proyectado la construcción es una zona boscosa por debajo del nivel de las terrazas”.
Pero no sólo es el aspecto técnico. Giraldo estima que cada hora de vuelo puede costar US$1.500 ($4’650.000), así que un tour por Ciudad Perdida, incluyendo la espera de dos horas, mientras se recorre el parque arqueológico, puede valer por lo menos $20 millones en helicópteros con capacidad para cuatro personas.
“Se han identificado dos sitios donde sería posible habilitar el aterrizaje, pero este es un tema sobre el que aún no hay nada resuelto. Sería importante tener ese lugar para que los investigadores accedieran más fácil. Igual, cualquier uso que se le dé a un espacio como este tendrá que ser consultado con los indígenas. Pero le aclaro, por ahora no hay ningún plan definido a corto plazo”, dice la directora de Parques Nacionales, Julia Miranda.