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Cosas inútiles

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Hace unos años, en el mandato de Álvaro Fina, la dirigencia de la Fedefútbol se enorgullecía de haber comprado un moderno computador que prácticamente lo hacía todo.

El aparato lo solicitó Javier Álvarez, quien era el técnico y dicen que para aprender a manejarlo se necesitaron cursos especiales de programación y desarrollo de las aplicaciones que tenía el bendito aparato, además los encargados del cuerpo técnico duraron cerca de dos meses.

El computador diseñaba toda la carga física de los atletas, tenía un programa que seguía paso a paso la actuación de los jugadores en cada partido, número de veces que tocaba la pelota, pases buenos, pases malos, distancia recorrida por el jugador en el campo, el desarrollo táctico del equipo, cómo se paraba el adversario. Era tan completo el aparatito, que a ratos sobraba el técnico.

El día que Brasil goleó 9-0 a Colombia en Londrina y Álvarez renunció antes de que lo echaran del cargo por el fracaso absoluto de la selección, el computador dejó de ser importante y nunca más se volvió a saber una sola palabra sobre aquel mágico y misterioso computador que todo lo sabía. Afortunadamente existía el aparato, porque si Brasil goleó 9-0 con el computador a la mano, mejor ni pensar lo que hubiera sucedido sin el mágico ordenador.

Pero, si de cosas inútiles se va a hablar, las cámaras hipóxicas, hipócritas decían otros, que hizo comprar Jorge Luis Pinto para preparar los jugadores y que pudieran soportar la altura de Bogotá, se llevan todas las palmas. El presidente Luis Bedoya tuvo que aceptar aquel gasto y nunca estuvo convencido de la bondad de las tales cámaras, pero como era el “geniecito” de Pinto y su tonito autoritario, gritón, para no tener conflictos con el recién nombrado técnico se metió la mano al bolsillo y las hizo traer. Pinto, quien sabía más que el médico, más que los kinesiólogos, más que los preparadores físicos, más que los directivos, más que todos los periodistas, que sigue creyendo que todo lo sabe y todo lo puede en medio de su infinita arrogancia, nunca pudo conseguir que la selección corriera en Bogotá.

Las cámaras hipóxicas de Pinto y el computador de Álvarez deben andar guardados por ahí, en uno de los cuartos de la Federación, al lado de otras cosas inútiles que el tiempo se ha encargado de borrar. Por ejemplo, el Plan Vidinic, un mamotreto que diseñó el técnico balcánico el siglo pasado para que el fútbol colombiano cumpliese un ciclo histórico y nunca se le perdiera la brújula. Algo parecido a lo que hizo Gabriel Ochoa Uribe en la administración de Astudillo, una carta de navegación para que las selecciones tuvieran orden y administración.

Por eso, la columna de hoy se llama manual de las cosas inútiles.

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