Cabeza de medusa

Confesión

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Maté a varios amores por temor a morir. Y sentí tanta rabia que hasta los dedos se quemaron.
Despaché a muchos de mi vida. Los imaginaba y entonces comenzaba a verlos. Los encendía y los olía arder.

Inútiles fueron los jugos amargos. Quise dormir, pero el roce de otros lo impidieron. Una criatura hermosa me engañó. Y no hice más que recordar su lengua fría.

Me miré. Partí espejos tratando de averiguar quién era. Y me vi tan cerca que me convertí en gorgona.

Mentí sin arrepentimientos. Dije la verdad y me mortifiqué. La ira jamás me dejó. Esa ira que nunca concluye.

Una vez rompí un melón contra una pared. Y me escondí en el rincón más oscuro de la risa.

Tuve miedo del señor sin rostro. Y me vi obligada a habitar la penumbra.

Yo viví la noche negra, acurrucada y tiesa como nunca, por el aire, en un soplo, sostenida.

No supe aparentar felicidad. Aborrecí la falsedad del dichoso. Quise volar entre rascacielos para encontrarlo donde por mucho que volara no pudiera hallarlo.

Vi las palabras viajar en todas la direcciones. Le pedí al terror que me dejara de lamer las manos. Me harté tanto que pude ir hasta el borde, pude lanzarme al abismo.

Me habría encantado verme quebrar los ojos. Zafarme este disfraz de mujer. Decirme adiós a mí misma.

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